La conjura contra América

Redacción

Por Redacción

Mirando al sur

En muchas partes del mundo no termina de superarse la consternación y el asombro por el resultado electoral en los EE. UU. La llegada de Donald Trump a la presidencia de la primera potencia militar del planeta se instala como otro ejemplo de la incomparable capacidad de ese país de ampliar las fronteras de lo verosímil e imaginable y, a la vez, difuminar las diferencias entre ficción y realidad; experimentar en territorios desconocidos, imaginar ficciones y luego convertirlas en hechos. De Hollywood a Washington, de Las Vegas a la NASA, de Silicon Valley a Manhattan, todo lo que ha ido sucediendo en el imperio americano –esa nación moderna que se ideó su propio mito como una Nueva Roma y lo llevó a cabo– fue pensado, escrito y prefigurado antes en libros, películas y –hoy– series televisivas.

No sólo se proyectan allí formas metafóricas de historias reales sino que también, a la inversa, la literatura y el cine anticipan las realidades que habrán de presentarse como sorprendente novedad. Desde las innovaciones tecnológicas que fueron introducidas para un uso estratégico o bélico y luego revolucionaron la vida de la sociedad (de Internet a los drones), hasta la superposición entre teatro y política –tan antigua como la democracia griega– que en este caso permitió consagrar en las urnas a dos actores-personajes como presidentes: el primero, Ronald Reagan (que había sido antes, es cierto, gobernador de California), y ahora Donald Trump, que sin experiencia política o de gestión alguna saltó de la televisión y el mundo de los negocios a la Casa Blanca.

Además de haber merecido un capítulo de Los Simpsons prediciendo su victoria hace 16 años, la consagración presidencial del magnate y exconductor de reality shows encuentra otro antecedente literario en la novela de Philip Roth “La conjura contra América”, publicada en el 2004. Allí se propone un ejercicio de ucronía que juega con una idea atrevida y temeraria: ¿qué hubiera sucedido si al iniciarse la década del 40 en lugar de Roosevelt, enfrentándose a Hitler,
EE. UU. hubiera tenido como presidente a Charles Lindbergh, una figura que no ocultaba sus simpatías con el fascismo europeo?

La novela de Roth plantea una versión alternativa de la historia en la que Lindbergh, un héroe de la aviación y estrella mediática de su tiempo, es el candidato del Partido Republicano a la Casa Blanca en las elecciones presidenciales de 1940. Lindbergh derrota a Roosevelt, el presidente demócrata que venía de gobernar dos mandatos consecutivos y se presentaba para un tercero luego de sacar a los EE. UU. de la crisis y depresión de los años 30. El hecho, que pudo haber sucedido, plantea el interrogante: ¿qué habría ocurrido si Estados Unidos hubiese tenido un presidente antisemita y filonazi? ¿Habría intervenido EE. UU. en la guerra o se habría mantenido neutral? Al fin y al cabo, era esa la tradición de la política exterior estadounidense hasta la Primera Guerra Mundial, en la línea trazada por Monroe de no involucrarse en conflictos internacionales. En los años 30 del siglo pasado, Lindbergh se convirtió en el principal portavoz de un movimiento en contra de la intervención de los EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial, bajo la consigna “América primero”. Recurriendo a su popularidad e influencia empleó la radio, entonces el más efectivo medio de difusión, para tratar de mantener a su país fuera de una guerra en la que afirmaba no tenía nada que hacer, proponiendo más bien blindar sus fronteras contra otras amenazas diferentes a la Alemania nazi, como eran los comunistas rusos, los chinos y otras nacionalidades con poblaciones no arias.

La historia, como es sabido, corrió por otro carril. Roosevelt ganó su tercera reelección y mientras la guerra devastaba a Europa y millones de judíos morían asesinados en los campos de concentración nazis, recién en 1941, luego del ataque japonés a Pearl Harbor, EE. UU. se mete de lleno en la guerra. A Lindbergh no le quedó otra que ofrecerse para defender en uniforme a su país. Pero Roosevelt se encargó de que eso no sucediese, y acusado de traidor y vetado por doquier tuvo que limitarse a contribuir al esfuerzo bélico desde un papel de asesor de empresas proveedoras de equipos de vuelo que sí le dieron cabida, como la Ford Motor Company dirigida por Henry Ford.

Philip Roth seguramente no supuso que su ejercicio literario se volvería profecía autocumplida doce años más tarde. Y está claro que, en todo caso, su expectativa era la de contribuir a conjurar dicha eventualidad. Pero no. Aquí está el personaje que vino a patear el tablero del establishment político tradicional con el mismo slogan de Lindbergh, “América primero”, y un combo de ideas básicas en las que resalta la xenofobia, el nacionalismo y el populismo, salirse del mundo y blindar las fronteras. En la novela de Roth, el presidente Lindbergh aparece ordenando la detención de Roosevelt. Oímos a Trump durante la campaña hostigar a Hillary Clinton, prometiendo que de llegar a la presidencia la metería presa. De Fordlandia a Trumpland, henos aquí en la historia patas para arriba. Una realidad dada vuelta, en la que lo inverosímil se puede terminar materializando.

¿Qué habría ocurrido si Estados Unidos hubiese tenido un presidente antisemita y filonazi? ¿Habría intervenido
EE. UU. en la guerra o se habría mantenido neutral?

¿Qué hubiera sucedido si en lugar de Roosevelt, enfrentándose a Hitler, hubiera tenido como presidente a Lindbergh, una figura que no ocultaba sus simpatías con el fascismo?

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¿Qué habría ocurrido si Estados Unidos hubiese tenido un presidente antisemita y filonazi? ¿Habría intervenido
EE. UU. en la guerra o se habría mantenido neutral?
¿Qué hubiera sucedido si en lugar de Roosevelt, enfrentándose a Hitler, hubiera tenido como presidente a Lindbergh, una figura que no ocultaba sus simpatías con el fascismo?

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