La estrategia china



Tanto los voceros del nuestro gobierno como sus homólogos chinos concuerdan en que la relación bilateral es “estratégica”, pero mientras que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus colaboradores están más preocupados por lo que podría suceder en los días próximos que en el largo plazo, el primer ministro Wen Jiabao y los suyos sí están acostumbrados a pensar en términos de décadas. Están aprovechando las cantidades astronómicas de dinero que les han supuesto sus proezas exportadoras y la crisis que se ha apoderado de Estados Unidos y la Unión Europea, para asegurarse en otras partes del mundo el acceso a una gama muy amplia de recursos materiales, estrategia que encuentran ominosa quienes prevén que pronto comenzarán a escasear. Según los alarmistas, los chinos esperan adueñarse de una proporción sustancial de los recursos disponibles porque estiman que, de resultas de la expansión vertiginosa de una clase media mundial consumista, un virtual monopolio sobre los commodities más significantes los ayudaría a fortalecer su posición como una superpotencia emergente. Puede que quienes piensan así estén equivocados y que es muy poco probable que Pekín logre controlar más que una fracción de los recursos materiales clave, pero parecería que los dirigentes chinos los creen fundamentales, razón por la que están firmando acuerdos “estratégicos” con docenas de países distintos, incluyendo, desde luego, a la Argentina. Como es notorio, a la dictadura nominalmente comunista china no le interesan en absoluto temas que a ojos de los norteamericanos y europeos son prioritarios, como los supuestos por el respeto por los derechos humanos, la corrupción, el estado de las instituciones políticas y la seguridad jurídica, lo que les brinda una ventaja muy grande cuando negocian con regímenes repudiados o, cuando menos, cuestionados por los competidores occidentales que, les guste o no, tienen que tomar en cuenta la reacción de la opinión pública propia y la influencia de lobbies que representan a los que, como los bonistas que aquí perdieron mucho dinero a causa del default de fines del 2001, están en conflicto con gobiernos determinados. Por fortuna, la Argentina no forma parte del pelotón de países, entre ellos Irán, Siria y Sudán, cuyos gobiernos se ven acusados de respaldar el terrorismo o de reprimir con brutalidad a los disidentes internos, razón por la que se han visto sancionados por “la comunidad internacional”, pero los repetidos roces comerciales y legales con Estados Unidos y la Unión Europea han brindado a China una buena oportunidad para hacer gala de su voluntad de pasar por alto tales detalles, subordinando todo a sus intereses estratégicos. Así y todo, consolidar una alianza duradera con China no será tan fácil como muchos suponen. Si bien es verdad que las dos economías son complementarias, por ser la Argentina capaz de producir alimentos para centenares de millones de personas y China una potencia comercial manufacturera, a pocos integrantes de nuestra clase política les gustaría que el país se resignara a un destino agroexportador. Puesto que aquí abundan las empresas industriales que no están en condiciones de sobrevivir a la competencia china sin la ayuda de barreras comerciales, siempre habrá problemas como los que en el 2009 dieron pie al conflicto en torno a la venta de aceite de soja. Aunque los chinos parecen dispuestos a minimizar la importancia de tales incidentes, no pueden sino entender que la relación comercial tiene que basarse en el intercambio de recursos naturales o productos agrícolas por bienes fabricados. Por lo demás, los chinos ya han descubierto que los trabajadores argentinos distan de ser tan dóciles como los africanos: en vísperas de la visita de Wen, obreros de la construcción provocaron destrozos muy graves en las instalaciones de la planta petrolera de Cerro Dragón, en Chubut, que está en manos de un consorcio mayormente británico en que los chinos son accionistas importantes. Si bien en esta oportunidad los chinos no fueron blancos de la ira de los trabajadores que reclamaban un aumento salarial, el episodio les habrá servido de advertencia de lo que podría suceder si trataran de exportar sus propias reglas laborales que, es innecesario decirlo, tienen poco en común con las reivindicadas por nuestros dirigentes políticos y sindicales.


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