La evaluación, una aliada de los docentes y los padres

Redacción

Por Redacción

Para quienes trabajamos en las escuelas desde hace varios años sobre el fracaso escolar y las dificultades en el aprendizaje, éste sigue siendo un tema en constante revisión. Para padres y madres de niños, niñas o jóvenes con problemas de aprendizaje integrados en la escuela común, o con historia reiterada de fracaso escolar, esto es una preocupación. Y para todos, como sociedad, es una deuda pendiente.

En las aulas, una escena que se repite año a año, ya sea en las clases diarias o en situaciones de exámenes: alumnos a los que poco se les conoce su timbre de voz porque no participan; otros que ante las preguntas de sus maestros enmudecen en silencios de ultratumba; estudiantes en la misma situación de interrogatorio que esbozan tímidas sonrisas y casi imperceptibles salen las respuestas de su boca; alumnos y alumnas que tras el método de «tirabuzón», usado por algunos profesores, logran articular palabra y responder a lo que «ese individuo insiste que responda»; otros que, incursionando a través del viejo y bien conocido sistema de adivinación, surcan las «grandes esferas del conocimiento humano» y llegan, como por arte de magia, a las respuestas que el docente les pedía… y esperaba, con lo cual logran «zafar» (como ellos mismos lo reconocen) de eso tan tremendo que la situación les plantea, eso tan «terrible», ni más ni menos, que es el momento en que el docente recoge información sobre lo que van aprendiendo sus alumnos y alumnas.

A veces logran el aprobado, el 4, ¡y pasan al año siguiente!, pero lamentablemente a la vuelta de la esquina encuentran un nuevo obstáculo que acaba por tirar al acróbata al piso. «Son vagos, no estudian, no prestan atención». Estas suelen ser algunas de las interpretaciones de las causas del fracaso. Sin embargo, aun cuando fuese así (que no es lo que sucede con la mayoría), esto es un síntoma.

Observando el proceso de estos estudiantes, el futuro es predecible… «un nuevo fracaso», otro más que se suma a la larga lista y que lentamente va socavando su autoestima, construyendo un autoconcepto basado en el fracaso y acabando con las expectativas de quienes confían en un mejor futuro para esa persona. El fracaso escolar, una enfermedad endémica que termina dejando fuera del sistema a muchos jóvenes y, como efecto de su ola expansiva, sigue quebrando posibilidades en los contextos más relegados. Por supuesto que ésta no es la única causa de tal situación de disminución de oportunidades, pero para quienes creemos realmente en la educación, es una pérdida valiosísima, insustituible.

¿Se ha preguntado Ud. cómo afecta a los niños y jóvenes la situación de fracaso constante?

Volviendo a los estudiantes, aun cuando pasan de grado, con otros docentes, en la mayoría de los casos la situación no suele mejorar.

Las estadísticas muestran crecientes porcentajes de repitencia y de fracaso en los exámenes. Los números hablan, son tendencias… y los padres reclaman, cuestionan. Ante esto, las distintas instituciones que conforman el sistema educativo no hacen oído sordo, y esta preocupación se manifiesta en espacios que se abren para tratar el tema, como el de las jornadas de reflexión docente; material escrito que llega a las escuelas; reuniones de supervisores, equipos técnicos y directores para tratar la problemática; reuniones de docentes y directivos para analizar la situación; preceptores preocupados por algunos alumnos que hacen de nexo con profesores; interconsultas entre docentes; reuniones de equipos técnicos y docentes; profesores terciarios y universitarios que se acercan a las escuelas con nuevas propuestas y proyectos. Sin embargo, y en la cotidianidad, la situación se sigue repitiendo y, en muchos casos, aumenta.

Además de esas historias «diagnosticadas y tratadas», se observan, especialmente en la escuela primaria, niños y niñas que permanecen durante 2 ó 3 años en el mismo grado o llegan a 7mo. grado como «empujados por un carro». Y a veces ésta es la situación de grupos de estudiantes completos. La maestra que los recibe y hace un buen diagnóstico de la situación suele exclamar con sorpresa: «¡Pero estos niños pueden operar sólo como lo hacen los niños de 4to. grado», o «Tengo que volver a trabajar con los contenidos y operaciones de 5to. para introducir paulatinamente algo de 7mo.». Esto, también, es sintomatológico. ¿Qué hacemos con los niños que no fueron detectados a tiempo, o con aquellos grupos que llegan al final de ciclo sin las habilidades mínimas logradas? ¿De quién es la responsabilidad? Como sistema articulado, en general, la universidad mira a la secundaria, la secundaria a la primaria, la primaria al jardín de infantes, el jardín de infantes a la familia, la familia… ¿? No obstante, y más allá de ese vistazo «afuera», existen intentos de solución, y esto abre un nuevo horizonte, sin dudas.

Es reconocido que tanto para acompañar el proceso de aprendizaje de los alumnos como para detectar las dificultades, se necesita de una evaluación continua e integrada a dicho proceso. Cómo actualmente se lleva a cabo la tarea de evaluar es algo, como señalaba una persona de nuestro medio comprometida con la educación, «que todos saben en teoría, pero en el campo, en la escuela, todo sigue igual».

Un buen diseño de evaluación puede ayudar a detectar las dificultades y a aproximarse a las causas de los fracasos. Hablar de la coherencia entre la idea de aprendizaje y la forma en que se evalúa es un punto esencial para pedir a un especialista un diseño de evaluación o para construirlo.

El uso de instrumentos y técnicas adecuados es una herramienta que, para los que trabajan en la escuela, sirve de aliada en este proceso.

¿En qué se parece una balanza a una prueba o examen?

En que los dos son instrumentos para obtener información.

¿En qué se parece una balanza mal calibrada a una prueba o examen mal construido?

En que no se puede confiar en los datos que arrojan.

¿Cómo diseñar el proceso de evaluación? ¿Cómo encontrar las técnicas o instrumentos más adecuados para lo que se quiere evaluar? ¿Cómo construir instrumentos, pruebas, de manera que los datos que obtengamos sean confiables, y que realmente sirvan, y la prueba no se transforme en un mero acto burocrático? Estas son algunas de las preguntas que el docente, cualquiera sea el nivel de escolaridad en que trabaje, tendrá que responder prácticamente para garantizar de alguna manera la calidad del proceso de evaluación.

Obviamente que la tecnología evaluativa no tendría sentido si no estuvieran claros y asumidos los principios fundamentales en los que se basa este «arte» de evaluar. Preguntas como éstas: ¿para qué se evalúa?, ¿por qué se evalúa?, ¿qué se hace con los resultados?, ¿para quién se evalúa?, entre otras, deberían estar claras en quienes tienen a su cargo la tarea de evaluar, y esto antes de aplicar cualquier instrumento o técnica.

Un proceso de evaluación planificado aporta información muy valiosa para conocer puntos débiles y puntos fuertes de la situación, además de elementos para la toma de decisiones, que obviamente tenderán a mejorar la cuestión planteada.

Como ya se había mencionado anteriormente, existen muchos proyectos en marcha, muchas ideas girando en torno de grupos de docentes para que el fracaso escolar se revierta y para asistir a los alumnos en sus dificultades de aprendizaje. Sin embargo, hasta los esfuerzos mejor intencionados, sin una evaluación adecuada, que lógicamente incluye la percepción de quienes llevan a cabo la tarea, no rinden los frutos de la manera esperada y el proceso de toma de decisiones se complica.

La evaluación continua permite desarrollar un proyecto con continuidad, conociendo el impacto, mejorando la administración del mismo, descartando lo que no es valioso, optimizando los recursos… Una evaluación adecuada permite, además, en un país como el nuestro, con problemas económicos, mejorar las propuestas para no derrochar recursos. Es un hecho que actualmente, y relacionado a esta optimización, existe una infinidad de propuestas, desde esferas oficiales, sin evaluación sistemática.

Como docente o director, ¿usted está conforme con las evaluaciones que realiza? Y como padre, ¿qué opina del tema? Esto sería bueno preguntárselo.

La evaluación, aunque no es el único, es un medio fundamental. No es una tarea fácil. Sin embargo, para el fracaso escolar y las dificultades del aprendizaje, que son una realidad, la evaluación puede ser una importante aliada en la búsqueda de soluciones, a nivel del aprendizaje del alumno, así como también de proyectos pedagógicos.

(*) Prof. Evaluaciones Educativas (Mg.)


Para quienes trabajamos en las escuelas desde hace varios años sobre el fracaso escolar y las dificultades en el aprendizaje, éste sigue siendo un tema en constante revisión. Para padres y madres de niños, niñas o jóvenes con problemas de aprendizaje integrados en la escuela común, o con historia reiterada de fracaso escolar, esto es una preocupación. Y para todos, como sociedad, es una deuda pendiente.

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