La gran Enciclopedia de la Música Americana
Los seis discos que integraban la Antología de la Música Folk Americana, compilada por Harry Smith, que reunía canciones de músicos de blues, folk, country, presos, vivos y muertos constituyó una clara influencia para que el joven Robert Allen Zimmerman se convirtiera -allá, por mediados del año 60- en Bob Dylan y comenzara a forjar una carrera histórica como artista: allí escuchó a su admirado Woody Guthrie y también a Pete Seeger, Leadbelly, Blind Lemon Jefferson, AJ Lloyd y a Rabbit Brown, gracias a quienes aprendió a tocar la guitarra, a componer y a apoyarse en la armónica. A 50 años de ese descubrimiento por parte del cantautor de Duluth, puede decirse que desde el disco “Love and Theft” editado en 2001, hasta la fecha, Dylan está grabando y escribiendo los tomos -discos- de su propia Enciclopedia de la Música Americana. Y sin encerrarse en ningún claustro o biblioteca, lo hace en estudios, teatros y estadios, en público, como lo hizo anteanoche ante un Gran Rex repleto que presenció cómo uno de los músicos más importantes de la historia, hace historia y la canta. El teatro Gran Rex, con la cercanía que ofrece entre músico y público y con su notable acústica, fue el lugar ideal para disfrutar de una oportunidad única, porque tuvimos un Dylan de excelente humor, relajado y disfrutando del respetuoso y cómplice silencio. Para esta travesía por la música americana, Dylan tiene excelentes acompañantes: el trabajo de Donnie Herron en pedal y steel guitar, mandolina, banjo y hasta violín es notable y haber recuperado al querido Charlie Sexton en guitarra, que acompaña a al cantautor desde 1999, logró que el viaje sea un momento único. Es tal la confianza con su banda que Dylan deja la guitarra y sus instrumentos de la noche son su teclado Korg y su armónica a la que decidió quitarle todo el polvo y regalarle su mejor versión a los argentinos. Cada momento con la armónica es mágico, Dylan disfruta del show, posa, hace algunos pasitos de baile, se para como un rocker con las piernas bien abiertas, mientras todo el sonido se apoya en su bajista, su baterista y su segunda guitarra. Cada canción es una estación, en la que Dylan -un tipo hosco y huraño si existe en el rock- se toma el atrevimiento de explicar y dejar sentada su visión de cómo se hace folk, country, americana y blues, una lección que músicos talentosos como Bruce Springsteen, Tom Petty, John Mellencamp, Jackson Browne y Ryan Adams han aprendido desde la primera hasta la última bolilla. Un momento magistral es “Love sick” del disco “Time out of my mind”, en donde Dylan y sus músicos explican en seis minutos cómo el blues se convirtió en reggae allá hace años en Jamaica, con el creador de “Every Grain of sand”, tocando el Korg como si fuera un sesudo tecladista del ritmo caribeño. Y ni hablar de su manía de cambiar noche a noche cada canción, por eso Bob Dylan no usa la figura de director musical, es él con un gesto de su mano, una mueca de su cara, un paso o un movimiento de sombrero, el que marca los tiempos. Su voz ya no es la de antes, obviamente que es así, pero Dylan sigue siendo un gran letrista y poeta, y además -ahora- mientras otros buscan pretenciosos el Gran Sueño Americano, él quiere escribir la Nueva Enciclopedia de la Música Americana. Los argentinos fuimos testigos de una noche notable, de un talento sin igual, dejando de lado toda pretensión comercial, buceando en acordes antiquísimos para hacer su propia relectura de lo que finalmente es su propia historia: la del trovador moderno más importante que haya dado el siglo XX y el actual. (Télam).