La grasería de Rouquaud en las márgenes del río Santa Cruz
Don Ernesto Rouquaud, francés, radicado en la Argentina desde 1841, era un próspero empresario dedicado a la actividad industrial. Poesía en Avellaneda, una gran fábrica de grasas, aceites y otros subproductos de la ganadería.
En 1870, cuando sus negocios habían alcanzado gran prosperidad, en Buenos Aires, se desató el terrible flagelo de la fiebre amarilla. Todas las actividades comerciales e industriales se paralizaron. Don Ernesto, hombre inquieto, dinámico y ambicioso, no soportó esta inactividad a pesar de poseer capital suficiente, que le hubiera permitido vivir de rentas en espera de tiempos mejores.
Un encuentro casual con el capitán Luis Piedra Buena le hizo concebir la quimera de establecerse en las lejanas costas del sur. Instalar una pesquería con dos establecimientos industriales afines: uno dedicado a la fabricación de aceite de pescado y el otro a la preparación de conservas, saladero y subproductos. Además construir una buena casa habitación, amplios galpones y unas veinte casas para trabajadores y sus familias. El resto de las tierras concebidas serían dedicadas a la colonización. Las gestiones para su otorgamiento fueron lentas y engorrosas. A pesar de no haber conseguido la habilitación definitiva, decidió que el 23 de enero de 1872, en el navío «Roebuck» partieron los primeros expedicionarios, bajo el mando de Ernesto, su hijo mayor. Lo acompañaron Eloisa, Luisa y otra hermana de sólo 12 años. El personal estaba integrado por un albañil, dos carpinteros, un tonelero y veinte operarios. El navío iba repleto de utensilios, maquinarias y materiales de construcción y víveres para un año.
A los cinco meses llegaron las primeras noticias a Buenos Aires, la factoría estaba instalada y lista la casa habitación, sólo se esperaba la llegada del resto de la familia. Durante ese tiempo, el señor Rouquaud envió varias familias de pescadores, provistas de víveres y elementos de trabajo. Mientras continuaba con sus insistentes gestiones ante el Congreso para lograr la prometida concesión.
A pesar de todas las tentativas para lograr la adjudicación, un rival llamado Leandro Crozat de Sampere logró la codiciada concesión de cincuenta leguas cuadradas, en ambas márgenes de la desembocadura del río Santa Cruz. Don Ernesto, como alternativa, había logrado un entendimiento previo con el señor Crozat de Sampere, de tal manera que la imprecisa concesión le fue transferida en parte por medio de una escritura. Mientras se tramitaban estas negociaciones, el señor Rouquaud decidió enviar a su familia: su esposa doña Luisa Perichón y el resto de sus nueve hijos. Además el barco se llenó de todo lo necesario para amueblar la casa, víveres, animales y toda clase de envases para almacenar los productos de la futura fábrica. En Buenos Aires, haciendo los últimos trámites para lograr la concesión definitiva de las tierras, se quedó don Ernesto con la ilusión de que se lograría un generoso y gran porvenir.
Muy lejos de este entusiasmo era la realidad en el paraje donde se instaló el emprendimiento llamado cañadón de «Los Misioneros», ubicado en la margen sur del río Santa Cruz. Todo estaba instalado en forma casi perfecta, pero la pesca no rendía, pocos peces, el río tormentoso y los vientos huracanados hacían muy difícil la labor. De ninguna manera se justificaba semejante sacrificio, para lograr resultados tan escasos. Para colmo, un hecho trágico sacudió a la familia Rouquaud. La muerte de Pablo, de sólo 17 años, en un accidente en el río, cuando intentó rescatar una embarcación que el viento había llevado a la deriva.
Cuando don Ernesto logró la ansiada transferencia de las tierras, liquidó todas sus cosas en Buenos Aires y precipitó su viaje. Llegó a la colonia a fines de febrero de 1873. Allí tomó conocimiento de la muerte de su hijo Pablo. No tardó en tomar conciencia de los errores cometidos: instalar una industria en un lugar desconocido, alejado de todo centro de consumo, sin transportes regulares y seguros. Además, la imposibilidad ya mencionada, para la pesca y captura de otros animales. Todos agravados por el hecho de vivir en un territorio totalmente aislado y desconocido. A estos factores negativos hay que sumarle que las tierras ocupadas al sur del río Santa Cruz estaban en litigio con los chilenos, quienes sostenían que le pertenecían. De esta manera, los Rouquaud se vieron envueltos en un conflicto internacional que casi nos llevó a una guerra, que fue evitada gracias al tratado del año 1881.
La actividad industrial y comercial en la colonia eran casi nulas. Como consecuencia, el personal quedó reducido al de servicio y algunos peones. Una gran merma, teniendo en cuenta que en los primeros meses la colonia llegó a contar hasta cien personas.
El tiempo transcurría sin otra novedad que la presencia de naves de guerra chilenas y argentinas que, los gobiernos ante la posibilidad de un futuro arbitraje, enviaban para afirmar la ocupación del territorio en litigio. Durante estas incursiones sucedieron dos hechos importantes. La llegada de una goleta argentina de nombre «Chubut» cuyos tripulantes levantaron una pequeña casilla sobre la cual izaron con honores la bandera nacional. Así quedó inaugurada oficialmente la primera capitanía, única representación del gobierno argentino en toda la región patagónica, al sur del valle del Chubut. Es bueno aclarar que, en 1859, Piedra Buena había instalado sus tiendas en la isla Pavón en el río Santa Cruz, donde se izó la bandera argentina. Pero esa toma no fue oficial, simplemente una iniciativa de aquel ilustre marino que prestó al país señalados servicios. El otro hecho, trágico, ocurrió durante la visita de la cañonera chilena «Covadonga» que, según su capitán, era pacífica. Venían a limpiar el fondo de la nave aprovechando las mareas y la suavidad de los arenosos bancos del río. Los Rouquaud consideraron que aunque enemigos, eran huéspedes, de tal manera los oficiales fueron atendidos con honores en la casa. Una noche, terminado un agasajo, la señora Luisa sufrió un severo ataque al corazón. El médico del barco acudió sin demora. Cuatro días permaneció en la cabecera de la enferma. A pesar de esta atención no se pudo evitar el desenlace fatal. Doña Luisa contaba 42 años. Los chilenos postergaron su regreso hasta que la señora Rouquaud fue sepultada con todos los honores, junto a su hijo Pablo.
Sucesivas incursiones de naves chilenas le hicieron comprender a don Ernesto que la vida en la colonia se hacía imposible, por lo que decidió emprender viaje a Santiago. Una vez en la capital chilena, se entrevistó con el representante de la Argentina en Chile, el señor Félix Frías, quien le aconsejó ponerse en contacto con las autoridades chilenas. Estas le propusieron que si abandonaba la colonia le pagarían 90.000 «patacones», suma que habían evaluado las construcciones. Se le aseguraba que, una vez resuelta la cuestión de límites, si el territorio se le adjudicaba a nuestro país, el gobierno chileno le transferiría las mejoras en forma gratuita. Consideró la proposición conveniente y dispuso consultar al señor Frías antes de contestar. Este se negó en forma rotunda diciendo, no nos conviene, una vez en dominio de la colonia será muy difícil desalojarlos. Los trámites siguieron sin prosperar, solamente con promesas que nunca se cumplieron por parte de ambos países. Decepcionado se embarcó para Punta Arena, donde llegó en el otoño de 1874.
Sólo le restaba ahora a los Rouquaud abandonar la colonia, en donde quedaban quince personas que fueron embarcadas en la nave «Chacabuco» rumbo a Buenos Aires. El hijo mayor Ernesto se quedó para organizar el traslado de todo lo útil que quedaba y trasladarlo a Patagones.
Con el barco «Pascuales Cuartino» se hizo a la mar. Nunca se supo más de ese viaje ni sus tripulantes. Una versión afirma que la nave, años después, fue advertida en Montevideo con algunas modificaciones, pero jamás pudo averiguarse lo ocurrido en aquel viaje del año 1874.
En Buenos Aires, el señor Rouquaud, pobre y desengañado, sólo le quedaban energías para tratar de concretar una reparación, cosa que nunca logró.
En 1912, cuando don Ernesto Rouquaud había fallecido, sus descendientes presentaron una demanda contra la Nación, que no prosperó por haber prescriptos los derechos. Aquí termina la historia de uno de los tantos soñadores que se aventuraron a internarse en los entonces lejanos y desconocidos territorios y que a pesar de correr distintas suertes, todos sirvieron en alguna medida para afianzar la soberanía en nuestra querida Patagonia.
Abel Sandro Manca
Don Ernesto Rouquaud, francés, radicado en la Argentina desde 1841, era un próspero empresario dedicado a la actividad industrial. Poesía en Avellaneda, una gran fábrica de grasas, aceites y otros subproductos de la ganadería.
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