La guerra del cerdo politizada

Redacción

Por Redacción

Parecería que han fracasado los vigorosos intentos oficiales por presionar al juez Carlos Fayt para que se jubile muy pronto de la Corte Suprema de Justicia, lo que brindaría al gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner una oportunidad, acaso la última que todavía le queda, para reemplazarlo por alguien que a su entender sería más previsible. En principio, se trata de una aspiración razonable: en todos los países con instituciones copiadas de las estadounidenses los presidentes salientes procuran instalar a personas de ideas afines en el máximo tribunal. Asimismo, es innegable que la edad avanzada de Fayt, que ya tiene 97 años, plantea algunos interrogantes legítimos, pero la forma que enseguida tomó la ofensiva gubernamental ha motivado mucha alarma. En vez de asumir una postura fríamente racional, señalando que sería lógico averiguar periódicamente si un jurista que se acerca a los cien años realmente está en condiciones de desempeñar una función que es sumamente exigente, distintos voceros kirchneristas, encabezados por Cristina, optaron por someter a Fayt a un acoso verbal extraordinariamente virulento, además de tratar de forzarlo a defenderse ante una comisión parlamentaria improvisada de características estalinianas. Huelga decir que tales iniciativas han causado preocupación en un país en el que tantas instituciones se han desvirtuado. Puede que la conducta reprobable de los resueltos a desmoralizar a Fayt con la esperanza de que decida abandonar la Corte no les haya ocasionado demasiados costos políticos pero, como no pudo ser de otro modo, ha motivado mucha inquietud entre quienes valoran la convivencia democrática y temen por el futuro de un país en el que se ha hecho habitual debatir a los gritos y que funcionarios deseosos de impresionar gratamente a la presidenta cubran a sus adversarios de insultos. Parecería que los oficialistas más exaltados han hecho de una versión en clave kirchnerista de “La guerra del cerdo”, la novela de Adolfo Bioy Casares en la que bandas de jóvenes se proponen eliminar a los ancianos, una cruzada personal. Con todo, sus esfuerzos han sido contraproducentes; además de prestigiar a Fayt, transformándolo en símbolo de la independencia judicial, la ofensiva en su contra ha motivado una cantidad insólita de opiniones a favor de quienes continúan trabajando a pesar de los años que han cumplido, lo que, en un mundo en el que todas las sociedades, incluyendo la nuestra, están envejeciendo, podría incidir en los debates que tarde o temprano tendrán que darse en torno a reformas de las leyes laborales y del sistema previsional. Como ya es normal en nuestro país, las actitudes frente al caso protagonizado a pesar suyo por Fayt se deben casi exclusivamente a la militancia política de los que intervienen en el intercambio rencoroso de opiniones que está celebrándose en los medios de difusión y también, al producirse escraches y manifestaciones públicas de apoyo, en la calle. Para los kirchneristas, no cabe duda alguna de que el juez casi centenario es senil, que no entiende nada y que por lo tanto es escandaloso que siga ocupando un lugar en la Corte Suprema de Justicia. Para quienes no comulgan con el kirchnerismo, Fayt está en plena posesión de todas sus facultades mentales, sigue siendo tan lúcido como en el pasado y, para más señas, es un auténtico prócer judicial de trayectoria tan larga como intachable. Sin embargo, todos saben que la única razón por la que los kirchneristas se interesan en el estado de salud de Fayt consiste en su voluntad de expulsarlo del lugar que ocupa desde el 21 de diciembre de 1983. Lo que molesta a los kirchneristas no es su edad sino su negativa a sumarse al “proyecto” de Cristina. En cuanto al apoyo moral que le brindan quienes lo elogian, se debe menos a lo mucho que el jurista ha aportado al país a través de los años que a la conciencia de que su presencia en la Corte Suprema sirve para impedir que el gobierno la “democratice”, justo antes de despedirse del poder, con el propósito apenas disimulado de contar con miembros que ayudarían a frustrar a los resueltos a forzar a Cristina y sus colaboradores más notorios a defenderse contra quienes quieren verlos procesados por los delitos que presuntamente cometieron en el transcurso de “la década ganada” cuando creían que siempre disfrutarían de impunidad.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Domingo 17 de mayo de 2015


Parecería que han fracasado los vigorosos intentos oficiales por presionar al juez Carlos Fayt para que se jubile muy pronto de la Corte Suprema de Justicia, lo que brindaría al gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner una oportunidad, acaso la última que todavía le queda, para reemplazarlo por alguien que a su entender sería más previsible. En principio, se trata de una aspiración razonable: en todos los países con instituciones copiadas de las estadounidenses los presidentes salientes procuran instalar a personas de ideas afines en el máximo tribunal. Asimismo, es innegable que la edad avanzada de Fayt, que ya tiene 97 años, plantea algunos interrogantes legítimos, pero la forma que enseguida tomó la ofensiva gubernamental ha motivado mucha alarma. En vez de asumir una postura fríamente racional, señalando que sería lógico averiguar periódicamente si un jurista que se acerca a los cien años realmente está en condiciones de desempeñar una función que es sumamente exigente, distintos voceros kirchneristas, encabezados por Cristina, optaron por someter a Fayt a un acoso verbal extraordinariamente virulento, además de tratar de forzarlo a defenderse ante una comisión parlamentaria improvisada de características estalinianas. Huelga decir que tales iniciativas han causado preocupación en un país en el que tantas instituciones se han desvirtuado. Puede que la conducta reprobable de los resueltos a desmoralizar a Fayt con la esperanza de que decida abandonar la Corte no les haya ocasionado demasiados costos políticos pero, como no pudo ser de otro modo, ha motivado mucha inquietud entre quienes valoran la convivencia democrática y temen por el futuro de un país en el que se ha hecho habitual debatir a los gritos y que funcionarios deseosos de impresionar gratamente a la presidenta cubran a sus adversarios de insultos. Parecería que los oficialistas más exaltados han hecho de una versión en clave kirchnerista de “La guerra del cerdo”, la novela de Adolfo Bioy Casares en la que bandas de jóvenes se proponen eliminar a los ancianos, una cruzada personal. Con todo, sus esfuerzos han sido contraproducentes; además de prestigiar a Fayt, transformándolo en símbolo de la independencia judicial, la ofensiva en su contra ha motivado una cantidad insólita de opiniones a favor de quienes continúan trabajando a pesar de los años que han cumplido, lo que, en un mundo en el que todas las sociedades, incluyendo la nuestra, están envejeciendo, podría incidir en los debates que tarde o temprano tendrán que darse en torno a reformas de las leyes laborales y del sistema previsional. Como ya es normal en nuestro país, las actitudes frente al caso protagonizado a pesar suyo por Fayt se deben casi exclusivamente a la militancia política de los que intervienen en el intercambio rencoroso de opiniones que está celebrándose en los medios de difusión y también, al producirse escraches y manifestaciones públicas de apoyo, en la calle. Para los kirchneristas, no cabe duda alguna de que el juez casi centenario es senil, que no entiende nada y que por lo tanto es escandaloso que siga ocupando un lugar en la Corte Suprema de Justicia. Para quienes no comulgan con el kirchnerismo, Fayt está en plena posesión de todas sus facultades mentales, sigue siendo tan lúcido como en el pasado y, para más señas, es un auténtico prócer judicial de trayectoria tan larga como intachable. Sin embargo, todos saben que la única razón por la que los kirchneristas se interesan en el estado de salud de Fayt consiste en su voluntad de expulsarlo del lugar que ocupa desde el 21 de diciembre de 1983. Lo que molesta a los kirchneristas no es su edad sino su negativa a sumarse al “proyecto” de Cristina. En cuanto al apoyo moral que le brindan quienes lo elogian, se debe menos a lo mucho que el jurista ha aportado al país a través de los años que a la conciencia de que su presencia en la Corte Suprema sirve para impedir que el gobierno la “democratice”, justo antes de despedirse del poder, con el propósito apenas disimulado de contar con miembros que ayudarían a frustrar a los resueltos a forzar a Cristina y sus colaboradores más notorios a defenderse contra quienes quieren verlos procesados por los delitos que presuntamente cometieron en el transcurso de “la década ganada” cuando creían que siempre disfrutarían de impunidad.

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