La historia de amor donde «dar» fue sinónimo de vida
Gustavo Ferrari es el roquense que donó un riñón a su esposa. Una decisión que se tomó con libertad y diálogo de pareja.
BUENOS AIRES (ABA).- Las dos cosas que Gustavo Ferrari más recuerda de su vida en Roca son las tardes en «el campito», donde iba a jugar con sus amigos, y la experiencia que tuvo en Astapro (Asociación Talleres Protegidos). Aquí, recuerda, «les enseñaba a los chicos educación física y algunos deportes, y una Navidad decoramos un pino con papeles y cosas que salimos a juntar por la calle y los negocios. Eran chicos con capacidades diferentes, y esa experiencia colectiva hoy la veo como una de las mejores cosas que hice en mi vida».
Sin embargo en su vida se le presentó otra oportunidad de volver a dar, esta vez una parte de su propio cuerpo: En agosto del año pasado, le donó a su mujer, Marina, el riñón que ella necesitaba para vivir.
Marina había empezado hacía un tiempo a hacerse diálisis y la única salida era un trasplante. Recuerda, no sin asombro, el momento en que Gustavo se ofreció como donante. «A nivel familiar e incluso los mismos médicos no lo tomaron como una posibilidad concreta. Primero porque pensaron que no iba a ser necesario ya que creían que mis padres iban a poder, cosa que después no pudo ser; y después porque es difícil que se dé la compatibilidad entre personas que no tienen parentesco sanguíneo».
Por eso ella dice que tuvo suerte «en muchos aspectos». Cuando la posibilidad de que uno de sus padres le donase el órgano que ella necesitaba quedó descartada, Gustavo se hizo los estudios y la compatibilidad fue asombrosa». Unos meses más tarde se realizaba con éxito la operación que le permitió a Marina dejar las cuatro horas diarias de diálisis.
Todavía le cuesta hablar de ese momento que define como el más triste de su vida. Había dejado la fundación de nenas de la calle que dirigía, la carrera de psicología que estaba estudiando y se sentía deteriorada físicamente. Por eso hoy sostiene que lo bueno es «poder transmitir la posibilidad de que un donante vivo puede seguir viviendo sin problemas y ayudar a una persona que, a partir del trasplante, puede modificar muchísimo su vida. Pero además, que mi experiencia y tantas otras sirvan para que la gente tome conciencia de la importancia de dejar el legado de donar los órganos, porque uno al donar no pierde nada y puede dar vida a otra persona».
Gustavo, que es actor y antes de la operación corría diez kilómetros diarios, pudo seguir con su rutina a los dos meses de haber donado uno de sus riñones. «En realidad estoy mejor –dice– porque mi calidad de vida también mejoró. Hoy tengo el privilegio de verla a Marina bien y yo seguir como siempre, como antes de la operación».
Antes de tomar la decisión Gustavo y Marina tuvieron su espacio para el diálogo. «Es importante ese diálogo –afirma Marina– porque si uno se va a cargar con cuestiones culposas y traumáticas, entonces no tiene mucho sentido». Para Gustavo fue vital llegar a la instancia de una operación «sabiendo que fue una decisión que tomé con total libertad. Si uno dona un órgano –sostiene– lo dona y punto; ahí termina todo».
Ahora cada cual está abocado a su trabajo. Gustavo en televisión en la serie «Los médicos de hoy» (donde paradójicamente su papel es el de un médico, la profesión que él había elegido cuando vino a Buenos Aires, en 1985, a convertirse en el «doctor Ferrari», como su papá, y que dejó por la actuación) y rodando una película que dirige Carlos Galetti y que él disfruta porque lo que más le gusta es el cine.
Y Marina sigue con su trabajo social, ahora con un emprendimiento privado -aclara que no es político ni religioso- que consiste en otorgar micro- créditos a personas de bajos recursos para proyectos productivos.
Viajó a estudiar medicina y ahora es doctor en la ficción
BUENOS AIRES (ABA).- Gustavo Ferrari vivió en Roca, con su familia, hasta que terminó la escuela secundaria.
Vino a Buenos Aires con la idea de estudiar medicina, como su padre, pero al poco tiempo se encontró en el estudio de Alejandra Boero donde dio sus primeros pasos en la actuación.
Su amigo de Roca, Alfredo Cosa, lo alentaba en sus cartas.
Más tarde estudió con Alberto Félix Alberto, con quien trabajaría -con intervalos- hasta el día de hoy.
Inquieto y curioso, Gustavo no se conformó con ser actor y tener éxito en televisión -su primer protagónico lo tuvo en «Socorro, 5¯ año»- sino que siguió estudiando, haciendo teatro e incursionando en nuevas disciplinas como por ejemplo hacer la coordinación artística los especiales de Alejandro Doria, o estudiar dirección y tener proyectos propios para hacer unitarios en televisión.
Lo que más le gusta, confiesa, es el cine. Pero en teatro tuvo la oportunidad de hacer una obra de Lorca («Bodas de Sangre») a los pocos años de estar estudiando y, no hace tanto, de subir al escenario del prestigioso San Martín, haciendo «Lulú» con su viejo maestro, Félix Alberto.
Hoy se siente satisfecho de tener trabajo y de hacer «uno de los pocos programas de ficción que se hacen en televisión», «Los médicos de hoy», además de la satisfacción, enorme, que le produce estar rodando la película de Galetti «Ciudad del Sol».
BUENOS AIRES (ABA).- Las dos cosas que Gustavo Ferrari más recuerda de su vida en Roca son las tardes en "el campito", donde iba a jugar con sus amigos, y la experiencia que tuvo en Astapro (Asociación Talleres Protegidos). Aquí, recuerda, "les enseñaba a los chicos educación física y algunos deportes, y una Navidad decoramos un pino con papeles y cosas que salimos a juntar por la calle y los negocios. Eran chicos con capacidades diferentes, y esa experiencia colectiva hoy la veo como una de las mejores cosas que hice en mi vida".
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