La hora del tablao en Neuquén

Quitapenas y Arza y Toma respiran el aire andaluz

NEUQUEN (AN).- Lejos de Granada. Lejos del bendito barrio de Triana en Sevilla, hay juerga flamenca en Neuquén. Son mujeres que entran a matar. Sus cuerpos erguidos bailan en torno a un círculo pequeño de gente, y lo sienten…Sienten el desgarro y la pasión del baile y cante jondo. Esa poesía lorqueana que las transforma. Que divide sus cuerpos en partes: son palomas de la cintura para arriba y toros de la cintura para abajo.

De a una vuelcan su fuerza sobre las tablas. Tiempo y contratiempo inundan el aire con un palmoteo brusco, constante, como quien busca hablar con las manos. O seducir con ellas.

«Un, dos, tres, cuatro…», palmadas secas refuerzan el compás de tango y un «¡Ole!» cambia la posta. Otro cuerpo se prepara para matar. Sale al ruedo y suena un «¡Vamos niña, vamos guapa!».

Se trata de un frase clave en cualquier tablao de Andalucía, esos semilleros de bailaoras y bailaores donde se acuña «lo gitano»; pero que, esta vez, se escuchó en boca de Quitapenas y Arza y Toma. Las bailaoras valletanas que cortaron el frío dos noches seguidas de sábado en la Curtiembre Cultural neuquina.

¿Por qué el flamenco conmueve tanto? ¿Qué hay en esa música de puerto, de mar o del lamento fúnebre de las horas finales? ¿Es la seducción de lo femenino y lo masculino? O la furia que permite exteriorizar las penas en torno a los grandes tópicos de la vida como la soledad, el desamor y el destierro.

Como sea, el flamenco es música íntima por antonomasia. Hace sentir, hace vivir.

Y frente al tablao, la fascinación…

Un ejército se sensualidad femenina desnuda el virtuosismo desde el torso hacia la punta de los dedos. Atraviesa los músculos. Sube por los brazos y aterriza en las muñecas con un leve y refinado movimiento. Nada sobra. Son las justas estaciones de un recorrido envolvente.

Más abajo, las ondulaciones de cadera y quiebros de cintura encandilan las miradas. Marcan el toque, la característica de cada palo. Ramillete de ritmos ancestrales que vienen del mar (alegrías), llegan con la muerte (soleá), hablan de amores encontrados (rumbas) o despiertan júbilo (sevillana). En cualquier caso, es el pueblo gitano el que se expresa. Habla y canta bajo la piel de un cuerpo femenino.

De pronto, el cante inconfundible del andaluz José Mercé encauza las piernas hacia un movimiento firme, contundente. Y vibra el escenario a puro taconeo.

«Tica, tatica, tatica, tica, tatica…» Es el código secreto de los pies que circula entre la punta y la planta al compás de la sangre. Punta y planta que golpea en seco. Que sacude la entraña de una mujer vestida con volantes, envuelta en flores y flecos.

Seguido, otros pies y otros brazos. Así hasta que una completa cofradía de mujeres rugen a «palo seco», al solo compás de palmas y cajón. Minutos épicos que empujan a pensar en un tablao, un verdadero tablao.

Son Quitapenas y Arza y Toma. Las compañías de baile de Neuquén y General Roca que desnudaron todo su fuego a lo largo de casi dos horas y media. Las acompañó un acertado bouquete de tapas españolas que desplegó sus cualidades frente al paladar del público. Gente ávida de una velada españolísima.

Quitapenas y Arza y Toma. Sin atuendos ni puesta escenográfica majestuosa. Con el alma y la intimidad del flamenco. Del tablao. De la fuerza visceral del toro y la levedad de la paloma. Aún, lejos de Granada.

Florencia Lazzaletta


NEUQUEN (AN).- Lejos de Granada. Lejos del bendito barrio de Triana en Sevilla, hay juerga flamenca en Neuquén. Son mujeres que entran a matar. Sus cuerpos erguidos bailan en torno a un círculo pequeño de gente, y lo sienten...Sienten el desgarro y la pasión del baile y cante jondo. Esa poesía lorqueana que las transforma. Que divide sus cuerpos en partes: son palomas de la cintura para arriba y toros de la cintura para abajo.

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