La infancia de una mujer maya

El libro de reciente aparición "Li M'in, una niña de Chimel", escrito a dúo por la guatemalteca Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz 1992, y su compatriota Dante Liano, rescata su infancia y coloca en primer plano una experiencia engarzada a las creencias y tradiciones de la raza maya, en relatos cristalinos llenos de imágenes.

No es lo mismo explicar el mundo que contarlo. Rigoberta Menchú hace posible el relato retomando la oralidad de su abuelo, quien sin esfuerzo y en un hilo de imágenes diáfanas ponía a dialogar a la montaña con los animales.

Esa mirada, que condensa una sabiduría cimentada por la relación con la naturaleza, ha sido, en su caso específico, fuente de su cosmovisión y herramienta para interpretar una realidad cambiante y compleja. Podría decirse que sin el asombro de aquella niña indígena no existiría la actual Rigoberta Menchú.

De lenguaje llano y gestualidad mansa, «Li M'in, una niña de Chimel» sigue el curso del relato infantil, convirtiendo en fábula una serie de apuntes biográficos de la infancia que rescatan su pueblo, los ancianos sabios, su madre (una comadrona que tenía por tarea «darles la bienvenida a todos aquellos que vienen a la vida»), un abuelo del pueblo de los caminadores («Por eso no tenían tierras, sino caminos») y las moras que le manchaban de gusto la boca.

Sin veleidades de escritora, aunque con una capacidad nata para el relato, Menchú es autora de varios libros desde que en 1985 dio a conocer «Me llamo Rigoberta Menchú», al que le siguieron, entre otros, «Rigoberta, los mayas y el mundo», «Rigoberta Menchú, el clamor de la tierra» y «Rigoberta Menchú, cruzando fronteras».

Pero esta vez, a diferencia de los títulos citados, el «Rigoberta» no preside la portada, sino que estampa su nombre verdadero, Li M'in. Sucedió que cuando sus padres decidieron que iba a llamarse M'in, les dijeron en el registro que ese nombre no existía y les propusieron el del santo del calendario, San Rigoberto. De todos modos en su casa la llamaban M'in («domingo, un día tranquilo y despejado») y también «Beta» o «Tina».

De algún modo, éste último libro de Menchú estaba prefigurado en un grueso volumen autobiográfico, «Rigoberta Menchú: la nieta de los mayas» aparecido en 1999 y también escrito en colaboración con Dante Liano.

En el paso de un libro a otro se ha filtrado la voz testimonial para dejar únicamente las imágenes del mundo de la infancia.

Aunque el relato de Menchú, por sobre cualquier tema, es siempre cristalino, con imágenes plenas y un modo de metaforizar sin esfuerzo: la colmena era «una mancha negra voladora que rasgaba las hojas con el zumbido de sus alas», y el río «transparente, parecía una hoja de papel celofán que se fuera desenrollando con el suave rumor del agua»

A la fluidez del relato contribuye una descripción ajustada, por ejemplo cuando habla de ese abuelo que «parecía venir del tiempo», «montado en un hermoso caballo, de crines doradas y del color del café».

A la que suma la gracia de las fábulas de animales narradas junto al fogón y el universo de las creencias indígenas en un primer plano: Ajaw (el creador), el nawal, (la sombra, el doble de una persona en el mundo animal. «Cuando uno nace -explica Menchú- al mismo tiempo nace un animalito… Yo sé cuál es el mío, pero es un secreto que no voy a decir». La Nobel de la Paz se decidió a escribir inducida por el historiador guatemalteco Arturo Taracena, advertido sobre su modo peculiar de narrar los hechos.

Luego, colaboraron con ella su compatriota ciego Mario Matute, la mexicana Eugenia Huerta y el italiano Gianni Miná. Pero fue fundamental el novelista guatemalteco Dante Liano: «hizo un enorme esfuerzo para conciliar la manera de vivir, pensar, entender y expresar un gran pedazo de mi vida en q'uiché, para que sea percibido, vivido, entendido y respetado en español y esperamos que en todos los idiomas del planeta».

Subyace, bajo su escritura, un abuelo que era prácticamente un libro de historia, y el dictado de una naturaleza animada y parlante.

Además de los libros citados, anclados en el testimonio y la crónica, Menchú escribió algunos poemas. Luego de recibir el Nobel viajó a Guatemala y en el mismo aeropuerto, donde fue recibida por una multitud, recitó su poema «Madre patria», pero no se considera poeta: «una cosa es cuando uno dedica su vida a escribir y otra cosa es que exprese un sentimiento».

Entre sus papeles hay poemas en borrador y otros concluidos, en especial uno dedicado a su hermano muerto, «Patria abnegada».

Mientras tanto, la niña indígena junta voces del jardín de la infancia y recuerda a su madre con su mascota, un cerdito «limpio y rosado como si hubiera salido de un cuento», y recuerda que su familia tenía panales de abejas y los niños repartían miel a sus vecinos: «Regalar miel es como regalar un ramo de flores… es como dar un abrazo sincero»… (Télam).

Jorge Boccanera


No es lo mismo explicar el mundo que contarlo. Rigoberta Menchú hace posible el relato retomando la oralidad de su abuelo, quien sin esfuerzo y en un hilo de imágenes diáfanas ponía a dialogar a la montaña con los animales.

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