La Justicia injusta





Si el Ejecutivo acciona mal, supuestamente queda la Justicia. Si una ley es inconstitucional, supuestamente queda la Justicia. Pero si la Justicia funciona mal, ¿qué queda?


El debate sobre qué es la justicia comenzó hace mucho y nunca se detuvo. Abarca casi todos los campos del pensamiento: desde la filosofía, el derecho, la moral y la religión hasta las relaciones íntimas. Esta pluralidad de ámbitos es la causa de muchos de los conflictos que estallan cuando se sustancian procesos judiciales de gran repercusión. El proceso judicial se desarrolla en el ámbito del derecho, pero las apreciaciones sobre la causa suelen ser de índole moral, social, política y hasta filosófica. Cuando el proceso tiene mucha repercusión social es difícil que los fallos se ajusten a derecho, sometiéndose a fuertes presiones políticas (no solo de los poderes fácticos, sino también de la opinión pública y de los medios).

El cine ha sabido mostrar el entramado complejo de todo esto en varios filmes que ya forman parte de los clásicos, desde “Doce hombres en pugna” hasta “Cuestión de honor”. El reciente estreno en Netflix de “El juicio a los 7 de Chicago” (un gran filme de Aaron Sorkin) permite volver sobre un tema que jamás se agota.

Que el Poder Judicial sea una farsa es algo terrible: se pierde la última instancia de toda posible reparación ante las fallas o abusos de los demás poderes.

“El juicio de los 7 de Chicago” se basa en hechos reales. Trata sobre el juicio que sufrieron los líderes de varios grupos juveniles contestarios que en 1968 fueron a Chicago a protestar contra la Guerra de Vietnam frente a la Convención Demócrata. Allí iba a elegirse el candidato que competiría con el republicano Richard Nixon. Unos meses más tarde, Nixon -ya elegido presidente- encomendaría al fiscal general que sustancie este juicio como una forma de disciplinar a los grupos más radicalizados de la contracultura.

La marcha de la juventud a Chicago en 1968 se había programado como un evento pacífico y multitudinario. Fue multitudinario -participaron miles de jóvenes- pero dejó de ser pacífico cuando la policía y la Guardia Nacional atacaron a los manifestantes. Una investigación interna demostró que fueron las fuerzas policiales las responsables de la violencia y por eso el saliente gobierno de Lyndon B. Johnson no había iniciado acciones legales contra los líderes de la marcha.

Pero al asumir Nixon la situación cambió. Se ocultó el informe interno del gobierno anterior y se enjuició a 8 dirigentes juveniles. Uno de ellos, fundador de las Panteras Negras y que casi no estuvo en la ciudad de Chicago, luego de mucho maltrato en el juicio fue separado de la causa. Por eso el juicio se conoció como el de “Los 7 de Chicago”.

Dos de los acusados eran los fundadores del partido Yippie (o de la Juventud): Abbie Hoffman (interpretado por Sacha Baron Cohen) y Jerry Rubin (Jeremy Strong), autodefinidos como anarcocomunistas. Hoffman encara uno de los polos de la revuelta (el más izquierdista, que no creía en las instituciones). El otro polo -el que confía en las instituciones para cambiar a la sociedad- estaba representado por Tom Hayden (representado por Eddie Redmayne), el líder de los estudiantes por la democracia y los derechos humanos, que más tarde fue congresista y se casó con Jane Fonda.

El filme de Sorkin muestra claramente que el juicio es una farsa. El juez Julius Hoffman (interpretado por Frank Langella) es el colmo de la arbitrariedad: no permite admitir pruebas ni testigos que benefician a los acusados, acuerda sacar del tribunal a dos jurados que podrían ser favorables a los acusados, no permite escuchar el testimonio del anterior fiscal general que demuele completamente la causa, etc.

El espectador del filme, en medio de la indignación por lo que va viendo sobre este juicio que realmente sucedió de esta manera, se pregunta: “¿Cómo es posible que algo así suceda en la justicia del país en el que supuestamente más sólidas y confiables son las instituciones?”. También surge otra duda -al menos, a mí me surgió esta duda-: “Si este tipo de juicio sucede en los EE. UU., ¿cómo son los procesos en nuestro país?”.

Que el Poder Judicial sea una farsa es algo terrible: se pierde la última instancia de toda posible reparación ante las fallas o abusos de los demás poderes. Si el Ejecutivo acciona mal supuestamente queda la Justicia. Si una ley es inconstitucional, supuestamente queda la Justicia.

Pero si la Justicia funciona mal, ¿qué queda?

El filme de Aaron Sorkin muestra que si la Justicia no tiene instancias que puedan reparar los daños que ella misma puede causar -en las instancias superiores, hasta llegar a la Corte Suprema- estamos completamente indefensos.

Recordémoslo siempre. No solo cuando vemos esto en buenos filmes como “El juicio de los 7 de Chicago”.

Aprendamos a no pedir que la Justicia falle según nuestros prejuicios, sino según un debido y serio proceso con todas las garantías. Esa es la mejor justicia, aunque el fallo no esté de acuerdo con nuestra creencia.


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