La larga agonía del euro

Redacción

Por Redacción

A esta altura todos los mandatarios europeos entenderán muy bien que sus antecesores cometieron un gran error cuando optaron por intentar amalgamar las diversas economías nacionales de su continente utilizando una moneda común como el único aglutinante, pero los de la Eurozona aún se sienten tan comprometidos con el proyecto así supuesto que siguen resistiéndose a abandonarlo. Su actitud se asemeja a la de la mayoría de los griegos que, según las encuestas, quiere continuar formando parte del bloque monetario pero se niega a tolerar el ajuste brutal que en opinión de los demás le permitiría hacerlo. Sin embargo, por consistir la alternativa a la austeridad, que los griegos repudian con indignación, una decisión nada probable de Alemania, Francia y otros socios solventes de entregarles el dinero que necesitarían para restaurar el statu quo de antes de la crisis, tanto la clase política europea como los mercados ya parecen haber llegado a la conclusión de que Grecia no tardará mucho en salir de la Eurozona y que les convendría prepararse para enfrentar dicha eventualidad. No les será fácil. Además de la posibilidad de que España, Portugal e Italia “se contagien”, se da el problema de qué hacer con las deudas gigantescas que los griegos se las han ingeniado para acumular. Desgraciadamente para los contribuyentes europeos, podrían verse obligados a pagar decenas de miles de millones de euros, mientras que el impacto en el ya raquítico sistema bancario del Viejo Continente sería con toda seguridad demoledor. El que un país tan chico como Grecia haya podido crear un problema tan enorme que amenaza la economía no sólo de Europa sino también la mundial es evidencia suficiente de lo insensato que fue crear una moneda común antes de acercarse a la unificación política. De haber existido un ministerio de Economía paneuropeo, las autoridades hubieran actuado a tiempo para impedir que los políticos, empresarios y financistas griegos, cuyo código de conducta se parece mucho al imperante en nuestro país, aprovecharan una oportunidad irresistible para conseguir créditos a bajo costo que no estarían en condiciones de devolver. Como advirtieron muchos economistas de otras partes del mundo cuando los líderes europeos se preparaban para lanzar el euro, los países deseosos de adoptarlo no conformaban una zona monetaria convincente, ya que eran tan grandes las diferencias legales, culturales y, desde luego, productivas, pero los entusiasmados por la idea de un Estados Unidos de Europa confiaron en que su propia voluntad sería más poderosa que la mera realidad económica. Puede que los problemas de España, Portugal e Italia sean menores al lado de los que está experimentando Grecia, pero así y todo no parecen capaces de compartir por mucho tiempo más una moneda con Alemania y otros países del norte europeo. Tendrá razón la canciller Angela Merkel al insistir en que para competir les sería necesario llevar a cabo una serie de reformas draconianas, pero sucede que la cura que ha propuesto podría matar a los pacientes. Aun cuando los españoles, portugueses e italianos se resignaran a años, tal vez décadas, de austeridad, el nerviosismo ocasionado por la conciencia de que en cualquier momento podrían rebelarse contra el tratamiento impulsado por sus socios más competitivos sería suficiente para privarlos de los recursos financieros que necesitarían para crecer. Por motivos comprensibles, los ahorristas del sur europeo ya prefieren colocar su dinero en lugares que a su entender son más seguros. Es lo que están haciendo aquellos griegos que cuentan con los recursos precisos –ya han sacado más de 70.000 millones de euros del sistema financiero local; el lunes pasado huyeron casi mil millones– y también están procurando defenderse contra sorpresas ingratas muchos españoles e italianos. Se ha iniciado, pues, un proceso negativo que difícilmente se frene en los próximos meses. Para que ello ocurriera los gobiernos de los países solventes, encabezados por el alemán, tendrían que encargarse de las deudas de los más precarios, solución ésta que sería lógica si la Unión Europea constituyera una nación auténtica pero que, por tratarse de una asociación de países soberanos reacios a someterse a una autoridad central, podría calificarse de utópica.


A esta altura todos los mandatarios europeos entenderán muy bien que sus antecesores cometieron un gran error cuando optaron por intentar amalgamar las diversas economías nacionales de su continente utilizando una moneda común como el único aglutinante, pero los de la Eurozona aún se sienten tan comprometidos con el proyecto así supuesto que siguen resistiéndose a abandonarlo. Su actitud se asemeja a la de la mayoría de los griegos que, según las encuestas, quiere continuar formando parte del bloque monetario pero se niega a tolerar el ajuste brutal que en opinión de los demás le permitiría hacerlo. Sin embargo, por consistir la alternativa a la austeridad, que los griegos repudian con indignación, una decisión nada probable de Alemania, Francia y otros socios solventes de entregarles el dinero que necesitarían para restaurar el statu quo de antes de la crisis, tanto la clase política europea como los mercados ya parecen haber llegado a la conclusión de que Grecia no tardará mucho en salir de la Eurozona y que les convendría prepararse para enfrentar dicha eventualidad. No les será fácil. Además de la posibilidad de que España, Portugal e Italia “se contagien”, se da el problema de qué hacer con las deudas gigantescas que los griegos se las han ingeniado para acumular. Desgraciadamente para los contribuyentes europeos, podrían verse obligados a pagar decenas de miles de millones de euros, mientras que el impacto en el ya raquítico sistema bancario del Viejo Continente sería con toda seguridad demoledor. El que un país tan chico como Grecia haya podido crear un problema tan enorme que amenaza la economía no sólo de Europa sino también la mundial es evidencia suficiente de lo insensato que fue crear una moneda común antes de acercarse a la unificación política. De haber existido un ministerio de Economía paneuropeo, las autoridades hubieran actuado a tiempo para impedir que los políticos, empresarios y financistas griegos, cuyo código de conducta se parece mucho al imperante en nuestro país, aprovecharan una oportunidad irresistible para conseguir créditos a bajo costo que no estarían en condiciones de devolver. Como advirtieron muchos economistas de otras partes del mundo cuando los líderes europeos se preparaban para lanzar el euro, los países deseosos de adoptarlo no conformaban una zona monetaria convincente, ya que eran tan grandes las diferencias legales, culturales y, desde luego, productivas, pero los entusiasmados por la idea de un Estados Unidos de Europa confiaron en que su propia voluntad sería más poderosa que la mera realidad económica. Puede que los problemas de España, Portugal e Italia sean menores al lado de los que está experimentando Grecia, pero así y todo no parecen capaces de compartir por mucho tiempo más una moneda con Alemania y otros países del norte europeo. Tendrá razón la canciller Angela Merkel al insistir en que para competir les sería necesario llevar a cabo una serie de reformas draconianas, pero sucede que la cura que ha propuesto podría matar a los pacientes. Aun cuando los españoles, portugueses e italianos se resignaran a años, tal vez décadas, de austeridad, el nerviosismo ocasionado por la conciencia de que en cualquier momento podrían rebelarse contra el tratamiento impulsado por sus socios más competitivos sería suficiente para privarlos de los recursos financieros que necesitarían para crecer. Por motivos comprensibles, los ahorristas del sur europeo ya prefieren colocar su dinero en lugares que a su entender son más seguros. Es lo que están haciendo aquellos griegos que cuentan con los recursos precisos –ya han sacado más de 70.000 millones de euros del sistema financiero local; el lunes pasado huyeron casi mil millones– y también están procurando defenderse contra sorpresas ingratas muchos españoles e italianos. Se ha iniciado, pues, un proceso negativo que difícilmente se frene en los próximos meses. Para que ello ocurriera los gobiernos de los países solventes, encabezados por el alemán, tendrían que encargarse de las deudas de los más precarios, solución ésta que sería lógica si la Unión Europea constituyera una nación auténtica pero que, por tratarse de una asociación de países soberanos reacios a someterse a una autoridad central, podría calificarse de utópica.

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