La lucha contra el mal, va mal
Los muros que separan a los seres humanos no son simpáticos, por lo menos desde que el régimen soviético levantó uno en Berlín para impedir que los alemanes que quedaron en el Este huyeran en pos de las ofertas occidentales. Tampoco lo son las torturas, ni las guerras con sus consiguientes matanzas, ni la destrucción de la naturaleza, ni los desequilibrios en el medio ambiente causados por el recalentamiento del planeta. Pero, para una mayoría de los estadounidenses, no puede haber mayor preocupación que la muerte de sus soldados en guerras lejanas e incomprensibles. De ahí la reacción contra la guerra en Vietnam, que se hizo incontenible cuando a una montaña de 56.000 muertos se sumó la certeza de la derrota. Las bajas civiles fueron de cuatro millones.
Hace una semana se informó que desde el inicio de la invasión a Irak por fuerzas estadounidenses habrían muerto unos 655.000 iraquíes. La cifra se basa en cálculos de expertos norteamericanos y de la universidad de Bagdad. El informe, publicado en la respetada revista médica británica The Lancet, señala que, de ese total, unas 600.000 personas murieron como víctimas directas de la violencia iniciada con la invasión de marzo del 2003. El 31% del total de las muertes fue causado por acciones de las fuerzas de ocupación.
El presidente Bush negó que el informe sea veraz. «No hay duda de que la situación es violenta», dijo, pero advirtió que la metodología que se usó para hacer el informe «está muy desacreditada». Según cifras oficiales divulgadas por su gobierno, los muertos no pasan de 30.000. ¿Carece de sentido, por lo tanto, ocuparse de ellos?
A esos crímenes se suman otros, como los abusos contra los presos en las cárceles iraquíes y las violaciones que han llevado ante tribunales militares a soldados estadounidenses.
Los delitos cometidos en la «lucha contra el mal» (así llamada desde Ronald Reagan, quien denominó a la URSS «el imperio del mal») exceden el escenario de la guerra en Irak. Se cometen en cárceles clandestinas situadas en ocho países fuera de los Estados Unidos y cuya ubicación precisa es desconocida, en las que se aloja a detenidos trasladados en vuelos secretos de la CIA. También, como ha sido denunciado en numerosas publicaciones, en la base naval que los Estados Unidos tienen en la bahía de Guantánamo, Cuba.
Este mes la mayoría republicana del Congreso aprobó una ley que, tal cual lo escribe Alicia Dujovne Ortiz en el diario «La Nación» del miércoles pasado, da «carta blanca al presidente de los Estados Unidos para que éste, a su vez, le otorgue carta blanca a la CIA en sus «acciones antiterroristas secretas», léase «en el uso de la tortura».
Dujovne se refiere a la «tercerización» de la tortura que habría concretado la CIA mediante un convenio de «cooperación» con países como Marruecos. Cita a Kenneth Roth, director de Human Right Watch, quien señaló que «el gobierno de Bush, al sostener en forma pública los tratamientos crueles, inhumanos y degradantes contra extranjeros sospechosos de terrorismo, fuera del suelo norteamericano, ha estimulado a otros países a prescindir de miramientos». Roth dijo que en el 2005 «la tortura no fue sólo un efecto perverso e indeseado de la guerra, sino una política deliberada de la administración Bush». Con todo, no sería ése el mayor motivo de preocupación, sino que ahora esa política se haya legalizado en el país más poderoso del planeta.
Es forzoso suponer que a los legisladores republicanos no les preocupa la gravitación que la ley en cuestión pueda tener en los comicios legislativos del mes que viene. En apariencia, y en particular después del ataque a las Torres Gemelas, una mayoría de los ciudadanos estadounidenses estaría de acuerdo en que se acuda a tratamientos «duros» para obtener confesiones de los prisioneros supuestamente terroristas. Sin contar con que es posible que muchos de ellos sólo se informen por la televisión, que por lo común no se ocupa de estas denuncias.
Todo cambia, sin embargo, cuando ingresan a los hogares del país las imágenes gráficas de los ataúdes cubiertos por la bandera de las barras y las estrellas, en los que vuelven jóvenes enviados a un lejano y antiguo país asiático para luchar por la libertad. Esos muertos son un mensaje inquietante para los familiares de los 140.000 soldados apostados en Irak.
Este diario informó anteayer que entre el martes y el miércoles pasados murieron en atentados de la resistencia iraquí once efectivos, con lo cual el total desde la invasión se eleva a 2.776. Con esa cifra en un nivel tan alto, las encuestas revelan que en los Estados Unidos esa «guerra» es cada vez más impopular. El ex secretario de Estado demócrata, James Baker, se atrevió a decir que es un desastre, y el jefe de las fuerzas aliadas británicas abogó por la retirada. Bush, en cambio, despachó el asunto con condolencias para los familiares y un novedoso comentario: «La victoria se logra con un costo». Pero, ¿y si no se logra?
JORGE GADANO
tgadano@yahoo.com.ar
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