La máquina piojosa dejó a todos 'de los pelos'

El recital que "Los Piojos" ofrecieron el último sábado fue una fiesta de energía y de música que hizo bailar con frenesí a chicos, grandes y más grandes. Casi como una ce

NEUQUEN (AN).- El estadio se fue consumiendo hasta quedar reducido en cenizas por culpa de una fiesta pagana que es puro exceso, exceso de todo tipo: de energía, de música, de vértigo, de sudor, de histeria…. Y de mucho más. «Negro blues, gran cartel, taxi boy para dónde estés…» apareció en escena con » Taxi boy» el nerón de los grupos argentos. Y la horda «pediculosa» se volvió más horda que nunca, sacudiendo las entrañas de un Ruca Che como pocas veces se vio.

Fueron más de seis mil 'piojosos' que fundieron su racionalidad en una hoguera que ardió sin compasión, que transformaron sus cuerpos en un cascabel venenoso y se olvidaron de su conciencia bajo los efectos de una «enfermedad» que es cura al mismo tiempo.

La batiseñal de inicio fue el piojo rojo que se encendió desde lo más alto del recinto. El suelo tembló. Las luces se perdieron y volvieron a aparecer. La escenografía de «Máquina de sangre» -el nuevo disco- se volvió borrosa, y hasta psicodélica. Huyeron las rivalidades entre los que estaban en el llano y aquellos acomodados en las gradas. Todo listo. Llegó la hora. Sin más, Ciro perdió sus labios en la armónica y sonó con dureza «Taxi boy».

El bajista «Miki» Rodríguez busca el centro de la escena y sus facciones son las de uno de esos bichos que se divierten con las cabezas ajenas. Y él también lo hace. El malón se lo agradece cuando el corazón del Ruca Che se vuelve una peligrosa autopista casi inaccesible. Sólo a los empujones, saltando, perdiéndose bajo la suela de algún desconocido.

La fiesta pagana se largó con el tributo de miles de muchachos -y otros no tanto- que ofrendaron su piel, la sangre y hasta el último atisbo de energía durante más de dos horas.

Un show pleno e impecable. Un show que sacrificó la racionalidad, que provocó el sábado un sismo musical con epicentro en un Ruca Che que parecía destinado a ser es

combros. Porque Los Piojos demostraron ser -nuevamente- una maquinaria que lo tiene todo. Potencia y velocidad, melodía y desenfreno, mucho rock and roll, hits que inmortalizó la modernidad y un cantante que seduce por austucia y personalidad.

«Desde lejos no se ve», «Motumbo», «Amor de perros» y «A veces» fueron el preludio, el anuncio de la mayor ovación de la noche. Y paradójicamente no fue para ellos, sino para un par de botines y legendarias imágenes. Para el aura del más grande jugador que pisó la Tierra. Tributo que amarró las tripas y despertó esa extraña sensación sobre la piel. Un tributo que fue alegría y lágrimas. «…todos se empilchan para la ocasión y esperan alguna migaja». Cómo seguir.

«Tan solo» fue dulce y sugestivo, hurticario «Dientes de cordero», con las pantallas escupiendo violencia, miseria, cacerolazos y presidentes con sonrisas gregarias. Buena interpretación del guitarrista Piti Fernández desde frases viscarales que reivindicaron al pueblo cubano. Una víbora se comió la cadera de Ciro y las muchachitas se comunicaban mediante alaridos, mientras el cantante remata «Te diría» con un fraseo onomatopéyico y el punteo de las «violas» que flotan en el aire.

Y cuando los físicos flaquearon y algunos blancos aparecieron en el llano, ellos sacudieron con «El farolito», «Como Alí» -vestidos como boxeadores- y «Finale», quemando las pocas neuronas que quedaban sanas.

La «pediculosis» ataca a toda edad

NEUQUEN (AN).- Los Piojos cantan el archiconocido «Tan solo» y en medio de la oscuridad se ve una pequeña boquita que se mueve bajo la influencia y el ritmo de Ciro Martínez. Un niño de no más de cinco años canta como un poseso cosido a los hombros de su padre. Como él, varios niños y muchos adultos -hasta algunos abuelos- vibraron el sábado al ritmo de Los Piojos, dando la pauta de que esta banda se ha transformado en Apta para Todo Público.

Ya no hay dudas de que Los Piojos son un fenómeno social, odiado y amado con la misma intensidad. Y tampoco hay dudas de que sus adeptos dejaron de ser exclusivamente los jóvenes de entre 15 y 28 años. El Ruca Che fue testigo. Muchos niños vestidos de pie a cabeza con la onda piojosa fueron parte de la fiesta. Como lo hicieron varias familias, parejas mayores y hasta algún que otro abuelo que se animó a tararear -guardando la compostura- «Y en esta danza soy rey sin corona/y en esta danza que no tiene fin/yo voy saltando sin par, voy a quedar/ voy a quedar como Alí».

Fue un espectáculo con todas las letras. Como esos shows «yanquis» que se mueven también bajo la influencia del merchandising. Cientos de jóvenes adquirieron remeras y mochilas con el logo de la banda, productos vendidos en un «local» de hierro amurado dentro del estadio.

Esos mismos muchachos que debieron soportar un frío polar intenso y filoso a la hora de hacer las interminables colas. A esos que nos les importó aguardar más de una hora para ver a sus ídolos. Los mismos que se sumergieron en una fiesta luminosa, colorida, de excesos. Los mismos que llegaron de diferentes ciudades de la región con sus «trapos», varias cajas de vino y la ilusión de disfrutar un momento inolvidable.


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