La mayor herencia

MARTÍN BÖHMER (*)

Ella, antes, como otros, no sabía. Asumía como naturales, sin saber tampoco que asumía como naturales, desgracias como inundaciones, violencias como tornados y tragedias como terremotos. Pero hace unas décadas ella, como tantos otros, decidió, decidieron, sin pensarlo demasiado, que ya era suficiente. Hubo un despido de más, un golpe de más, una enfermedad de más, un atropello de más y dijo basta, pero también dijo empecemos. En los lugares tradicionales del reclamo había lo de siempre: colas, números que no alcanzaban ni llegando a las cinco de la mañana, funcionarios ignorantes de su reclamo, despectivos, impotentes. Pero también había otros y otras iguales que se quedaban afuera un rato más, que tenían una palabra más, un dato más para ayudarla, para extender la esperanza. Y entonces, en la vereda, en la plaza de enfrente, el reclamo se hacía de todos, nuestro, plural, colectivo. Lo que entendió, sin saberlo primero, fue que no quería, o no podía, pedir sola. Que ser una excepción, lograr una excepción para ella, la condenaba a repetir el ciclo del desastre. Pero que si comenzaba a hablar en plural las esperas eran más cortas, los lugares para reclamar se multiplicaban y su tarea no descansaba cuando ella tenía que volver a casa. De pronto, como nunca antes, alguien tradujo su reclamo a otro lenguaje. Ella, antes, no sabía. No sabía más que volver a presentar la nota lastimosa, el pedido de favor al amigo del pariente del funcionario a cargo de su tema o la tarjeta ésa que le había dado un poderoso que pasó por el barrio y que ya estaba gastada por el uso inútil. Alguien le dijo que lo que reclamaba era un derecho. Que lo que pedía le era debido, que ella era acreedora, no deudora, y que su reclamo venía de la Constitución nacional. Supo también que había procesos, formas regladas de exigir que quienes debían cumplir cumplan con lo que le era debido y que había gente obligada a trabajar para ella sin exigirle nada, porque después de todo a ella le descontaban los impuestos, porque en cada compra, en cada recibo de sueldo, ella pagaba los sueldos de otros que le debían como un derecho lo que ella venía pidiendo como un favor. Ella, ahora, hace un tiempo, sabe que los abogados tienen la obligación de atender estos reclamos, de organizarse, como ella, para brindarle, a ella y a otros como ella, la posibilidad, el derecho, de reclamar por la no violación de sus derechos sin pedirle nada a cambio. Sabe ahora que los jueces deben escucharla y hacer cumplir la ley a los que antes, durante tanto tiempo, la mantuvieron en la oscuridad, y sabe cómo hacer para que lo hagan. Sabe más, sabe que antes, hace un tiempo, no había derechos, ni abogados ni jueces. Que el derecho era respetuoso del poder, de cualquier poder, aun del de facto, y que cuando los poderosos violaban derechos como los que ahora ella sabe que tiene los jueces contestaban que eran cuestiones políticas no justiciables y que el Derecho no garantizaba los derechos. Ella, ahora, como otros, sabe que su reclamo calca la práctica política y las demandas fundantes de la democracia argentina. Que antes, otras, habían reclamado por cosas sobre las que otros habían caído como vendavales, cosas que ellas convirtieron en derechos humanos, como el derecho a saber dónde estaban sus hijos, el derecho de sus hijos al proceso judicial que les era debido y el derecho de todos a ver, eventualmente, sancionados a aquellos que otro proceso debido identificara como violadores de derechos. Y ella, en ese momento, cuando lo supo, sintió el orgullo de ser sucesora, de estar construyendo el edificio que otras iniciaron y que otros continuarán construyendo, de pertenecer a una comunidad decente, de gente que obedece los acuerdos colectivos y sanciona a quienes los violan sin importar su poder, el grupo al que pertenecen o la identidad de sus víctimas. Por eso, como muchos, ella ahora se enoja por los intentos de quitarle lo mucho que habíamos ganado. Sabe que los jueces no van a ser los mismos si dependen de la cambiante opinión de las mayorías. Que su reclamo era minoritario, le resulta, a ella, algo obvio. Si no lo hubiera sido, los poderosos, tal vez, lo hubieran escuchado antes. Su reclamo era pequeño, colectivo pero pequeño, sólo se agrandaba cuando ella lo traducía en las palabras de la Constitución. Si las urgencias de la minoría más grande de nosotros ahora van a definir lo que deben decir los jueces, si la conveniencia de la minoría más grande de nosotros limita nuestra capacidad para frenar con medidas cautelares las violaciones a nuestros derechos mientras discutimos en tribunales, si a los jueces que hay se les agregan nuevos, nuestros reclamos tardarán más de lo que tardan hoy y dependerán de personas elegidas en un solo acto, de una sola vez, por una sola voz, con consecuencias que durarán décadas. Nosotros, ahora, sabemos que estas decisiones niegan el fundamento sagrado de la transición argentina: que nunca nadie decida por nosotros y que hay cosas que nadie nos puede hacer ni con todo el poder que la política, aun la mayoritaria, pueda acumular. Voluntad popular y derechos, lo que llamamos democracia constitucional, es la fuente plural, deliberadamente deliberativa, de la forma legítima de vivir entre nosotros. Ella, ahora, lo sabe. Nosotros, ahora, gracias a personas como ella, entendemos lo difícil que resulta honrar ese acuerdo. Queda por ver si, esta vez, nosotros estamos dispuestos a sostenerlo. (*) Investigador principal de Cippec y profesor de Udesa


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