La nueva diplomacia
Imputar no es procesar, ya que sólo se trata de un paso previo para una eventual indagatoria, lo que ha de ser motivo de alivio tanto para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner como para el jefe de Gabinete Jorge Capitanich, imputado él por la muerte por desnutrición de un niño qom en Chaco, y otros miembros del gobierno nacional implicados en la misma causa. Así y todo, la decisión del fiscal federal Gerardo Pollicita de dar curso a la denuncia de encubrimiento que fue formulada por su colega, Alberto Nisman, poco antes de su muerte en circunstancias misteriosas, imputando a la presidenta, además del canciller Héctor Timerman, el piquetero y vocero kirchnerista Luis D’Elía, el diputado de La Cámpora, Andrés “Cuervo” Larroque, el cabecilla de Quebracho Fernando Esteche y otros personajes, tuvo un impacto muy fuerte no sólo aquí sino también en otras partes del mundo. A juicio de los sectores más influyentes de la opinión pública internacional, Cristina sí procuró congraciarse con terroristas iraníes y por lo tanto comparte la responsabilidad por la muerte del fiscal Nisman. Si bien tal veredicto se debe más a prejuicios que a los hechos que son de dominio público, sería insensato suponer que carezca de importancia. Mal que nos pese, en la actualidad la reputación internacional de la presidenta, y por lo tanto del país, difícilmente podría ser peor. Los juristas aún están divididos en cuanto a la gravedad –en términos legales, se entiende– de la denuncia de Nisman que Pollicita ha optado por investigar. Algunos insisten en que, aun cuando el pacto frustrado con Irán fuera inmoral, no fue un crimen, mientras que otros creen que en las escuchas telefónicas acumuladas por el equipo de Nisman habrá evidencia más que suficiente como para probar que la presidenta y sus colaboradores violaron la ley. Sea como fuere, no cabe duda de que el intento torpe del gobierno de Cristina de hacer de Irán otro “aliado estratégico” ha tenido consecuencias nefastas para la Argentina. Desde el primer momento se ha tratado de una bomba de tiempo que tarde o temprano estallaría, lo que inevitablemente provocaría estragos políticos internos y repercusiones externas sumamente negativas. Aunque el gobierno pudo contar con el apoyo de una mayoría legislativa que, con el servilismo que la caracteriza, ratificó automáticamente el giro de 180 grados que dio Cristina a la política internacional del país, todavía no se han aclarado sus motivos para romper con el Occidente para acercarse al Irán de la revolución islamista. ¿Fue con el propósito de conseguir algunas ventajas comerciales a cambio de granos y ayuda nuclear? ¿O fue porque Cristina quería solidarizarse con el caudillo venezolano Hugo Chávez participando de su “lucha” contra el imperialismo norteamericano, lo que sería la explicación más convincente de una iniciativa que para muchos fue aberrante? Sería bueno que la presidenta tratara de decirnos lo que tenía en mente cuando decidió desviarse abruptamente del rumbo emprendido por su marido fallecido. También lo sería que procurara justificar el papel al parecer determinante desempeñado por sujetos tan impresentables como D’Elía, Esteche y Larroque que, según parece, se encargaron de la diplomacia argentina, marginando a los profesionales que aún quedaban en la Cancillería. Aunque siempre ha sido notoria la propensión de Cristina a sobrevalorar la militancia y la presunta lealtad hacia su propia persona de sus colaboradores, sin preocuparse por su falta de experiencia o, en algunos casos, como el de Esteche, por su afinidad a sectas ultraderechistas delirantes, pocos pensaban que permitiría que tales individuos modificaran drásticamente la estrategia internacional del país. Sin embargo, es lo que hizo no sólo en el ámbito diplomático sino también en otros, como el económico y, de más está decirlo, el judicial. Para el país, el resultado de tanta irresponsabilidad sistemática ha sido previsiblemente desastroso. A los sucesores de Cristina y sus militantes les aguarda una tarea hercúlea, ya que virtualmente todas las instituciones del país se han visto degradadas en el transcurso de los años en que ha gobernado sin prestar atención a nadie con la hipotética excepción de su hijo primogénito y el es de suponer exmaoísta Carlos Zannini.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 18 de febrero de 2015
Imputar no es procesar, ya que sólo se trata de un paso previo para una eventual indagatoria, lo que ha de ser motivo de alivio tanto para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner como para el jefe de Gabinete Jorge Capitanich, imputado él por la muerte por desnutrición de un niño qom en Chaco, y otros miembros del gobierno nacional implicados en la misma causa. Así y todo, la decisión del fiscal federal Gerardo Pollicita de dar curso a la denuncia de encubrimiento que fue formulada por su colega, Alberto Nisman, poco antes de su muerte en circunstancias misteriosas, imputando a la presidenta, además del canciller Héctor Timerman, el piquetero y vocero kirchnerista Luis D’Elía, el diputado de La Cámpora, Andrés “Cuervo” Larroque, el cabecilla de Quebracho Fernando Esteche y otros personajes, tuvo un impacto muy fuerte no sólo aquí sino también en otras partes del mundo. A juicio de los sectores más influyentes de la opinión pública internacional, Cristina sí procuró congraciarse con terroristas iraníes y por lo tanto comparte la responsabilidad por la muerte del fiscal Nisman. Si bien tal veredicto se debe más a prejuicios que a los hechos que son de dominio público, sería insensato suponer que carezca de importancia. Mal que nos pese, en la actualidad la reputación internacional de la presidenta, y por lo tanto del país, difícilmente podría ser peor. Los juristas aún están divididos en cuanto a la gravedad –en términos legales, se entiende– de la denuncia de Nisman que Pollicita ha optado por investigar. Algunos insisten en que, aun cuando el pacto frustrado con Irán fuera inmoral, no fue un crimen, mientras que otros creen que en las escuchas telefónicas acumuladas por el equipo de Nisman habrá evidencia más que suficiente como para probar que la presidenta y sus colaboradores violaron la ley. Sea como fuere, no cabe duda de que el intento torpe del gobierno de Cristina de hacer de Irán otro “aliado estratégico” ha tenido consecuencias nefastas para la Argentina. Desde el primer momento se ha tratado de una bomba de tiempo que tarde o temprano estallaría, lo que inevitablemente provocaría estragos políticos internos y repercusiones externas sumamente negativas. Aunque el gobierno pudo contar con el apoyo de una mayoría legislativa que, con el servilismo que la caracteriza, ratificó automáticamente el giro de 180 grados que dio Cristina a la política internacional del país, todavía no se han aclarado sus motivos para romper con el Occidente para acercarse al Irán de la revolución islamista. ¿Fue con el propósito de conseguir algunas ventajas comerciales a cambio de granos y ayuda nuclear? ¿O fue porque Cristina quería solidarizarse con el caudillo venezolano Hugo Chávez participando de su “lucha” contra el imperialismo norteamericano, lo que sería la explicación más convincente de una iniciativa que para muchos fue aberrante? Sería bueno que la presidenta tratara de decirnos lo que tenía en mente cuando decidió desviarse abruptamente del rumbo emprendido por su marido fallecido. También lo sería que procurara justificar el papel al parecer determinante desempeñado por sujetos tan impresentables como D’Elía, Esteche y Larroque que, según parece, se encargaron de la diplomacia argentina, marginando a los profesionales que aún quedaban en la Cancillería. Aunque siempre ha sido notoria la propensión de Cristina a sobrevalorar la militancia y la presunta lealtad hacia su propia persona de sus colaboradores, sin preocuparse por su falta de experiencia o, en algunos casos, como el de Esteche, por su afinidad a sectas ultraderechistas delirantes, pocos pensaban que permitiría que tales individuos modificaran drásticamente la estrategia internacional del país. Sin embargo, es lo que hizo no sólo en el ámbito diplomático sino también en otros, como el económico y, de más está decirlo, el judicial. Para el país, el resultado de tanta irresponsabilidad sistemática ha sido previsiblemente desastroso. A los sucesores de Cristina y sus militantes les aguarda una tarea hercúlea, ya que virtualmente todas las instituciones del país se han visto degradadas en el transcurso de los años en que ha gobernado sin prestar atención a nadie con la hipotética excepción de su hijo primogénito y el es de suponer exmaoísta Carlos Zannini.
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