La nueva Era Victoriana



Mirando al sur

El desarrollo material en que vivimos crea la ilusión de que todos los aspectos de una sociedad evolucionan de la misma manera. Pero la moralidad sexual no sigue el mismo camino. Así como el siglo XVIII fue mucho más liberal en lo sexual que el XIX, ahora estamos volviendo a una época de represión y de desprecio por el placer que podríamos llamar La Nueva Época Victoriana.

La moral sexual de la vieja Era Victoriana (1830-1960) surgió, según se decía entonces, “con el objetivo de defender a la mujer, a los niños y a la familia de las agresiones físicas que nacían del deseo incontrolado del varón”. Se suponía que ese deseo, además, era estimulado por el fácil acceso al alcohol: por eso la represión de toda forma pública de expresión del deseo se acompañó de una campaña contra la venta libre de alcohol (lo que desembocó en EEUU en la famosa Ley Seca).

La moral sexual represiva no es un invento de los victorianos. Ya la misma Inglaterra había conocido un movimiento similar en el siglo XVII, de mano de la revolución de Cronwell y los puritanos (quienes, luego del fracaso de Cronwell, huyeron a los Estados Unidos y se dedicaron a perseguir a los libertinos). La moral sexual es siempre profundamente hipócrita: por un lado, no permite hablar en público de temas sexuales de ninguna forma; pero, por otro lado, toleraba la infidelidad masculina (en los varones ricos), la prostitución y condenaba a las mujeres a “la histeria”. Justamente en esa época se inventaron los primeros consoladores para que los médicos pudieran provocar orgasmos en las “enfermas” y lograr así “aliviarlas”: el inglés Joseph Mortimer Granville patentó en 1870 el primer vibrador electro-mecánico con forma fálica para masturbar a sus pacientes femeninas.

La Nueva Era Victoriana, que es en la ahora estamos viviendo, surgió tímidamente en los 90. Fue una reacción al estallido libertario de los 60, cuando se expresó culturalmente una profunda rebelión en contra de los principios victorianos: contra la hipocresía se valoraba la autenticidad; contra el ideal de familia tradicional se reconocían las diversidades sexuales (no se pensaba que solo existían “dos sexos”, sino como dijo Gilles Deleuze “vivimos en un deambular por mil sexos”) y se veía positivamente todo lo que permitiera una vida más libre y menos controlada por los mandatos familiares y sociales. En los 90 esto comenzó a darse vuelta con el predominio que alcanzó una nueva moralidad represiva: lo políticamente correcto.

Lo políticamente correcto surgió en la cuna de la vida puritana: las universidades de elite de la Costa Este de los Estados Unidos. El objetivo era, otra vez, proteger a los débiles. Entre los débiles se incluyó, obviamente, a las mujeres y a los niños -incluso se amplió el concepto de niño, hasta abarcar a todos los adolescentes-, pero, como novedad, se incluyó también a los gays. ¿Quién era el enemigo? En primer lugar, el varón heterosexual, que es visto como un depredador nato.

Todas las prohibiciones, censuras, campos de concentración, hogueras de vanidades y demás formas de persecución moral comienzan por mostrarse como una causa altruista. ¿Quién sería tan desalmado de oponerse a una causa que pretende defender a los débiles de las agresiones de los malvados?

Pero cuando el movimiento por el bien comienza a tener fuerza prohibe que se lo discuta (cualquier crítica es tomada como un apoyo a los violadores, por ejemplo). Multiplica los enemigos: muy rápidamente comienza a incluir como ser detestable a cualquiera que no acepta la lógica de lo políticamente correcto.

Al concepto de “violación”, que era claro, se le agregó el difuso delito de “abuso”: casi cualquier cosa puede hoy ser vista como abuso. En la serie “Suits” un abogado enfrenta un juicio por abuso sexual porque en un momento de enojo le dijo a una colega que era tan mala y fea que jamás tendría un hijo. ¿Fue brutal? Si. ¿Fue ofensivo? Si. ¿Hubo abuso sexual? En una corte norteamericana eso puede ser visto hoy como abuso sexual. Es un signo más de la nueva era moral.

Otro signo de la época: como la Justicia suele tardar más que la paciencia de los que militan lo políticamente correcto hoy se considera correcto linchar en público a todo aquel que es denunciado por abuso o maltrato a una mujer. Haya pruebas o no. Porque, además, otro de los

mandamientos de la nueva moral es que toda denuncia, si la hace una mujer, debe tomarse siempre como cierta. Y la palabra del varón siempre debe considerarse falsa.

¿Qué cambios tendrá sobre la vida cotidiana de cada uno de nosotros esta nueva censura sexual? Hoy es casi imposible imaginarlos. Pero las consecuencias serán enormes: ¿quién, dentro de poco tiempo, se arriesgará a tener una relación sexual consentida si luego puede ser denunciado de que esa relación no fue consentida?

En ese punto estamos ahora. Una nueva era moral(ista) está comenzando.


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