La nueva rebelión de las masas

Para estupefacción del establishment o, para usar la expresión que fue popularizada por Mauricio Macri, el “círculo rojo” internacional, en casi todos los países occidentales la gente –el pueblo o las masas de tiempos ya idos– está rebelándose contra el statu quo. Es como si asistiéramos a una reedición del movimiento espontáneo, cuyo grito de guerra fue “que se vayan todos”, que surgió aquí hace casi quince años al desintegrarse el modelo económico basado en la convertibilidad, pero es poco probable que resulte ser tan breve o tan innocuo.

Decenas de millones de europeos, norteamericanos y latinoamericanos se sienten defraudados por elites locales que los desprecian. Mientras que en la Argentina los hartos de la ineptitud de “los dirigentes” no tardaron en darse cuenta de que no había políticos más capaces que aguardaran una oportunidad para reemplazar a los responsables de la debacle; en Europa y Estados Unidos aún persiste la convicción, o ilusión, de que sería posible crear una alternativa radical al orden existente.

En algunos lugares, como España, Italia y Grecia, los rebeldes hablan como izquierdistas indignados por la creciente desigualdad económica, atribuyéndola a las malas artes de los neoliberales y sus amigos banqueros, pero en otros, entre ellos Francia y Estados Unidos, muchos protestan contra el consenso progresista o “políticamente correcto” imperante, adoptando posturas que los defensores del statu quo califican de derechistas, nacionalistas, xenófobos e incluso fascistas.

Aunque la frustración visceral así manifestada asume formas que a primera vista son muy distintas, todas tienen mucho en común. Se trata de reacciones cada vez más fuertes frente a los cambios económicos, culturales y, sobre todo, demográficos que están transformando, para mal, sociedades enteras sin que los gobiernos actuales parezcan estar en condiciones de frenarlos aun cuando hayan alcanzado el poder luego de prometer hacerlo. Es lo que ha sucedido en Francia, donde el presidente socialista François Hollande es caricaturizado como un “neoliberal” más, y, si bien en menor medida, Estados Unidos, al decepcionar Barack Obama a sus admiradores más embelesados.

No es que una camarilla de personajes terriblemente poderosos se haya propuesto “globalizar” el mundo, como dicen los aficionados a las teorías conspirativas que, por cierto, han proliferado últimamente, sino que una serie de revoluciones tecnológicas y sociales está teniendo consecuencias que pocos habían previsto. Gracias a las ya ubicuas comunicaciones electrónicas, el mundo se ha hecho mucho más transparente que antes. Como la difusión de los papeles de Panamá nos ha recordado, virtualmente cualquiera puede familiarizarse con los detalles patrimoniales de los ricos, lo que en muchos países les ha ocasionado graves problemas. Asimismo, el habitante de un país paupérrimo y autoritario sabe que, al otro lado de la pantalla, hay un mundo en que personas como él pueden vivir sin muchos problemas y que, para colmo, hay organizaciones que lo ayudarán a ingresar.

En Estados Unidos, Donald Trump se ha erigido en el paladín de quienes se sienten postergados por cambios que les son ingratos; podría triunfar en las elecciones presidenciales de noviembre si lo votan los simpatizantes del socialista Bernie Sanders, el que al fin y al cabo es tan proteccionista como el republicano esperpéntico, mientras que Hillary Clinton encarna lo viejo.

Sin reformas drásticas, la Unión Europea tal y como la conocemos tiene los días contados; según las encuestas más recientes, los franceses son aún más “antieuropeos” que los británicos. De decidir éstos abandonar la EU, sus vecinos galos, hartos de la hegemonía alemana, podrían emularlos. En tal caso, lo más probable sería que los comprometidos con el proyecto europeo intentaran barajar y dar de nuevo con la esperanza de tentar a los británicos, franceses y otros ofreciéndoles un modelo en que se respete más la soberanía de los países miembros.

La mayoría abrumadora de los europeos se siente alarmada por la irrupción de millones de inmigrantes procedentes del mundo musulmán y el África subsahariana. Si es imparable, como algunos dicen, el viejo continente pronto se verá incorporado al “tercer mundo”. Con todo, aunque hasta los partidarios del multiculturalismo, asustados por el resurgimiento de la derecha, quisieran ver reducido el influjo para que resulte manejable, de ahí el cambio radical de actitud de Angela Merkel, los europeos parecen incapaces de tomar las medidas necesarias para disuadir a los dispuestos a arriesgar la vida para trasladarse a Alemania, Suecia o el Reino Unido sin tener que llevar documentos.

Huelga decir que quienes huyen de países pobres y a menudo ferozmente violentos no son responsables de la crisis anímica que, con rapidez desconcertante, se ha difundido por todo el mundo desarrollado. Las causas son mucho más profundas, la pérdida generalizada de la fe religiosa tradicional, seguida por el desprestigio de las “religiones laicas” políticas, de las que los ejemplos más extremos y sanguinarios fueron el comunismo y el fascismo, han dejado un vacío peligroso.

Será por tal motivo que los nativos de casi todos los países europeos, además de las zonas más progresistas de América del Norte, se resisten a procrearse. De estar en lo cierto los demógrafos, ya es demasiado tarde para que los alemanes, rusos, italianos, españoles, griegos y muchos otros, además de los japoneses, reviertan un proceso que culminará con su extinción. A veces, los preocupados por el suicidio colectivo a cámara lenta así supuesto lo atribuyen a dificultades económicas, pero los más reacios a reproducirse no son los pobres sino aquellos que disfrutan de un pasar que, en comparación con el conocido por sus ancestros, difícilmente podría ser mejor.

Cuando de solucionar problemas concretos se trata, la racionalidad científica es insuperable, pero a menos que se vea suplementada por otras formas de enfrentar la realidad que logren dar un sentido no sólo a la vida propia sino también al futuro de la comunidad en la que uno vive, el gran proyecto que se inició hace más de dos siglos en la Europa de la Ilustración se agotará dejando nada salvo un sinnúmero de edificios imponentes y artefactos misteriosos que, como las ruinas grecorromanas que aún se hallan en el norte de África y el Oriente Medio, sólo servirán para impresionar a analfabetos que nunca podrían reconstruirlos.

En lugares como España, Italia y Grecia, los rebeldes hablan como izquierdistas indignados por la desigualdad económica, atribuyéndola a los neoliberales.

En Francia y EE. UU. muchos protestan contra el consenso progresista adoptando posturas que los defensores del statu quo califican de derechistas.

Datos

En lugares como España, Italia y Grecia, los rebeldes hablan como izquierdistas indignados por la desigualdad económica, atribuyéndola a los neoliberales.
En Francia y EE. UU. muchos protestan contra el consenso progresista adoptando posturas que los defensores del statu quo califican de derechistas.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora