“La partidización del Estado es muy grave”

En un breve y sólido ensayo, Scherlis sostiene que de hecho y vía la gravitación electoral del peronismo, el aparato de Estado emerge como una expresión sin más de ese partido.

Por Redacción

entrevista: Gerardo Scherlis, profesor de Teoría del Estado

carlos Torrengo carlostorrengo@hotmail.com

–¿Cabe inferir de su investigación que los partidos políticos sólo tienen futuro si manejan el Estado? –No, no… lo que yo sostengo es que el sistema de partidos ha devenido en que parecen tener posibilidades de seguir como tales aquellos partidos que al ganar elecciones manejan el poder, ya sea en el rango municipal, provincial o en el Estado nacional; de hecho, se convierten en gestores de servicios para el gobierno. –En consecuencia, ¿el que no gana pierde futuro? –No, no es tan así. Mi investigación apunta a alentar, como otros trabajos también en la misma dirección, reformas en el sistema político… concretamente, en el sistema de partidos, destinadas a lograr un funcionamiento más democrático de éstos. No pueden seguir siendo un sistema de gestionar servicio público para el gobierno al cual pertenecen. Esto sucede hoy. La legitimidad de los partidos de cara a la sociedad está medida, ponderada, por el imaginario social, por su capacidad para gestionar servicios, para servir, en esa dirección, a éste o aquel sector. En realidad, esto es posible porque los partidos han perdido o no quieren ejercer roles superiores, no ser simplemente apéndices del gobierno al que pertenecen en función del manejo del Estado. –¿Qué hacer, entonces? –Lo que le dije: una reforma que garantice, que condicione y ponga límites a la partidización del Estado; es decir, que el partido no haga del aparato de Estado una propiedad, el Estado es de todos, no de un gobierno ni de un partido. Un partido maneja el Estado. Creo que las reformas, sin establecer ningún orden de prioridades, pasan, por ejemplo, por tornar cada vez más rigurosos los organismos de control. También hay que trabajar en dirección a profesionalizar singularmente la función pública. Necesitamos burocracias eficientes, forjadas en la experiencia y en la meritocracia del saber. Hay que trabajar en la mejora de lo que definen los presupuestos públicos. Éstas son sólo algunas de las propuestas que uno puede hacer destinadas a condicionar la partidización del Estado. –Usted señala en su ensayo algo que podría identificarse seguramente como dañoso para el sistema político: el hecho de que el peronismo parece haber ganado imagen de eficiencia en el manejo del aparato de Estado o ejercicio del poder (ver recuadro). ¿Esta interpretación implica hablar de un hecho excluyente, terminado: el peronismo manda y mandará? –No, no, de ninguna manera. Es cierto que hay un partido de poder, percibido por la opinión pública, que es el peronismo. Pero esto no es terminante. Sucede incluso que el mismo peronismo tiene baches en su eficiencia. Hay, sí, “una cancha inclinada” hacia el peronismo en términos electorales porque maneja mucho del aparato estatal a nivel municipal, provincial… El peronismo tiene mucha flexibilidad, en cualquiera de sus variantes, para adaptarse a las contingencias. También es cierto –como lo digo en el trabajo– que es una identidad política muy extendida a lo largo y ancho del país. Y, como señalo en el trabajo, a pesar de eso los rangos o niveles de instalación en el conjunto de la sociedad están lejos de explicar el comportamiento, en algunos casos fabuloso para mí, electoral en los últimos 20 años. –¿Qué me quiere decir? –Lo que digo es que el nivel de identificación y papel electoral pueden marchar encontrados hacia distintos puntos. Esto nos lleva a una pregunta: el porqué de la “peronización electoral”. –¿Entonces cuál es el porqué? –El porqué se debe a que el peronismo, tanto a escala nacional como en espacios territoriales incluso muy reducidos, ha logrado tejer una maraña de redes destinada a hacer de su gestión como partido una mediación, un acercamiento a las decisiones del Estado que maneja como gobierno. Es una maquinaria inmensa; el Estado confundido con el partido de gobierno a través de captar conductas, domesticarlas… cooptación alimentada por el empleo público, el manejo de los favores que da estar en el Estado, los favores particularizados o no y todo aquello que deriva de tener a disposición los recursos financieros del Estado. Todo este andamiaje disimula incluso las ineficiencias que tienen muchos de los peronismos gobernantes en el país. Pero el peronismo, para un imaginario amplio, “hace y hace”. Ése es su capital político. En mi investigación hablo de Ernesto Calvo y su excelente trabajo “El peronismo y la sucesión permanente: mismos votos, distintas elites”. Él ahí habla de que ese capital se funda en tres dimensiones o, si se quiere, en tres posibilidades: una, ser percibido como la realidad que implica capacidad de gobierno por –diríamos dos– tener acceso a los recursos y tres, mediante todo ese cúmulo de poder estar en condiciones de plasmar redes, entramados políticos, intereses, de los cuales beneficiarse. Es todo un mundo en movimiento donde se forjan muchas dependencias que reproducen poder y más poder, un ejercicio de poder, de presencia de poder y, en consecuencia, de decisión que determina que sea racional estar ahí, es decir, sumarse si se quiere lograr algo o si se quiere ser alguien en política. Por supuesto, doy por sobreentendido que este tipo de funcionamiento del peronismo, en sí mismo un sistema político en el imaginario de muchos, tiene en tanto partidización del Estado un alto costo. Es la aplicación de una cultura facciosa de los recursos públicos… el aparato de Estado como coto de caza. –No es menos cierto que el peronismo, perseguido en un tiempo que no es bíblico, estigmatizado incluso desde lo racial, derrotado aquí y allá en términos de tiempos, ¿siempre está? –Bueno, nació y sembró. Y, es cierto: en la adversidad reprodujo poder. Siempre, y hoy incluso aunque haya varios peronismos, tiene práctica, entrenamiento, para asumirse desde historias o momentos que le son adversos. Yo hablo de “problemas preexistentes” que lo ayudaron a construir poder. Y ejercerlo manejando el Estado. Pero a cuenta de crecientes problemas para el funcionamiento del sistema democrático, la gravitación de las instituciones, etcétera. –Y así es esta historia… –Al menos en un hoy que viene de lejos.