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De Cervantes a Europa: los diseños de Cindy Lilén que despertaron el interés de Louis Vuitton

La joven diseñadora oriunda de Cervantes, Río Negro, que desde hace casi una década vive en Londres, cuenta su experiencia en esa ciudad y el desarrollo de sus obras, que este año despertaron el interés de Louis Vuitton en Milán.

¿Cómo se hace para integrar en una serie de objetos una reflexión acerca de los materiales, una manera de habitar el mundo y una nueva manera de pensar el diseño y la artesanía?¿Y cómo se hace para dar cuenta en esos objetos (sin exhibicionismos, sin siquiera usar palabras) de la historia personal?
La respuesta está en esta entrevista, en la que Cindy Lilén Moreno Biec cuenta el proceso que atravesó para crear una serie de obras con las que este año llegó a Milán y a Uzbekistán, luego de exponerlas en varias ocasiones en Londres, ciudad en la que vive desde hace varios años.


Cindy se crió en el Alto Valle de Río Negro, en la localidad de Cervantes, y durante su infancia pudo recorrer gran parte de la Patagonia. En su adolescencia, vivió un año en Alemania como estudiante de intercambio y luego estudió Diseño Textil en Buenos Aires, en la UADE.


Luego de recibirse, quiso probar suerte en Alemania y hacia allí fue. Pero la frialdad y la falta de diversión de la sociedad alemana la aburrió un poco, así que volvió a intentarlo en Barcelona.
Esa segunda parada de su periplo europeo tampoco la dejó satisfecha, y en 2015 decidió probar suerte en la capital del imperio británico.

“Londres es muy ecléctica. No te enamora como París, no es bonita visualmente de entrada. Es una ciudad que te invita a descubrirla”, cuenta la diseñadora y agrega que, además de las buenas oportunidades que encontró a nivel profesional, fue la vibrante diversidad cultural de la ciudad lo que la sedujo y la decidió a quedarse.


“Por todos esos lugares que fueron colonias británicas ―-agrega Moreno-―, en Londres tenés una muestra de gente de todo el mundo. De India, de Jamaica, de muchos lugares de África, gente que viene de países muy ricos y gente que viene a salvarse. Y uno puede ir a un bar y se encuentra con un mega rico y otro que apenas se alcanza a pagar la pinta”.

-¿Qué recordás de aquellos primeros tiempos en Londres?
-Mi primer trabajo fue como guía turística en español en tours de arte urbano. Empecé a aprender de la historia local y a dar más tours de otras temáticas. Eso me enraizó mucho en Londres. A mí me fascinaba que a nosotros en la escuela nos enseñan a lo sumo trescientos años de historia, y acá son varios milenios. Todo eso fue en 2016.

-Ese año ya pudiste venir a Argentina y desde entonces pudiste venir varias veces. ¿Qué sensaciones te provoca cada visita?
-Cada vuelta fue distinta, porque yo estaba en una situación personal diferente. A veces pensaba “menos mal que me fui” y otras me alegraba ver cosas que están muy buenas. Pero siempre lo que prevalece es la familia y los amigos, y que no alcanza el tiempo.
Tengo la imagen de estar en el avión llegando a Neuquén y esa nada que se ve desde arriba a mí siempre me dio un sentimiento de home, de identidad, de casa. Cuando la gente me pregunta de dónde soy, yo digo que soy de la Patagonia, porque creo más en los lugares que en las nacionalidades.

¿Cómo llegaste a desarrollar este tipo de obras que estás haciendo, que combinan luces LED con lanas?
-En 2017 hice un máster en investigación y me empezaron a intrigar esos lenguajes tácitos, o no escritos, en los textiles. Me enfoqué en la zona andina pero también investigué textiles de Mali y Mongolia. Y en distintos lugares del mundo, sin que haya registro de que las comunidades hayan estado comunicadas, se generaba la misma dinámica de comunidad y de crear juntos. Hasta hay diseños que se repiten. El máster era práctico también, tenía que hacer un contenido tangible. Y ahí empecé investigar distintas técnicas y rescatar cosas que me interesaban visualmente. Tenía lanas de la Patagonia y empecé a tratar de teñirlas con tierras…

-¿Y cómo se te ocurrió combinar los textiles con luz?
-Probé con la luz por dos motivos. Primero porque me parece que toda persona tiene que tener su espacio acogedor, donde se pueda relajar y se sienta cómoda. Lo que los nórdicos llaman el hygge, el momento de volver al hogar y tener un lugar de reflexión. Para algunos es la naturaleza, pero para quienes viven en la ciudad eso es más difícil. Y lo segundo es que a mí me apasionan las luces del cielo.
Mi propósito es llevar a espacios interiores algo de la calma que se encuentra afuera y el conocimiento de las comunidades que investigué y su conexión con la naturaleza. Así que pensé en combinar la luz cálida, que siempre genera ambientes más relajantes, y las fibras naturales, que le dan a las luces un brillo y una textura que las saca de su función primaria de alumbrar y les da una relación más cercana con el cuerpo humano.
En las exhibiciones la gente siempre se acerca y toca las piezas. Hay un encuentro entre lo contemporáneo y lo ancestral en tus obras.
Es que yo creo que estamos en un momento en que nos desconectamos mucho de lo ancestral de una forma un poco nefasta, porque es negar un conocimiento que nos hubiera sido muy útil en la actualidad. Pero como diseñadora o artista creo que hay que hacer una reinterpretación contemporánea de esas técnicas para que la gente les preste atención.
Para mí el desafío era hacer algo que alguien lo mire y diga “yo necesito un poco de esto en mi vida”, no por el objeto en sí, sino por lo que genera a su alrededor. Contribuir a que la gente se relaje y piense.

-Este año pudiste participar en el Salone Satelite, un espacio del Salone del Mobile de Milán que destaca a diseñadores menores de 35 años. ¿Cómo fue esa experiencia?
-En 2022 estuve en la Semana del Diseño de Clerkenwell. Ahí me encontré a alguien que hace luminarias y me dijo que tenía que ir a Milán. Me postulé para el Salone Satellite, y fue una alegría quedar entre los seleccionados. Pasó gente de todo tipo de empresas, diseñadores, arquitectos, periodistas…
También expuse otras obras que hago en fieltro, en un espacio de la revista Marie Claire. Sigo en contacto con gente de Louis Vuitton que está interesada en usar mis obras.

-Y pocos meses después, en septiembre, fuiste al Festival Internacional de Artesanías, en Kokand, Uzbekistán…
-Sí, fui invitada por el gobierno de ese país, representando a Argentina. Kokan está a cuatro horas en tren de la capital. El interior de Uzbekistán es muy parecido a la Patagonia y tienen una artesanía increíble. Éramos 250 participantes de afuera y otros tantos locales. Cada país tenía un stand donde exhibía sus cosas. Yo era de las más jóvenes, había gente con mucha trayectoria pero con la apertura que caracteriza a los artesanos para compartir.
Lo lindo fue que había gente que hacía artesanías más tradicionales y otros con un abordaje más contemporáneo.

-¿Cómo pensás la confluencia entre diseño y artesanía, que es tan importante en tu trabajo?
-Lo típico hasta ahora era que el diseñador mandara su diseño a la fábrica para la producción masiva. Pero hoy que, para mí, por suerte,― tenemos la inteligencia artificial, todos esos productos sin valor de contenido o conceptual ya no valen tanto, y hay una sed de un diseño social y con concepto, que tenga un humano del otro lado. Para mí es una necesidad fundamental que los diseñadores empecemos a trabajar con los artesanos, que el diseño sea una herramienta para preservar la artesanía.
Hay una idea de que el artesano está en el medio de la nada, en situaciones casi siempre precarias. Pero el artesano se puede modernizar, y hay que facilitarle las cosas, darle maquinaria para que pueda hacer más rápido su trabajo, para que, en lugar de que al diseño lo haga una máquina con un solo molde, lo haga una mano experta. Así, el consumidor obtiene un producto de mayor calidad y la técnica ancestral se preserva.

-Hace pocas semanas pudiste volver al Alto Valle, ¿cómo viviste esta última visita?
-Fue muy especial para mí porque en Milán y Uzbekistán absorbí mucha información.
Este año me tomé el tiempo de recorrer más la Patagonia, y estuve con las mujeres de la Cooperativa Gente de Somuncura, que me fascina lo que hacen. La lana que yo uso es de ellas, que siempre me abrieron las puertas y me mostraron su práctica. Me inspira mucho esa simpleza del lugar, aunque veo la complejidad de las distancias y los vacíos y la desconexión. Pero me asombra el empuje que tiene la gente para el poco sostén que hay.
La artesanía está muy viva en Argentina y toda Latinoamérica. Es una lástima que no reciba más apoyo.
En Uzbekistan me enteré que en Vietnam, por ejemplo, generaron muchos ingresos para el país estimulando la artesanía. Creo que en el norte de Argentina la artesanía está más desarrollada, pero en la Patagonia se le podría prestar más atención.

-¿Qué proyectos tenés para el futuro?
-Estoy con muchas ganas de tener un ida y vuelta más fluido con Argentina. Estar afuera te da más perspectiva y conocimiento de cómo se hacen las cosas en otros lugares. Me gustaría que mi práctica pueda crecer tanto en el diseño del objeto como en lo social. Ya ahora cuando fui estuve investigando mucho para intentar hacer proyectos más abarcativos en la Patagonia.
Mi plan es interactuar entre los dos mundos para generar una dinámica más recíproca. Me encantaría que la región sea más reconocida por su artesanía. Uno no sabe la herramienta que tenemos en la zona. Cuando en Europa uno dice que es de la Patagonia la gente se queda fascinada. Creo que eso está bueno aprovecharlo de una mejor manera.


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