La Peña: La prueba de valentía con los cuentos de miedo

Columna semanal



No había acontecimiento más emocionante que el de los viernes en la noche, apenas terminábamos de cenar. Era la cita obligada sin importar si hacía frío o calor, si era invierno o verano. Sólo se suspendía por lluvia.

Al principio éramos pocos vecinos del barrio. No más de cinco o seis. Pero entre niños las noticias vuelan y no eran tiempos ni de WhatsApp, ni de juegos en red ni siquiera de teléfonos celulares. Eran épocas de entretenimiento cara a cara, de pelotas, de bicis y de bolitas. Eran tiempos de pantalones cortos.

Así fue que la cita para escuchar los cuentos de mi padre se convirtió en el éxito de la cuadra. Diez u once de la noche en verano, nueve en invierno. Eran cuentos de terror los que nos invitaban a probar la valentía. Algunos abandonaban temprano y con la excusa del sueño se volvían a su casa. Otros querían llegar hasta el final de la aventura y seguían firmes escuchando los cuentos.

Es que había dos tiempos en el juego. Mi padre sentado en el cordón de la vereda en mi pueblo donde el tránsito no era un problema y todos nosotros casi en cuclillas ansiosos por la historia. Nos ganaba poco a poco el miedo, y nos consolábamos entre nosotros. Total es un cuento, nos decíamos. Es que tras el primer relato venía la peor parte. Ir a buscar un objeto que mi padre había escondido en la oscuridad.

La descripción de dónde estaba era perfecta. Si no nos paralizaba el miedo llegábamos sin sobresaltos. Y así era. Pero con cuentos de miedo todo era posible. Algunos emprendían el camino a buscar ese objeto y en la mitad salía corriendo a su casa. Otros iban directo y volvían volando. Los esperaba el aplauso a la valentía y las preguntas sobre cómo se había animado. El siguiente cuento era más crudo y el juego ganaba en intensidad. Tanto fue que llegamos a ser 15 ó 20 chicos dispuestos a la prueba de valentía.

Con la luz del día todos éramos valientes y capaces de todo. La noche nos sumaba tensión.


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