La política y la violencia

Redacción

Por Redacción

En uno de los capítulos de su libro, Hugo Vezzetti desmenuza –colisionando incluso con mucho del pensamiento afincado sobre el tema en distintos planos de la intelectualidad de izquierda– las razones que llevaron a la guerrilla de los años 60/70 a su terminante derrota. Entre otras reflexiones de Vezzetti sobre el tema, rescatamos: “Desde el momento en que los conflictos quedaban reducidos al esquema de la guerra, los procedimientos de la milicia armada terminaban imponiéndose sobre el conjunto de la formación política. Son superfluas las autocríticas que insisten en las ‘desviaciones militaristas’: si el escenario de los conflictos es concebido como una guerra, es el ejército (o un remedo de él) lo que necesariamente va a prevalecer. Las consecuencias en la Argentina son bien conocidas. Por un parte, se consolidaba un proceso de militarización de la acción social en barrios y fábricas, subordinada a la doctrina y los procedimientos de los guerreros. Por otra, una buena proporción de los esfuerzos de la dirección revolucionaria debían aplicarse a disciplinar la propia tropa. En ese sentido, la guerra sepultaba a la política, si por política se entiende la acción destinada a mover, ganar y orientar la voluntad colectiva. ”No digo que donde hay violencia no hay política. Pero no hay nada más alejado de la política que la terrible consigna que rezaba ‘el poder nace del fusil’, que podía servir igualmente a una milicia revolucionaria o a una banda de gánsteres. El poder (sigo a Hannah Arendt) no está en las armas sino en el consentimiento, es decir, finalmente, en el pueblo, si se quiere recuperar esa vieja categoría a la que es imposible renunciar. Hay no solo diferencia sino verdadera oposición entre el poder político y la violencia sistemática y organizada. El poder, dice Arendt, requiere del ‘número’, algo de lo cual puede prescindir la violencia, que depende sobre todo de los ‘instrumentos’. Siempre, en términos políticos, la tentación de recurrir a la violencia nace de la pérdida de poder; como consecuencia, una violencia que ya no se apoya ni se sujeta al poder termina invirtiendo la estimación de los medios y los fines. Es justamente la derrota política y la pérdida de poder, en el sentido invocado, lo que permite entender, en la guerrilla montonera, el vuelco a una violencia que se hace cada vez más indiscriminada, es decir, terrorista, justamente cuando se hace claro que el consentimiento está con Perón y el peronismo ‘clásico’, una variopinta coalición política y social que no era (y nunca fue) revolucionaria”. (Hugo Vezzetti, “Sobre la violencia revolucionaria”; Siglo XXI editores, Buenos Aires, 2011, págs. 64/65)


En uno de los capítulos de su libro, Hugo Vezzetti desmenuza –colisionando incluso con mucho del pensamiento afincado sobre el tema en distintos planos de la intelectualidad de izquierda– las razones que llevaron a la guerrilla de los años 60/70 a su terminante derrota. Entre otras reflexiones de Vezzetti sobre el tema, rescatamos: “Desde el momento en que los conflictos quedaban reducidos al esquema de la guerra, los procedimientos de la milicia armada terminaban imponiéndose sobre el conjunto de la formación política. Son superfluas las autocríticas que insisten en las ‘desviaciones militaristas’: si el escenario de los conflictos es concebido como una guerra, es el ejército (o un remedo de él) lo que necesariamente va a prevalecer. Las consecuencias en la Argentina son bien conocidas. Por un parte, se consolidaba un proceso de militarización de la acción social en barrios y fábricas, subordinada a la doctrina y los procedimientos de los guerreros. Por otra, una buena proporción de los esfuerzos de la dirección revolucionaria debían aplicarse a disciplinar la propia tropa. En ese sentido, la guerra sepultaba a la política, si por política se entiende la acción destinada a mover, ganar y orientar la voluntad colectiva. ”No digo que donde hay violencia no hay política. Pero no hay nada más alejado de la política que la terrible consigna que rezaba ‘el poder nace del fusil’, que podía servir igualmente a una milicia revolucionaria o a una banda de gánsteres. El poder (sigo a Hannah Arendt) no está en las armas sino en el consentimiento, es decir, finalmente, en el pueblo, si se quiere recuperar esa vieja categoría a la que es imposible renunciar. Hay no solo diferencia sino verdadera oposición entre el poder político y la violencia sistemática y organizada. El poder, dice Arendt, requiere del ‘número’, algo de lo cual puede prescindir la violencia, que depende sobre todo de los ‘instrumentos’. Siempre, en términos políticos, la tentación de recurrir a la violencia nace de la pérdida de poder; como consecuencia, una violencia que ya no se apoya ni se sujeta al poder termina invirtiendo la estimación de los medios y los fines. Es justamente la derrota política y la pérdida de poder, en el sentido invocado, lo que permite entender, en la guerrilla montonera, el vuelco a una violencia que se hace cada vez más indiscriminada, es decir, terrorista, justamente cuando se hace claro que el consentimiento está con Perón y el peronismo ‘clásico’, una variopinta coalición política y social que no era (y nunca fue) revolucionaria”. (Hugo Vezzetti, “Sobre la violencia revolucionaria”; Siglo XXI editores, Buenos Aires, 2011, págs. 64/65)

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