La psicosis del dólar

Redacción

Por Redacción

Cuando nuestra economía parece disfrutar de buena salud, como fue el caso durante varios años gracias en buena medida a los aportes del campo, pocos se preocupan por las vicisitudes de la tasa de cambio que, aquí por lo menos, siempre tiene como protagonista al dólar, pero de difundirse la sensación de que una etapa relativamente tranquila está por terminar, el valor local de la divisa estadounidense no tardará en transformarse en una obsesión popular. Es lo que ha ocurrido últimamente, al multiplicarse las señales de que se acerca la fecha de vencimiento del “modelo” reivindicado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Una consecuencia inevitable del “corralito cambiario” impuesto por el gobierno y de los esfuerzos realmente extraordinarios de los funcionarios por impedir que la gente consiga más dólares ha sido la expansión muy rápida del mercado negro. Una vez más, los distritos financieros de la Capital Federal y otras ciudades se han poblado de repente de “arbolitos” que salen de sus “cuevas” para vender dólares a un precio que es mucho más alto que el oficial: según se informa, a inicios de la semana corriente, en el mercado paralelo el verde “azul” costaba 5,62 pesos, mientras que el legal cotizaba en 4,46. Como ha sucedido en tantas ocasiones en el pasado, el gobierno ha reaccionado frente al desafío a su autoridad así supuesto endureciendo los controles, de tal modo intensificando todavía más la demanda y obligándolo a tomar medidas aún más duras porque teme que, caso contrario, brindaría una impresión de debilidad. Es innecesario decir que, cuando el dólar “azul” se aleja del oficial, restaurar la confianza en la moneda nacional se hace cada vez más difícil, sobre todo si, conforme a los economistas, lo lógico sería que en mayo el mercado cambiario se tranquilizara merced a la entrada masiva de divisas debido a la venta de la cosecha gruesa. Sin embargo, aunque el gobierno relajó brevemente los controles al anticipar que el ingreso de cantidades importantes de dólares serviría para poner las cosas en lo que a su juicio es el lugar apropiado, el resultado no fue el previsto, ya que muchos aprovecharon lo que tomaron por una oportunidad para deshacerse de sus pesos para conseguir dólares que, por supuesto, no han perdido su condición de refugio tradicional en tiempos inciertos. Mal que le pese al gobierno, parecería que incluso los que no suelen mantenerse al tanto de los detalles de la evolución económica del país creen que tarde o temprano se verá obligado a anunciar una devaluación muy fuerte del peso aun cuando hacerlo incidiera negativamente en el poder adquisitivo de millones de personas, ya que con toda probabilidad desencadenaría una espiral inflacionaria. Puesto que el gobierno no quiere reconocer que la tasa de inflación es mucho más elevada que la supuestamente registrada por el Indec, desde hace años se ha limitado a aplicar parches con el propósito de ocultar los síntomas, de ahí la multitud de controles destinados a obstaculizar la fuga de divisas que se intensificó en vísperas de las elecciones del año pasado, trabar las importaciones y, huelga decirlo, impedir la compra de dólares. Sucede que el gobierno de Cristina está tan comprometido con “el relato” según el cual el modelo económico que recibió de manos de su marido, el entonces presidente Néstor Kirchner, ha resultado ser una auténtica maravilla que nos ha protegido contra las desgracias atribuibles al “neoliberalismo” que están convulsionando al resto del mundo, que sigue negándose a entender que su antecesor cometió un error garrafal en el 2005 al intentar manejar las expectativas difundiendo datos inventados. A partir de la intervención del Indec, se ha triplicado el costo de la canasta familiar, pero el precio de dólar oficial ha aumentado apenas el 50%, lo que ha producido una distorsión que no podrá corregirse sin una devaluación penosa. Asimismo, los controles de ciertos precios, en especial los de la energía, han tenido el efecto perverso de forzar al gobierno a gastar sumas ya gigantescas comprando combustible en el mercado internacional, de ahí los esfuerzos frenéticos del secretario de Comercio –y ministro de Economía de facto– Guillermo Moreno por trabar las importaciones, de tal manera golpeando la industria local que por falta de insumos está frenándose.


Cuando nuestra economía parece disfrutar de buena salud, como fue el caso durante varios años gracias en buena medida a los aportes del campo, pocos se preocupan por las vicisitudes de la tasa de cambio que, aquí por lo menos, siempre tiene como protagonista al dólar, pero de difundirse la sensación de que una etapa relativamente tranquila está por terminar, el valor local de la divisa estadounidense no tardará en transformarse en una obsesión popular. Es lo que ha ocurrido últimamente, al multiplicarse las señales de que se acerca la fecha de vencimiento del “modelo” reivindicado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Una consecuencia inevitable del “corralito cambiario” impuesto por el gobierno y de los esfuerzos realmente extraordinarios de los funcionarios por impedir que la gente consiga más dólares ha sido la expansión muy rápida del mercado negro. Una vez más, los distritos financieros de la Capital Federal y otras ciudades se han poblado de repente de “arbolitos” que salen de sus “cuevas” para vender dólares a un precio que es mucho más alto que el oficial: según se informa, a inicios de la semana corriente, en el mercado paralelo el verde “azul” costaba 5,62 pesos, mientras que el legal cotizaba en 4,46. Como ha sucedido en tantas ocasiones en el pasado, el gobierno ha reaccionado frente al desafío a su autoridad así supuesto endureciendo los controles, de tal modo intensificando todavía más la demanda y obligándolo a tomar medidas aún más duras porque teme que, caso contrario, brindaría una impresión de debilidad. Es innecesario decir que, cuando el dólar “azul” se aleja del oficial, restaurar la confianza en la moneda nacional se hace cada vez más difícil, sobre todo si, conforme a los economistas, lo lógico sería que en mayo el mercado cambiario se tranquilizara merced a la entrada masiva de divisas debido a la venta de la cosecha gruesa. Sin embargo, aunque el gobierno relajó brevemente los controles al anticipar que el ingreso de cantidades importantes de dólares serviría para poner las cosas en lo que a su juicio es el lugar apropiado, el resultado no fue el previsto, ya que muchos aprovecharon lo que tomaron por una oportunidad para deshacerse de sus pesos para conseguir dólares que, por supuesto, no han perdido su condición de refugio tradicional en tiempos inciertos. Mal que le pese al gobierno, parecería que incluso los que no suelen mantenerse al tanto de los detalles de la evolución económica del país creen que tarde o temprano se verá obligado a anunciar una devaluación muy fuerte del peso aun cuando hacerlo incidiera negativamente en el poder adquisitivo de millones de personas, ya que con toda probabilidad desencadenaría una espiral inflacionaria. Puesto que el gobierno no quiere reconocer que la tasa de inflación es mucho más elevada que la supuestamente registrada por el Indec, desde hace años se ha limitado a aplicar parches con el propósito de ocultar los síntomas, de ahí la multitud de controles destinados a obstaculizar la fuga de divisas que se intensificó en vísperas de las elecciones del año pasado, trabar las importaciones y, huelga decirlo, impedir la compra de dólares. Sucede que el gobierno de Cristina está tan comprometido con “el relato” según el cual el modelo económico que recibió de manos de su marido, el entonces presidente Néstor Kirchner, ha resultado ser una auténtica maravilla que nos ha protegido contra las desgracias atribuibles al “neoliberalismo” que están convulsionando al resto del mundo, que sigue negándose a entender que su antecesor cometió un error garrafal en el 2005 al intentar manejar las expectativas difundiendo datos inventados. A partir de la intervención del Indec, se ha triplicado el costo de la canasta familiar, pero el precio de dólar oficial ha aumentado apenas el 50%, lo que ha producido una distorsión que no podrá corregirse sin una devaluación penosa. Asimismo, los controles de ciertos precios, en especial los de la energía, han tenido el efecto perverso de forzar al gobierno a gastar sumas ya gigantescas comprando combustible en el mercado internacional, de ahí los esfuerzos frenéticos del secretario de Comercio –y ministro de Economía de facto– Guillermo Moreno por trabar las importaciones, de tal manera golpeando la industria local que por falta de insumos está frenándose.

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