La reeducación de Larry Summers

Larry Summers tenía el semblante arrugado y ligeramente adormilado de un profesor que ha estado resolviendo ecuaciones toda la noche. Principal asesor económico de Obama, el hombre a cargo del rescate del gobierno se dejó caer en un sofá del Salón Roosevelt en la Casa Blanca, debajo de un retrato de Franklin Roosevelt, e hizo su mejor esfuerzo para ser paciente con dos reporteros de Newsweek. ¿Podría él explicar cómo se había «reeducado» desde finales de la década de 1990, cuando Summers era parte de un gobierno (el de Clinton) que se quitó del camino de los mercados financieros mientras éstos se dirigían al borde del precipicio?

Summers respondió citando a John Maynard Keynes, cuya teoría económica del gasto masivo del gobierno se identificó con el New Deal de Roosevelt y hoy está en el centro del plan de estímulo de la administración de Obama. «Keynes le dijo una vez a alguien que lo había acusado de inconsistencia: ´Cuando cambian las circunstancias, yo cambio mi opinión´», dijo Summers. La implicación, no tan sutil, es que la gente inteligente no es dogmática ni se estanca en la misma ideología sino que más bien adopta una actitud abierta, flexible y alerta, capaz de cambiar con los tiempos.

Summers es de estos últimos y quiere que eso se sepa. Honestamente, nunca fue un partidario fanático de la economía de libre mercado. Como secretario del Tesoro al final de la administración de Clinton propuso regular las prácticas rapaces de crédito y alega que los «swap» de impagos de crédito o CDS -esas armas de destrucción financiera masiva- apenas existían a fines de la década de 1990. «No creo haber sido un gran liberalizador», dice y admite: «No digo que tuviéramos una previsión perfecta».

Summers reconoce que respondió a tiempos y circunstancias diferentes. En la primavera y el verano (boreal) pasados empezó a ver que la maquinaria del gobierno para estabilizar la economía, la capacidad de la Reserva Federal para aumentar y reducir las tasas de interés e imprimir dinero, no estaba funcionando bien como para prevenir un colapso.

Empezó a escribir artículos de opinión en el «Financial Times» abogando por una mayor intervención del gobierno y, más importante: le dio instrucciones al senador Barack Obama, candidato demócrata a la presidencia. Las instrucciones eran tan buenas que, cuando llegó el momento, Obama nombró a Summers su principal asesor económico.

Summers (54) es quizá el más inteligente de los convocados por Obama. El presidente reunió un equipo de personas de Harvard y Yale cuyas calificaciones en pruebas de aptitud no han sido igualadas desde la administración de John Fitzgerald Kennedy. JFK trajo a individuos como McGeorge Bundy, quien había sido decano del cuerpo docente de Harvard a los 34 años y a quien JFK nombró su asesor de seguridad nacional. Bundy resultó ser inteligente pero no sabio: instó a JFK y luego a Lyndon Johnson a involucrarse más en Vietnam.

El astuto viejo amigo de Johnson, el presidente de la Cámara de Representantes San Rayburn, masculló cuando supo acerca de todos los egresados de Harvard que entraban a la administración de Kennedy: «Desearía que uno de ellos hubiera sido candidato a sheriff alguna vez». Es incierto lo que Rayburn habría opinado de Summers, quien ingresó al MIT a los 16 años y se convirtió en el profesor más joven en ganar el puesto en Harvard (a los 28 años). En Washington, Summers se convirtió en el asistente más confiable de Robert Rubin en el Departamento del Tesoro, terminando en un breve período como secretario del Tesoro. Continuó trabajando como presidente de Harvard durante cinco años.

Tras dejar Washington, Summers llevó con él un orgullo similar a la presidencia de Harvard. Fue obligado a renunciar en el 2006 después de que el cuerpo docente se rebelara contra su estilo de administración.

De manera temeraria para un presidente de universidad, jugó al provocador intelectual cuando se preguntó si la escasez de mujeres entre las filas de matemáticos y científicos estaba vinculada con las diferencias de género.

Algunas historias van mucho más allá de quejas contra sus modales. Brooksley Born, presidenta de la Comisión de Comercio de Futuros (CFTC), recibió una llamada en marzo de 1998 en sus oficinas de Washington. Al otro extremo estaba el subsecretario del Tesoro Summers. De acuerdo con testigos en la CFTC, Summers la retó groseramente. «Ella estaba lívida», recuerda el segundo de Born, Michael Greenberger, quien entró cuando terminaba la llamada. «Ella dijo: era Larry Summers. Me estaba gritando». Unas semanas antes, Born publicó una propuesta sugiriendo que las autoridades estadounidenses empezaran a explorar la forma de regular el mercado global en «derivados». La llamada telefónica de Summers fue la primera señal de que su plan había irritado a la elite económica de Estados Unidos.

A Rubin, al presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan y a Summers les preocupaba que cualquier insinuación de regulación terminara enviando al extranjero todo el comercio en derivados, costándole el negocio a Estados Unidos. Summers insistió en que Born retirara su propuesta, señala Greenberger. De acuerdo con otro ex funcionario de la CFTC, Born estaba «pasmada» por la postura de Summers.

Arthur Levitt, quien encabezaba la Comisión de Valores e Intercambio (SEC) cuando ocurrió la propuesta de Born, admite hoy que ella tenía razón sobre los derivados mientras que él, Rubin, Greenspan y Summers no. («Todas las tragedias en la vida están precedidas de advertencias», dice Levitt. «Tuvimos una advertencia. Provino de Brooksley Born. Nosotros no la escuchamos»). Summers le dijo a Newsweek: «Creí en su tiempo, y creo aún más en la actualidad, que las nuevas regulaciones respecto de un riesgo sistémico eran apropiadas y necesarias, pero expresé que la sólida opinión del secretario Rubin, del presidente de la Reserva Federal Greenspan y del jefe de la SEC Levitt era que la forma en que la CFTC proponía proceder sería ineficaz e imponía riesgos mayores dentro del mercado». (En ese tiempo, el Departamento del Tesoro de Rubin alegó contra la propuesta de Born manteniendo que la CFTC no tenía jurisdicción). Sin embargo, Summers reconoció que «en retrospectiva, no hay duda de que una regulación más fuerte habría sido apropiada» antes del colapso financiero. «Grandes franjas de la economía tendrán que ser repensadas en base a lo que ocurrió», agregó.

Durante el último año, Summers se remodeló como defensor de la regulación financiera. En su última columna para el «Financial Times», antes de sumarse a la administración de Obama, Summers dijo que el péndulo «debe balancearse hacia un rol del gobierno para salvar al sistema del mercado de sus excesos e incompetencias». Hoy, a Summers le gustaría justificar que todo su comportamiento es historia antigua. A nivel personal dice que se «suavizó». «Sospecho que con el paso del tiempo uno se vuelve menos brusco», dice Summers.

 

¿Cambió Summers?

Summers puede ser magnánimo. Tiene acceso diario al presidente y se lo considera un asesor económico más sustantivo que el secretario del Tesoro, Tim Geithner, cuando se trata de analizar el panorama total de la economía. Summers y Geithner son buenos amigos y compañeros de tenis y, si existe alguna fricción entre ellos, nunca salió a la superficie. Obama es consciente de la reputación de Summers para dominar la escena y creó un panel de asesores separado bajo el ex presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker, el viejo sabio que solucionó la última crisis económica a principios de la década de 1980 (Summers acepta el panel pero, fiel a su estilo, aclara que no se va a dedicar a hacer políticas). ¿Cambió Summers? Joseph Stiglitz, quien fuera presidente del Consejo de Asesores Económicos de Clinton y después presidente del Banco Mundial, tiene sus dudas.

Durante los 90, Stiglitz peleó batallas épicas contra Summers. Aquél quería más controles sobre los flujos de capital alrededor del mundo y éste sostenía el enfoque de libre mercado de Rubin-Summers-Greenspan.

Stiglitz sostiene que la administración de Obama está dominada por viejos protegidos de Rubin como Mary Schapiro, presidenta de la SEC, y Gary Gensler, quien aguarda la confirmación como jefe de la CFTC, quienes se identifican con las políticas reguladoras de la década de 1990. Mientras algunos economistas defienden una intervención mayor del gobierno para solucionar la crisis, incluyendo la nacionalización de los bancos en problemas, Summers trata de evitar inclinarse hacia el exceso de regulación. «Él es un hombre del mercado. Se declarará del lado de una regulación más ligera», dice el consultor político David Gergen, un viejo amigo.

El «nuevo Larry» puede terminar siendo el «nuevo Nixon». Pero hay indicios de que Summers está aprendiendo a jugar bien con otros. Cuando Carol Browner era la directora del Organismo de Protección del Medio Ambiente (EPA, en inglés) durante la administración de Clinton, chocó con Summers. Browner presionaba por políticas verdes mientras que Summers sostenía que dañaban la economía. Pero ahora que Browner es asesora ambiental para la administración de Obama y que él estableció sus opiniones a favor de lo verde, Summers trabaja en armonía con ella. Asimismo, Summers interpretó el rol de político consumado en algunas incursiones al Congreso para vender el paquete de estímulo, escuchando con paciencia los argumentos de senadores y congresistas, algunos analfabetos en materia de economía. «Es notable cuán accesible es», dice el senador Max Baucus, presidente del Comité de Finanzas. «Responde todas las preguntas. Recuerdo pensar, ´Cielos, él debe estar preguntándose: ¿cuándo puedo irme?´».

Se trata de un gran cambio respecto del antiguo subsecretario del Tesoro, que acostumbraba tratar a legisladores como a los desventurados contrincantes que pisoteaba cuando era campeón nacional de debate de secundaria. «Escuchó más de lo que habló y dijo: ´No tengo todas las respuestas´. Si usted conoce a Larry Summers no siempre había sido el caso», dice Brendan Daly, vocero de la jefa de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi.

Cuando Geithner presentó el plan de rescate bancario del Departamento del Tesoro hace tres semanas, Wall Street estaba poco impresionada. Los banqueros y no pocos ciudadanos comunes preguntaron: ¿en dónde están los detalles? Se especuló entonces que Geithner estaba siendo intencionalmente impreciso porque no podía aceptar públicamente que muchos de los grandes bancos eran insolventes y podrían tener que ser nacionalizados (en febrero, la Casa Blanca terminó anunciando que se quedaba con el 36% del City Bank). Pero Summers negó esto e insistió en que la administración todavía tiene que tomar la medida completa de la crisis haciendo más «tests de estrés» a los bancos. Pero con modestia, vestido con las ropas del «nuevo Larry», prefiere no discutir las sugerencias de que el equipo económico de Obama podría hacer un mejor trabajo administrando las expectativas de mercado.

El mayor test de Summers será persuadir al Congreso para votar por las «reformas de derecho», es decir, recortes o impuestos más altos para la Seguridad Social y prestaciones de salud. En su entrevista con Newsweek, Summers explicó que va a urgir al presidente y al Congreso para aventurarse en un área que los políticos temieron pisar durante mucho tiempo, el llamado tercer riel de la política («lo tocas y estás muerto»). La necesidad lo requiere, dice: si Estados Unidos no puede frenar su gasto y deuda, las tasas de interés se van a elevar y la economía caerá una vez más. Summers utilizará los argumentos de Lord Keynes respecto de que el cambio de circunstancias demanda el cambio de opiniones.

No obstante, tendrá que hacer el argumento un poco menos altanero respecto de la forma en que lo hizo Keynes o respecto de como aún lo hace el nuevo Larry… en algunas ocasiones.

 

MICHAEL HIRSH Y EVAN THOMAS

Newsweek


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