La revolución cognitiva nos estupidizó




Tomar por real lo ficcional nos hizo humanos, pero esta aceleración de la creencia en la ficción desde la masificación de internet acentuó nuestro costado fanático y maniqueísta.


Hace 100.000 años comenzó la mayor aventura humana: la revolución cognitiva, de la cual se derivan las transformaciones culturales que llevaron a los homo sapiens a dominar el planeta. La revolución cognitiva es la capacidad de construir cultura y eso lo logramos a través del lenguaje, de un lenguaje capaz de crear ficciones. Hasta ese momento, el sapiens no se distinguía demasiado de los demás primates superiores, salvo en que tiene menos fuerza que cualquiera de ellos. El lenguaje -la capacidad humana de inventar cosas que no existen- fue lo que nos hizo invulnerables.

Muchas especies animales se comunican, desde insectos (como las abejas o las hormigas) hasta los grandes mamíferos (como los elefantes o las ballenas, además de todos los primates). Pero los demás animales no pueden dialogar, transmiten información básica y solo relacionada a objetos concretos y situaciones reales: “A la derecha está el río”, “Se acerca un león” son “frases” que muchos animales emiten (por lo general, de manera gestual).

Los humanos no solo podemos dialogar (y con ello comprender un contexto lingüístico que cambia todo el tiempo,lo que nos exige ser creativos), sino que hablamos de cosas que no existen, y también podemos mentir (sin la capacidad de mentir no podríamos inventar). Hace al menos 70.000 años (por las grafías y dibujos que han dejado en las cuevas prehistóricas) los sapiens ya creaban ficciones y chismorreaban.

El chisme fue el primer uso creativo del lenguaje humano. Hablar a la espalda de los otros y conocer los secretos de otros miembros de la tribu permitía poder mentir sobre ellos, difamarlos, decir cosas que no eran ciertas, para destruir ante el grupo a los competidores en potencia. Así se podían hacer alianzas con los que se consideraban más próximos para obtener las mejores presas en la caza y en el disfrute sexual. Con el tiempo esas ficciones fueron identificando a las distintas tribus. Así nació la identidad, la ficción de las ficciones: “Somos los hijos del trueno”, “Somos los herederos de la serpiente”. Gracias a la ficción fue posible que un gran número de hombres colaboraran por un mismo objetivo.

Mientras que los demás primates no pueden vivir en bandas superiores a los 40 miembros, los humanos de hace 70.000 años podían vivir en bandas de 150 a 500 miembros, los que además estaban dotados de lanzas con puntas de piedras y otras armas. Gracias a esta organización los homo sapiens no solo vencieron a todos los demás animales no humanos, sino que además exterminaron a las otras líneas humanas que existieron hasta hace unos 30.000 años (como los neandertales).

No hay nada en nuestra vida contemporánea que no sea ficcional: una creación cultural, que con el tiempo cambiaremos por otra más conveniente

Lo que hizo posible el largo proceso que va desde el inicio del lenguaje (la primera revolución cognitiva hace 100.000 años) hasta el inicio de la segunda revolución cognitiva (la creación de ciudades, la agricultura, la domesticación de animales y la creación de la escritura que ocurrió hace 10.000 años) es la ficción -lo que, además, nos acostumbró al pensamiento abstracto (hablar de lo que no está presente) y generalizar-. ¿Qué hace que cada mesa distinta sea vista como una mesa en nuestro pensamiento? Nuestra capacidad de ver en un objeto concreto algo que no está allí: el “alma” conceptual abstracta que une a ese objeto a todos los demás que nos resultan parecidos o pertenecientes a la misma familia.

Casi cada cosa en la que creemos hoy es una ficción. Hace unos pocos siglos inventamos el concepto de “nación” y hoy todos creemos que los países en los que vivimos son tan eternos como el agua y el aire. Lo mismo sucede con la ficción suprema, el dinero, que da el valor de todo lo que existe. No hay nada en nuestra vida contemporánea que no sea ficcional: una creación cultural, que con el tiempo cambiaremos por otra que nos parezca más conveniente.

Este proceso se aceleró con la tercera revolución cognitiva: la creación de internet, la digitalización de lo existente y la producción de la realidad virtual como parte esencial de la vida. Tomar por real lo ficcional nos hizo humanos, pero esta aceleración de la creencia en la ficción que se produce desde la masificación de internet acentuó el costado fanático y maniqueísta que ya teníamos: todo lo que está en mi bando es bueno y bello, y todo lo que está en el bando de enfrente es lo malo y horrible.

El odio político que hoy se ha vuelto una constante planetaria es hijo de esta incapacidad para lidiar con nuestra propia inteligencia. Justamente aquello que nos dio la superioridad animal es lo que nos estupidiza en la vida social.

La revolución cognitiva nos está convirtiendo en completos imbéciles. No es un mal comienzo de una etapa superadora de esta imbecilización generalizada el que nos pongamos a reflexionar sobre la paradoja en que vivimos: mientras más sabemos y más nos conectamos más solos y embrutecidos estamos.


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