La rodilla de Máximo




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No es nada habitual que la rodilla infectada de un ciudadano común motive polémicas airadas acerca del estado político del país, pero es lo que sucedió la semana pasada al poner en marcha la presidenta Cristina Fernández de Kirchner un operativo costoso para trasladar a su hijo Máximo Kirchner a la capital federal para que la dolencia que sufría fuera tratada por especialistas. Aunque todos coincidieron en que es perfectamente natural que una madre se preocupe por la salud de su hijo, algunos encontraron escandaloso el uso del avión presidencial para lo que a su juicio debería considerarse un asunto privado, mientras que otros se afirmaron sorprendidos por el hecho de que, en opinión tanto de Cristina como de su primogénito, la provincia que los Kirchner han dominado por dos décadas no cuente con clínicas consideradas adecuadas para tratar lo que es, al fin y al cabo, un problema poco grave. En Río Gallegos los encargados del Hospital Regional niegan que sea así, ya que según ellos los médicos locales están plenamente facultados para tratar un caso de artritis séptica, lo que hace más verosímil la versión, de connotaciones alarmantes, de que la razón por la que Máximo Kirchner tuvo que viajar a Buenos Aires era que temía ser atendido por militantes antikirchneristas. Si bien, merced a un decreto firmado por el entonces presidente Néstor Kirchner en el 2004, le corresponde a la Casa Militar velar por la seguridad no sólo del presidente de la Nación sino también de sus familiares directos, el episodio sirvió para llamar nuevamente la atención a la resistencia tanto de Cristina como de otros mandatarios a distinguir entre lo público y lo privado. Mientras que en algunas sociedades aquellos funcionarios que aprovechan su posición para usufructuar lo que en teoría pertenece a todos, aun cuando sea cuestión de algo de valor ínfimo, se ven severamente sancionados, en la nuestra pesa mucho más el clima político. Si es favorable a los presuntos infractores, a pocos les molestará demasiado cierta proclividad a actuar como si los bienes del Estado formaran parte de su patrimonio particular; caso contrario, cualquier desliz dará pie a un escándalo de proporciones. Sea como fuere, dirigentes opositores, como el diputado radical Juan Casañas, tienen derecho a pedir una investigación de un asunto que, según parece, le costó al Estado más de 60.000 dólares, aunque sólo fuera para guardar las apariencias, ya que a esta altura entenderán que sería necesaria una especie de revolución cultural para que quienes están en condiciones de hacerlo dejaran de utilizar la propiedad pública para sus propios fines. Además de hacerlo protagonizar, es de suponer de manera involuntaria, un incidente que brindó a quienes no comulgan con el “proyecto” de Cristina un pretexto legítimo para criticar el esquema exageradamente personalista que se ha consolidado, los problemas de salud de Máximo Kirchner echaron luz sobre la situación nada satisfactoria en que se encuentra la provincia de Santa Cruz. Fuera porque el sistema sanitario de una jurisdicción que debería estar entre las más prósperas del país es tan deficiente como aseveran algunos o porque el hijo de la presidenta y jefe de la agrupación de militantes ambiciosos que se llama La Cámpora creyó que no le convendría internarse en un hospital de Río Gallegos por motivos de seguridad, es evidente que el feudo de los Kirchner está pasando por una etapa sumamente tensa a pesar de haber sido privilegiado por un gobierno nacional que se ha acostumbrado a repartir subsidios según criterios que son netamente políticos. De todos modos, sería difícil decidir cuál de las dos explicaciones que se han ensayado, la basada en el estado defectuoso del sistema de salud santacruceño o aquella en que se subraya lo riesgoso que le sería a Máximo Kirchner confiar demasiado en la buena voluntad de sus adversarios políticos, es la más inquietante. Si los hospitales públicos de Santa Cruz ni siquiera pueden tratar un caso de artritis séptica en una rodilla, las perspectivas ante quienes sufren dolencias mucho más complicadas difícilmente podrían ser peores. Y si las pasiones políticas se hubieran intensificado hasta tal punto que el hijo de la presidenta prefiriera viajar miles de kilómetros para alejarse de sus comprovincianos, el futuro que le espera al país sería igualmente sombrío.


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