La soledad no tiene buena prensa

En esta oportunidad, la psicopedagoga Laura Collavini reflexiona respecto a esos necesarios momentos en los que nos encontramos con nosotros mismos, que nos dan la posibilidad de conocernos y de compartir, sólo entonces, algo genuino.





Laura collavini
lauracollavini@hotmail.com

La soledad tiene mala prensa.
Voy a empezar así no porque esté particularmente optimista. Estoy realista. La realidad es a veces cruel.
Haré honor a esa característica: cuando nacemos lo hacemos con ayuda de nuestra progenitora que puja, y/o bien médicos que asisten.
Podríamos decir que no podemos hacerlo solos. Sin embargo, nuestra primera respiración nos pertenece.


Quienes asisten al bello acto del nacimiento podrán acompañar, estimular, asistir en mayor o menor medida, pero la primera respiración le pertenece a quién la emite.
Lo propio sucede ante la muerte. El último suspiro es de quién deja este plano. Acompañado o no.
Llegamos solos, nos vamos solos.
En el medio un proceso llamado “Vida”. ¿Cómo se transcurre? ¿En soledad? ¿Cómo transcurrimos esos momentos?


La posibilidad de estar a solas es claramente una capacidad que debemos desarrollar. ¿Por qué? Preguntarán algunos… No me gusta estar solo…
Somos seres sociales, claro está. No me refiero a aislarse del mundo y no contactarnos con nadie más.
Me enfoco en la posibilidad de escucharnos en la individualidad del ser, los latidos, abrigar cada uno de nuestros miedos, recorrer los deseos tan personales, desnudar las fantasías.
Uno de los miedos que se presentan con más frecuencia en la infancia es hacia la noche. Aún más a las tormentas.


Particularmente, la noche es acompañada por el silencio, menor posibilidad de ver hacia afuera. No distinguir. Tiempo de soltar el control y estar a solas para conciliar el sueño. Podríamos entonces asociarlo con la soledad.
Momentos donde puedo escuchar el sonido de mi panza, de mi corazón y el crujido de algún que otro mueble. Ahí florecen los fantasmas. Esos seres indiscretos que se salen de algún cajón, detrás de la puerta o de la sombra del globo.
Fantasmas de niños, también de adultos.
Todos tenemos fantasmas. Algunos son nuestros amigos si no les tenemos miedo. Los chicos les temen a los fantasmas, a los zombis y a los ladrones. Los adultos también.
Ocultamos aquello que no sabemos cómo abordar con los ruidos del día, del trabajo y de las responsabilidades. Lo hacemos con comida, exceso de deportes y de reuniones.
Son las cosas que decidimos poner bajo la alfombra, aquello que molesta mirar de frente, a veces duele, para evitar sufrir, escondemos.
Asociamos así, de alguna manera soledad y miedo. Como si se dieran la mano y caminaran juntas.
Aunque claro está, también en la soledad es el momento que podemos decidir algo importante.
Necesitamos escuchar a ese sabio interno para que nos muestre el camino a seguir.
Así y todo, la soledad tiene mala prensa.
Porque cuando se va creciendo está la necesidad imperiosa de pertenecer, de ser aceptado, de pertenecer a la manada.


La soledad entonces no es un fantasma, es un monstruo que come al que está adelante. Lo escucho una y otra vez caritas desesperadas, refregando las manos y con vergüenza cuentan: “Los chicos no quieren jugar conmigo”.
Está mal hacer una confesión, pero la voy a hacer igual:como profesional de la salud mental tuve que trabajar mucho mi instinto maternal que me decía por dentro… “¿A quién hay que matar?” Porque cuando se escucha a un niño sufrir y llorar…
Sin duda hay que trabajarlo para no meter la pata…
Ese trabajo tan intenso es el que me lleva hoy a poder valorizar el momento en que me dicen que están sufriendo en la escuela.
Hoy ya no salgo a ver quién es el culpable del destrato. Solo le muestro la posibilidad a ese ser que puede empezar a mirarse.
Porque cuando los chicos del colegio no quieren jugar con alguien es porque no entró en la media socialmente estipulada. Si está bien o está mal es otro debate.
Enfoquemos en la personita que sufre. Si no entra en “lo convencional” es porque seguramente hay algo “menos convencional” que a este ser le atrae. Algo que en el colegio no puede por algún motivo manifestar. Claramente entonces este problema es una oportunidad.
Desde bebés es necesario incentivar la posibilidad de jugar a solas.
¿Eso es abandono? Claro que no. Se relaciona con esa posibilidad de conocernos, de tener un mundo propio. ¿Si no tuviésemos este rinconcito personal y privado, podríamos compartir algo genuino?


Todos somos diferentes. Es tan trillada esa frase que la escribo y suena a nada. Pero es real.
Podemos compartir generación, gustos, anécdotas, etcétera. Pero solo un pedacito de nuestro gran mundo personal.
Vamos armando cada uno una ruta que nadie más podrá hacer. Solos. Cruzándonos con muchos, pero nuestro camino es huella digital. El recorrido es personal, único, solos. ¿Escuchamos a otros? Si, claro. ¿Compartimos? Sí, claro. Pero nuestra vida no le pertenece más que a cada uno de nosotros.
Brindemos por esa realidad.


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