La tentación neoliberal

Redacción

Por Redacción

Cuando populistas e izquierdistas hablan de lo terrible que a su entender es el “neoliberalismo”, no aluden a una teoría económica determinada sino al hecho, sin duda lamentable, de que a veces les resulte imposible subordinar los mercados a su propia voluntad. Sin embargo, tarde o temprano a todos los gobiernos, incluyendo las dictaduras totalitarias de los hermanos Castro en Cuba y de la dinastía Kim en Corea del Norte, les llega la hora en que se sienten constreñidos a tomar medidas que en otras circunstancias denunciarían por “neoliberales”. Puede que algo así esté sucediendo en el seno del kirchnerismo. Aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus colaboradores más influyentes están convencidos de que si los precios suben es porque los comerciantes son muy pero muy codiciosos, de suerte que hay que enseñarles a ser más solidarios, algunos por lo menos sospechan que sería más realista obligarlos a competir. Será por eso que Cristina quisiera que los consumidores se movilizaran para “hacerles el vacío” a quienes aumenten los precios de los bienes y servicios que comercializan. Sería una forma de castigarlos, claro está, pero se trataría de una mucho menos brutal que la favorecida por otros regímenes a través de los siglos que, sobre la base de la tesis según la cual la inflación es producto de la mala voluntad de empresarios insaciables, no han vacilado en encarcelar, torturar y hasta matar a los presuntos culpables del fenómeno. Tales métodos, que no han perdido su atractivo a ojos de los enemigos más fanatizados del sistema capitalista, sólo sirven para depauperar a sociedades enteras. Ahora bien, si la presidenta realmente supusiera que la mejor manera de combatir la inflación consistiría en estimular la competencia para que hubiera una oferta más variada, se trataría de una actitud decididamente “neoliberal”, ya que los contrarios a dicha modalidad suelen confiar más en controles que sirven para limitar la competencia, que a su juicio es anárquica y por lo tanto antipopular. Con todo, aunque en el corto plazo la estrategia insinuada últimamente por Cristina brindaría resultados positivos si acarreara un intento de abrir el mercado de consumo local para que fuera mucho más competitivo de lo que efectivamente es, gracias en buena medida al aporte del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, sucede que, como la presidenta debería entender muy bien, en la actualidad los empresarios no tienen muchos motivos para esforzarse por reducir los precios. Por lo demás, aun cuando el mercado de consumo nacional fuera tan libre como los de los países más desarrollados, en que la competencia sí contribuye a mantener relativamente bajos los precios, la inflación seguiría haciendo estragos porque se ve impulsada por un gasto público desbocado y por la emisión monetaria apenas controlada. Siempre es escapista atribuir la inflación a la avaricia de empresarios inescrupulosos, como si en tal sentido los argentinos fueran peores que sus equivalentes no sólo de Estados Unidos, Europa y Asia sino también de Chile, Perú, Uruguay y otros países latinoamericanos en los que la tasa de inflación es una mera fracción del más del 25% anual que se registra aquí. En realidad, se debe exclusivamente a los errores garrafales cometidos por el gobierno actual que, como tantos antecesores de prejuicios ideológicos afines, se ha negado a tomar la inflación en serio por temor a los eventuales costos políticos que le supondría un “ajuste”. Puede que desde el punto de vista de los kirchneristas el cortoplacismo que ha sido la característica más notable de su gestión haya sido muy provechoso al permitirle contar con el apoyo de un sector muy amplio del electorado que en el 2011 votó a Cristina por confiar en que sería capaz de prolongar la bonanza módica posibilitada por una coyuntura internacional extraordinariamente favorable pero, por desgracia, el largo plazo ya ha llegado y el gobierno tendrá que enfrentar las consecuencias previsibles de su propia miopía principista. Podría optar por más intervencionismo y más controles, que con toda seguridad resultarían contraproducentes, o por permitir que el mercado ayudara a poner las cosas en su lugar, es decir, por medidas del tipo que los populistas suelen calificar de “neoliberales”.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Sábado 2 de febrero de 2013


Cuando populistas e izquierdistas hablan de lo terrible que a su entender es el “neoliberalismo”, no aluden a una teoría económica determinada sino al hecho, sin duda lamentable, de que a veces les resulte imposible subordinar los mercados a su propia voluntad. Sin embargo, tarde o temprano a todos los gobiernos, incluyendo las dictaduras totalitarias de los hermanos Castro en Cuba y de la dinastía Kim en Corea del Norte, les llega la hora en que se sienten constreñidos a tomar medidas que en otras circunstancias denunciarían por “neoliberales”. Puede que algo así esté sucediendo en el seno del kirchnerismo. Aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus colaboradores más influyentes están convencidos de que si los precios suben es porque los comerciantes son muy pero muy codiciosos, de suerte que hay que enseñarles a ser más solidarios, algunos por lo menos sospechan que sería más realista obligarlos a competir. Será por eso que Cristina quisiera que los consumidores se movilizaran para “hacerles el vacío” a quienes aumenten los precios de los bienes y servicios que comercializan. Sería una forma de castigarlos, claro está, pero se trataría de una mucho menos brutal que la favorecida por otros regímenes a través de los siglos que, sobre la base de la tesis según la cual la inflación es producto de la mala voluntad de empresarios insaciables, no han vacilado en encarcelar, torturar y hasta matar a los presuntos culpables del fenómeno. Tales métodos, que no han perdido su atractivo a ojos de los enemigos más fanatizados del sistema capitalista, sólo sirven para depauperar a sociedades enteras. Ahora bien, si la presidenta realmente supusiera que la mejor manera de combatir la inflación consistiría en estimular la competencia para que hubiera una oferta más variada, se trataría de una actitud decididamente “neoliberal”, ya que los contrarios a dicha modalidad suelen confiar más en controles que sirven para limitar la competencia, que a su juicio es anárquica y por lo tanto antipopular. Con todo, aunque en el corto plazo la estrategia insinuada últimamente por Cristina brindaría resultados positivos si acarreara un intento de abrir el mercado de consumo local para que fuera mucho más competitivo de lo que efectivamente es, gracias en buena medida al aporte del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, sucede que, como la presidenta debería entender muy bien, en la actualidad los empresarios no tienen muchos motivos para esforzarse por reducir los precios. Por lo demás, aun cuando el mercado de consumo nacional fuera tan libre como los de los países más desarrollados, en que la competencia sí contribuye a mantener relativamente bajos los precios, la inflación seguiría haciendo estragos porque se ve impulsada por un gasto público desbocado y por la emisión monetaria apenas controlada. Siempre es escapista atribuir la inflación a la avaricia de empresarios inescrupulosos, como si en tal sentido los argentinos fueran peores que sus equivalentes no sólo de Estados Unidos, Europa y Asia sino también de Chile, Perú, Uruguay y otros países latinoamericanos en los que la tasa de inflación es una mera fracción del más del 25% anual que se registra aquí. En realidad, se debe exclusivamente a los errores garrafales cometidos por el gobierno actual que, como tantos antecesores de prejuicios ideológicos afines, se ha negado a tomar la inflación en serio por temor a los eventuales costos políticos que le supondría un “ajuste”. Puede que desde el punto de vista de los kirchneristas el cortoplacismo que ha sido la característica más notable de su gestión haya sido muy provechoso al permitirle contar con el apoyo de un sector muy amplio del electorado que en el 2011 votó a Cristina por confiar en que sería capaz de prolongar la bonanza módica posibilitada por una coyuntura internacional extraordinariamente favorable pero, por desgracia, el largo plazo ya ha llegado y el gobierno tendrá que enfrentar las consecuencias previsibles de su propia miopía principista. Podría optar por más intervencionismo y más controles, que con toda seguridad resultarían contraproducentes, o por permitir que el mercado ayudara a poner las cosas en su lugar, es decir, por medidas del tipo que los populistas suelen calificar de “neoliberales”.

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