La tragedia desnudó la debilidad del “modelo”
Habrá que ver cuánto dura la tregua de hecho que impuso la preocupación presidencial.
Hace años, en una charla mano a mano a bordo de un avión, un jefe de Gobierno porteño se confesaba de modo informal: “¿Sabe por qué no se hacen subterráneos en Buenos Aires? Porque los va a inaugurar mi sucesor”. El negligente cortoplacismo como rector de la gestión de gobierno es un clásico de la política que ha contribuido a exacerbar el populismo de tono clientelar y conservador que rige a la Argentina, más preocupado por mostrar asistencia social hacia los pobres que nunca se acaban, que por generar desarrollo. El emergente impensado de la extrema situación debida al temporal que se abatió sobre la zona Metropolitana con epicentro en La Plata es que, sin que los opositores se hayan dado cuenta, las vidas que se llevó tragedia han conseguido poner en debate la construcción política de la última década. Lo patético es que, a la inversa de la anécdota de los subtes, de haber entendido la importancia de las inversiones de largo aliento en los países que progresan, el mismo kirchnerismo podría haber capitalizado a su favor el cartel de las obras concluidas. Si se le ha de creer a la presidenta de la Nación que la última ha sido una “década ganada”, sería lícito preguntarle qué supone ella que hubiese ocurrido si la cuantiosa recaudación conseguida en estos años de “crecimiento a tasas chinas” hubiese sido manejada con un criterio menos coyuntural, destinado en todo caso a fortalecer al Estado, tal como se pregona como dogma y no a difundir a como diese lugar el relato marketinero de su gobierno. Poco y nada luce de la misma manera cuando se caen los telones pintados que pretenden encubrir la realidad. Lo que sucede siempre es que se desnuda aún más la gravedad de las tragedias. Tan de profunda es la controversia que surge tras el temporal, que el supuesto Estado-benefactor, paralizado por la falta de planes de contingencia que desnudó su imprevisión, dejó indefensa a la gente en un primer momento y fue reemplazado de modo rápido y generoso por la solidaridad de los vecinos platenses, primero y del resto del país, luego. En el fondo, estas muertes de hoy, como las del tren de Once, inevitablemente tienen que ser cargadas a las ineficiencias que, a la vez, son hijas de tantos años de “terquedades” aplicadas a instituir a como dé lugar un “modelo de acumulación con matriz productiva diversificada e inclusión social” basado en la demanda agregada y en la supuesta acción de un Estado que no planificó, ni invirtió eficazmente ni controló como es debido a quienes debía controlar. El calificativo “terca” que instaló la semana pasada el presidente del Uruguay, José Mujica, para referirse con otros términos más irrespetuosos a la Presidenta, en contraposición a su esposo “más político”, no es de la cosecha del oriental, ya que la propia Cristina Fernández lo utilizó en su discurso frente a la Asamblea Legislativa en el 2011, a la hora de explicar por qué se seguía a rajatabla un modelo distinto al “que se había derrumbado”. En un ejercicio destinado a evaluar el accionar de la Argentina en la última década bajo las nuevas reglas, bien se podría alinear en una misma raya a todos los países de la región al comienzo del siglo XXI y ver hoy quién, en esta carrera entre liebre y tortuga, tiene más resto. Al respecto, es probable que si el kirchnerismo no se hubiese peleado con el mundo, ni falseado las estadísticas para encubrir la inflación; si no se hubiese comido con el tiempo los superávits, sin salir siquiera del festival de subsidios; si no hubiera arruinado el negocio petrolero, para tener que importar energía a lo pavote; si hubiese tenido más respeto por las instituciones y creído en la seguridad jurídica como basamento de la competitividad; si hubiese respetado el federalismo sin someter a los gobernadores a la caja central o puesto tanto énfasis para encolumnar a la prensa detrás de un discurso único y otros tantos supuestos de coyunturas mal gestionadas, probablemente la fuga de capitales no habría tenido lugar y no se habría llegado al atraso cambiario, al cepo para viajeros y mercaderías y al congelamiento de precios. Si no hubiese ocurrido todo eso y las energías se hubieran canalizado en promover el diálogo con todos los sectores para diseñar políticas públicas comunes y los recursos volcados en obras de infraestructura, en trenes seguros, en planificación urbana, seguridad para los ciudadanos o planes de contingencia para atender catástrofes, otro podía haber sido el resultado que ahora explota con todo el dramatismo y hace que se acreciente la repulsa hacia los dirigentes. Desde el análisis, el resultado de la tormenta ha mostrado una vez más la provisoriedad de los pronósticos de carácter político, tal como hace unos días lo fue la elección de Jorge Bergoglio como sucesor de Benedicto XVI. Otra vez sorprendido, el Gobierno trastabilló y pretendió girar en el aire, tal como cuando debió aceptar como un trago amargo, después de un primer repudio, la adhesión popular que sumaba el nuevo Papa. Esta vez, con rechiflas varias, fueron los damnificados quienes cortaron de raíz el intento de los funcionarios por conseguir tapas de diarios antes que brindar soluciones para la gente, repulsas que tomaron mayor cuerpo por ciertas bajezas que salieron a la luz, a partir de mentiras, exageraciones y manipulaciones que surgieron apenas el primer temporal se abatió sobre la Capital Federal. En esas primeras horas, la planificación kirchnerista sólo se notó en la estrategia de pegarle a Mauricio Macri, a partir de que estaba en Brasil y de los seis muertos porteños. Fue un ejercicio muy penoso leer el sesgo de propaganda que tomó la prensa oficialista del miércoles pasado, a partir de bajadas de línea muy precisas sobre cómo y a quién endosarle la factura. No sabían que en otro distrito, la ciudad natal de la presidenta de la República, iba a haber más muerte y destrucción. Ya se verá cuánto dura la tregua de hecho que impuso el decoro y la preocupación presidencial, aunque en esta historia de traiciones y búsqueda de aprovechamientos políticos nunca se sabe.
Archivo
HUGO GRIMALDI
DE DOMINGO A DOMINGO
Hace años, en una charla mano a mano a bordo de un avión, un jefe de Gobierno porteño se confesaba de modo informal: “¿Sabe por qué no se hacen subterráneos en Buenos Aires? Porque los va a inaugurar mi sucesor”. El negligente cortoplacismo como rector de la gestión de gobierno es un clásico de la política que ha contribuido a exacerbar el populismo de tono clientelar y conservador que rige a la Argentina, más preocupado por mostrar asistencia social hacia los pobres que nunca se acaban, que por generar desarrollo. El emergente impensado de la extrema situación debida al temporal que se abatió sobre la zona Metropolitana con epicentro en La Plata es que, sin que los opositores se hayan dado cuenta, las vidas que se llevó tragedia han conseguido poner en debate la construcción política de la última década. Lo patético es que, a la inversa de la anécdota de los subtes, de haber entendido la importancia de las inversiones de largo aliento en los países que progresan, el mismo kirchnerismo podría haber capitalizado a su favor el cartel de las obras concluidas. Si se le ha de creer a la presidenta de la Nación que la última ha sido una “década ganada”, sería lícito preguntarle qué supone ella que hubiese ocurrido si la cuantiosa recaudación conseguida en estos años de “crecimiento a tasas chinas” hubiese sido manejada con un criterio menos coyuntural, destinado en todo caso a fortalecer al Estado, tal como se pregona como dogma y no a difundir a como diese lugar el relato marketinero de su gobierno. Poco y nada luce de la misma manera cuando se caen los telones pintados que pretenden encubrir la realidad. Lo que sucede siempre es que se desnuda aún más la gravedad de las tragedias. Tan de profunda es la controversia que surge tras el temporal, que el supuesto Estado-benefactor, paralizado por la falta de planes de contingencia que desnudó su imprevisión, dejó indefensa a la gente en un primer momento y fue reemplazado de modo rápido y generoso por la solidaridad de los vecinos platenses, primero y del resto del país, luego. En el fondo, estas muertes de hoy, como las del tren de Once, inevitablemente tienen que ser cargadas a las ineficiencias que, a la vez, son hijas de tantos años de “terquedades” aplicadas a instituir a como dé lugar un “modelo de acumulación con matriz productiva diversificada e inclusión social” basado en la demanda agregada y en la supuesta acción de un Estado que no planificó, ni invirtió eficazmente ni controló como es debido a quienes debía controlar. El calificativo “terca” que instaló la semana pasada el presidente del Uruguay, José Mujica, para referirse con otros términos más irrespetuosos a la Presidenta, en contraposición a su esposo “más político”, no es de la cosecha del oriental, ya que la propia Cristina Fernández lo utilizó en su discurso frente a la Asamblea Legislativa en el 2011, a la hora de explicar por qué se seguía a rajatabla un modelo distinto al “que se había derrumbado”. En un ejercicio destinado a evaluar el accionar de la Argentina en la última década bajo las nuevas reglas, bien se podría alinear en una misma raya a todos los países de la región al comienzo del siglo XXI y ver hoy quién, en esta carrera entre liebre y tortuga, tiene más resto. Al respecto, es probable que si el kirchnerismo no se hubiese peleado con el mundo, ni falseado las estadísticas para encubrir la inflación; si no se hubiese comido con el tiempo los superávits, sin salir siquiera del festival de subsidios; si no hubiera arruinado el negocio petrolero, para tener que importar energía a lo pavote; si hubiese tenido más respeto por las instituciones y creído en la seguridad jurídica como basamento de la competitividad; si hubiese respetado el federalismo sin someter a los gobernadores a la caja central o puesto tanto énfasis para encolumnar a la prensa detrás de un discurso único y otros tantos supuestos de coyunturas mal gestionadas, probablemente la fuga de capitales no habría tenido lugar y no se habría llegado al atraso cambiario, al cepo para viajeros y mercaderías y al congelamiento de precios. Si no hubiese ocurrido todo eso y las energías se hubieran canalizado en promover el diálogo con todos los sectores para diseñar políticas públicas comunes y los recursos volcados en obras de infraestructura, en trenes seguros, en planificación urbana, seguridad para los ciudadanos o planes de contingencia para atender catástrofes, otro podía haber sido el resultado que ahora explota con todo el dramatismo y hace que se acreciente la repulsa hacia los dirigentes. Desde el análisis, el resultado de la tormenta ha mostrado una vez más la provisoriedad de los pronósticos de carácter político, tal como hace unos días lo fue la elección de Jorge Bergoglio como sucesor de Benedicto XVI. Otra vez sorprendido, el Gobierno trastabilló y pretendió girar en el aire, tal como cuando debió aceptar como un trago amargo, después de un primer repudio, la adhesión popular que sumaba el nuevo Papa. Esta vez, con rechiflas varias, fueron los damnificados quienes cortaron de raíz el intento de los funcionarios por conseguir tapas de diarios antes que brindar soluciones para la gente, repulsas que tomaron mayor cuerpo por ciertas bajezas que salieron a la luz, a partir de mentiras, exageraciones y manipulaciones que surgieron apenas el primer temporal se abatió sobre la Capital Federal. En esas primeras horas, la planificación kirchnerista sólo se notó en la estrategia de pegarle a Mauricio Macri, a partir de que estaba en Brasil y de los seis muertos porteños. Fue un ejercicio muy penoso leer el sesgo de propaganda que tomó la prensa oficialista del miércoles pasado, a partir de bajadas de línea muy precisas sobre cómo y a quién endosarle la factura. No sabían que en otro distrito, la ciudad natal de la presidenta de la República, iba a haber más muerte y destrucción. Ya se verá cuánto dura la tregua de hecho que impuso el decoro y la preocupación presidencial, aunque en esta historia de traiciones y búsqueda de aprovechamientos políticos nunca se sabe.
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