La versión de Stiuso

Por Redacción

Es razonable suponer que nadie sabe más que Antonio “Jaime” Stiuso, el espía más célebre del país, sobre la situación en que se encontraba el fiscal Alberto Nisman en los días previos a su muerte y que por lo tanto estaría en condiciones de aportar mucho a la investigación de uno de los sucesos más resonantes, y más truculentos, de los años últimos, pero por tratarse de un exoperativo de inteligencia, a pocos se les ocurriría tomarlo por un testigo confiable. Así y todo, a juicio de los ya persuadidos de que se trata de un “magnicidio”, sus palabras acerca del “interés” de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, Carlos Zannini, Aníbal Fernández y Oscar Parrilli en la muerte de Nisman parecen basarse en algo más que el deseo de un exespía de perjudicar a los responsables de echarlo del cargo que había desempeñado durante muchos años. Sea como fuere, la reacción de Parrilli, el jefe de la recién creada Agencia Federal de Inteligencia sobre las ruinas de la ex-SIDE en la fase final de la gestión de Cristina, al aconsejarle a Stiuso “cuidarse” para que no le pasara lo mismo que a Nisman, sólo sirvió para intensificar el clima de sospechas que, desde el descubrimiento del cadáver del fiscal en el baño de su departamento en Puerto Madero, ha generado el caso. Son tantos los “intereses” en juego que, mientras no se haya aclarado lo que sucedió la mañana del 18 de enero del año pasado, acusaciones como las insinuadas por Stiuso permanecerán plausibles. De imponerse la tesis preferida por los kirchneristas de que Nisman se suicidó ya por razones personales, ya por temor a que la denuncia que había preparado no tuviera validez jurídica, el asunto no tardaría en perder importancia, pero parece que en las semanas últimas se ha consolidado la teoría reivindicada por los convencidos de que fue víctima de un asesinato. Descartada la posibilidad de que haya sido cuestión de un crimen común más, del tipo que todos los días se da en el país, es natural que se haya incluido entre los sospechosos a quienes en su opinión tuvieron motivos para querer eliminar a un fiscal que podría ocasionarles muchos problemas, pero ello no querría decir que funcionarios tan destacados como los mencionados por Stiuso estuvieran dispuestos a arriesgarse ordenando a sus subordinados matarlo. Con todo, sería por lo menos factible que sujetos de menor cuantía emotivamente vinculados con el “proyecto” kirchnerista lo hicieran por suponer que de tal modo ayudarían a la entonces presidenta, eventualidad esta a la que aludió Stiuso al hablar de la hipotética participación de “militantes de Quebracho” o piqueteros de la agrupación liderada por Luis D’Elía. Huelga decir que los nombrados lo negaron. Será más difícil refutar otra denuncia que formuló Stiuso. Afirmó que, después de la muerte de Néstor Kirchner, “nos llamó Cristina para decirnos que dejáramos de investigar la pista iraní” en la causa AMIA, pero que “no obedecimos”. Puesto que el gobierno kirchnerista pronto rompería filas con los países occidentales, acercándose aún más al venezolano Hugo Chávez, un aliado declarado de los teócratas iraníes, lo dicho por Stiuso no habrá sorprendido a nadie. Tampoco resultaría inconcebible que los servicios secretos iraníes, con la colaboración de sus amigos locales, se hayan encargado del asesinato de un hombre que les ocasionaba muchas dificultades, puesto que ya han dado muerte a docenas de disidentes políticos y otras personas en distintas partes del mundo. Aunque en cierto modo les convendría a los deseosos de despolitizar el caso Nisman culpar a los iraníes, el que el gobierno de Cristina, con el apoyo de los legisladores kirchneristas, haya querido pactar con un régimen que era mundialmente notorio por su voluntad de actuar como la mafia, asesinando a todos aquellos que podrían causarle problemas, lo perjudicaría a ojos de la opinión pública. Asimismo, desvirtuaría el planteo de quienes atribuyen la voluntad de los kirchneristas de poner fin al conflicto con la República Islámica a dudas sinceras acerca de la autoría intelectual del atentado terrorista más devastador de toda la historia nacional, ya que habrán entendido que los teócratas eran plenamente capaces de pisotear los derechos humanos de los argentinos por motivos que podrían calificarse de geopolíticos.


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