Las cartas íntimas del cronopio

Sus amigos, sus escritores admirados y sus pasiones.

Por Redacción

Gabriela Mayer DPA

“Odio las cartas literarias, cuidadosamente preparadas, copiadas y vueltas a copiar; yo me siento a la máquina y dejo correr el vasto río de los pensamientos y los afectos”, confiesa Julio Cortázar en su correspondencia, que por estos días se publica en cinco volúmenes, con más de 1.000 cartas inéditas. El epistolario permite sentir nuevamente a Cortázar “como si estuviera escribiendo en la mesa de al lado”, a la vez que pone de manifiesto “la formidable coherencia entre vida y obra” del escritor argentino, apunta el editor y filólogo español Carles Álvarez Garriga. Los tomos 1, 2 y 3 salieron en febrero en Argentina y en abril aparecerán las “Cartas” 4 y 5, con el período que abarca hasta 1984, año de su muerte en París. En estas “Cartas” (Alfaguara) se restituyen fragmentos suprimidos en la primera edición (2000) a cargo de Aurora Bernárdez, albacea de Cortázar, con colaboración de Gladis Yurkievich. Y como Cortázar guardó muy pocas copias de sus epístolas (“Hay que conocer muy mal a los cronopios para imaginar que guardan cartas”), se consultó a amigos, conocidos y especialistas si atesoraban páginas suyas. La cifra lograda es impactante: Más de 1.800 cartas, telegramas y tarjetas postales conforman la versión corregida y aumentada de la correspondencia de Cortázar por cuenta de Bernárdez, su primera mujer, y Álvarez Garriga, quienes ya editaron “Papeles inesperados” y “Cartas a los Jonquières”. En los próximos meses se publicarán las “Cartas” en otros países de Latinoamérica y llegarán a España a partir de mayo. Estos textos del cronopio, que respiran humor e ironía, permiten reconstruir la gestación de algunas de sus obras cruciales como “Historias de cronopios y de famas” (1962) y “Rayuela” (1963), así como la consolidación del “boom” de la literatura latinoamericana que lo tuvo entre sus protagonistas. En las cartas emerge su admiración por Carlos Fuentes y “La región más transparente” (“Con usted hay que tirarse a fondo, devolver golpe por golpe la paliza que nos pega a los lectores con cada página”), Gabriel García Márquez y “Cien años de soledad” (“En estos últimos años, no veo nada comparable a esa novela y a ‘Paradiso’ de Lezama Lima en nuestras tierras”) y Octavio Paz (“uno de los hombres más inteligentes que he conocido entre los poetas”). Y a José Lezama Lima le escribe: “En estas islas a veces terribles en que vivimos metidos los sudamericanos (pues la Argentina, o México, son tan insulares como su Cuba) a veces es necesario venirse a vivir a Europa para descubrir por fin las voces hermanas”. Y Cortázar vuelca sus esfuerzos en ayudar a las voces no consagradas, como por ejemplo un joven Mario Vargas Llosa. A lo largo de cientos de páginas también manifiesta sus desvelos políticos, entre ellos su acercamiento a La Habana. “… si ya no fuera demasiado viejo para estas cosas, y no amara tanto a París, me volvería a Cuba para acompañar la revolución hasta el final”, asevera en 1963. Respecto de su patria, el escritor nacido accidentalmente en Bruselas en 1914 explica a mediados del 60: “Por ahora soy un argentino que anda lejos, que tiene que andar lejos para ver mejor”. O con tono más duro: “nada ha cambiado básicamente desde que me fui del país, como no sean los nombres de los jugadores de fútbol, los diputados nacionales y los precios de los trajes”. Del epistolario también surge el ser sensible que extraña a sus amigos: “Creo que la vida enseña a no equivocarse en materia de amistad. Los únicos errores son los geográficos, el absurdo de que unos tengamos que irnos a Francia mientras otros viven en el Uruguay o la Argentina”. Que se ilusiona con las visitas de sus afectos a París y también lamenta sus silencios epistolares, aunque muchas veces se disculpe por no tener tiempo para responderles. En 1982 manifiesta gran preocupación por su tercera mujer, Carol Dunlop: “Estoy viviendo un momento harto angustioso de mi vida, porque Carol está muy enferma y por el momento no hay ninguna certeza de que pueda superar una situación que se prolonga desde hace más de dos meses”. “I’ll die a cronopio yet (Seré cronopio hasta la muerte)”, pronosticaba Cortázar en 1965. A la luz de su voluminoso epistolario, y mientras los cronopios celebran este año medio siglo de su publicación, se confirma el vaticinio.