Las desgracias de Dilma

Por Redacción

La presidenta brasileña Dilma Rousseff no necesitaba que la jefa del FMI, Christine Lagarde, le recordara que los más perjudicados por la falta de disciplina fiscal son los más pobres cuyos ingresos dependen casi por completo del desempeño de la economía en su conjunto, pero sus esfuerzos por ordenar las cuentas nacionales ya le han costado la popularidad que le permitió triunfar, por un margen muy exiguo, en las elecciones presidenciales del año pasado. Según las encuestas más recientes, apenas el 13% de los brasileños aprueba su gestión y pocos días transcurren sin que haya ruidosas manifestaciones multitudinarias en su contra. Si bien algunos de los problemas de Dilma pueden atribuirse a su personalidad nada carismática, aun cuando poseyera el poder de convocatoria de su padrino político, Luiz Inácio Lula da Silva, no le sería fácil resolver el dilema planteado por el hecho de que, en países de cultura política populista, la mayoría se haya acostumbrado a aplaudir medidas que en el corto plazo brindan cierto alivio pero que, a la larga, resultan contraproducentes. Así, pues, aunque adoptar una política más expansiva sin preocuparse por las consecuencias podría ayudarla a recuperar el prestigio perdido, los beneficios económicos serían pasajeros mientras que las desventajas no tardarían en hacerse evidentes. Dilma esperaba disfrutar de una luna de miel poselectoral en la que le sería dado tomar medidas antipáticas sin correr demasiados riesgos políticos, apostando a que en la segunda mitad de su período presidencial de cuatro años sus compatriotas le agradecieran por haber saneado la economía, pero, desgraciadamente para ella, merced tanto a su propia voluntad de ensayar un programa muy parecido al reivindicado en el transcurso de la campaña electoral que culminó en octubre pasado por el rival que derrotó en las urnas, Aécio Neves, como a una serie de escándalos de corrupción relacionados con Petrobras, la tradicional luna de miel no le fue concedida. Por el contrario, no bien logró la reelección, un sector sustancial de la ciudadanía le pidió el divorcio, amenazándola con un juicio político por su eventual participación en la cadena de felicidad de la gigantesca empresa petrolera estatal. Lo mismo que otros países “emergentes”, para emplear el eufemismo de moda para designar a los subdesarrollados o atrasados, Brasil experimentó una etapa de crecimiento vigoroso de resultas del boom de commodities desatado por China, pero el gobierno del Partido de los Trabajadores se resistió a entender que se trataba de una fase que tarde o temprano llegaría a su fin. Si bien en comparación con nuestro gobierno y el venezolano, los de Lula y Dilma fueron dechados de sensatez, subestimaron las dificultades que su país tendría que superar para continuar avanzando. Al caer los precios internacionales de la soja, el petróleo y productos mineros, Brasil entró en una crisis que amenaza con prolongarse. El Banco Central acaba de informar que Brasil está en recesión, ya que en el primer trimestre del año el producto bruto se achicó el 0,8%, luego de haber registrado una contracción del 0,2% en el último trimestre del año pasado. Si sólo fuera cuestión del impacto del ajuste financiero que está aplicando el ministro de Hacienda Joaquim Levy, los brasileños podrían confiar en que, después de sanearse, su país reanudaría el crecimiento en condiciones más sostenibles que antes, pero, apagada la euforia de quienes habían creído que era inevitable que Brasil se erigiera en una gran potencia económica no sólo regional sino también internacional, muchos entienden que el desarrollo integral requeriría reformas estructurales, acompañadas por una revolución educativa, que para muchos serían dolorosas. Además de luchar contra la corrupción, la evasión impositiva y otros males típicos de la región, un gobierno resuelto a salir de lo que los economistas llaman “la trampa del ingreso medio”, es decir la propensión de sociedades que han dejado atrás la pobreza extrema a conformarse con lo ya logrado, tendría que reducir la influencia de poderosos intereses creados defendidos por sindicalistas y empresarios de mentalidad proteccionista, como los del lobby paulista que tanto han contribuido a mantener casi cerrado el mercado brasileño.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Lunes 25 de mayo de 2015


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