Las desigualdades demográficas se trasladan a lo socioeconómico
La dirigencia política no se ocupa del desequilibrio demográfico que signa a la Argentina. Su pereza mental para abordar el tema –o definido interés por evitarlo– contrasta con la calidad y cantidad de trabajos que informan y reflexionan sobre el problema. En general, provienen del campo académico y de instituciones privadas dedicadas a la investigación socioeconómica.
En los dos años últimos –por caso– se publicaron más de media docena de libros en los que se trata el tema.
José María Fanelli –doctor en Economía por la UBA y especializado en crecimiento y problemas financieros del crecimiento–, escribió: “La Argentina y el desarrollo económico en el siglo XXI. ¿Cómo pensarlo? ¿Qué tenemos? ¿Qué necesitamos?”
Las que siguen son algunas de las reflexiones contenidas en el trabajo, que hacen al fundamento de la distorsión demográfica que define al país. Veamos:
• El gráfico 3 es ilustrativo respecto de las grandes diferencias de tamaño entre las provincias de la Argentina. Según este registro, Buenos Aires, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba explican el 68% del producto de la economía y, si sólo tomamos los dos primeros distritos, la proporción no baja mucho del 52,5%.
• Las diferencias en el ingreso por habitante son incluso más impactantes que la disparidad en el tamaño de las economías. El rango va de niveles similares a los de países desarrollados (en Santa Cruz, Neuquén, la CABA, Santa Fe y Córdoba) a valores propios de países muy pobres (Jujuy, Santiago del Estero, Formosa y Chaco). O sea, Argentina, reflexionada desde este plano, esconde dos países.
• Si se acepta que el ingreso per cápita de una región es, antes que nada, el reflejo del nivel de productividad alcanzado, estas cifras están indicando que las diferencias de productividad laboral entre, digamos, Chaco y la CABA son abismales. Sería muy difícil que en ambos espacios geográficos los trabajadores estén utilizando tecnologías similares para producir. Es mucho más natural plantear la hipótesis de que la Argentina presenta heterogeneidades estructurales muy marcadas. Por supuesto, podría preguntarse por qué los chaqueños no van a trabajar a la CABA y acceden a las mismas oportunidades de los argentinos que viven allí. En el país no hay ningún tipo de traba a la movilidad y, sin embargo, estos incentivos de alguna manera no operan.
• En relación con esto hay dos fenómenos a considerar. Por una parte, los canales que comunican al sector moderno y el de la subsistencia pueden no operar –sistema financiero, políticas públicas– y, por ende, los recursos pueden terminar mal asignados. Por otra, los habitantes del sector subsistencia suelen no estar en condiciones de aprovechar las oportunidades porque están atrapados en trampas de la pobreza debido a la falta de capital físico y humano.
• De hecho, cuando los trabajadores de las zonas deprimidas efectivamente migran hacia los centros de mayor productividad, no se integran a las actividades modernas: quedan segregados en barrios sin infraestructura ni establecimientos educativos y pasan de estar entrampados en sus provincias a estarlo en el Gran Buenos Aires o el Gran Rosario.
• Estos hechos sugieren que las economías de aglomeración y escala han estado actuando de manera muy significativa y han creado polos de atracción en los grandes centros urbanos, con los cuales al resto de las regiones les cuesta mucho competir: una vez que los grandes centros han sacado una ventaja suficiente –probablemente inducida por la distribución del recurso tierra y facilidades de comunicación y transporte–, los rendimientos crecientes creados por las economías de aglomeración y escala hacen el resto.
Estudios y propuestas académicas para el desarrollo