Las Perlas: ese lugar olvidado que promete negocios millonarios
Pertenece a Río Negro, pero sus habitantes trabajan en Neuquén. Tierra de puebladas e indignación, busca su lugar en el mapa regional. El boom inmobiliario toca sus puertas, pero los servicios no llegan.
Río Negro
En este lugar indefinible y castigado por la geografía, el tiempo no transcurre. Son las 11 de la mañana y el centro de Neuquén bulle, se apelotona, transpira en una jornada pegagosa de 36 grados. En Cipolletti las colas de los bancos gestan seres indignados y estacionar es un martirio. A pocos kilómetros de esas ciudades, en Las Perlas, el andar es cansino, imperceptible, apenas si el viento juguetea con árboles pelados que niegan la idea de un plan de forestación.
La mole horizontal de 180 metros de hormigón, el puente que alguna vez costó 2,3 millones de pesos/dólares y fue el “metejón” de Miguel Lembeye, viejo pionero y señor “feudal” fallecido en el 2001, con pinta de pescador de mares interminables y mente superadora, es el pasadizo a un “limbo” de indignación y esperanzas, de reclamos y satisfacciones, un lugar de más de 12.000 hectáreas plagado de irregularidades, que sugiere un gran negocio inmobiliario pero que ni siquiera tiene servicios mínimos, aún sabiendo de su explosión demográfica.
Las Perlas es la capital del absurdo. Depende de Río Negro pero el 90% de la población tiene domicilio en la vecina capital, trabaja, estudia, se sana y compra en las calles neuquinas (está a 15 kilómetros). Las Perlas no es ciudad, pueblo ni comisión de fomento (por eso aquello de indefinible), pero viven casi tantos como en Plaza Huincul (14.000). Depende de Cipolletti, aunque es vista como una carga. A muchos les regalaron las tierras y apenas un puñado paga sólo la electricidad (unos 250). La luz es de Calf y la paga Río Negro, en conjunto y mal dada; el transporte urbano corresponde a Indalo, el gas y las cloacas, a nadie. La inseguridad va en incremento, hay cuatro policías permanentes en la flamante subcomisaría, pero las camionetas de patrullaje rara vez arrancan. La seguridad depende de Río Negro, pero los pobladoras juran que los “hijos de lo ajeno” llegan a tomar lo que no es suyo desde Neuquén. Y la comisaría con jurisdicción en la zona está en el centro de Cipolletti, a unos 25 kilómetros.
Las Perlas gesta pequeñas “puebladas” de vez en cuando, pero nadie dejaría de vivir allí. Los guardapolvos blancos están aún guardados en los placares, los padres viven indignados, hay agrupaciones que reclaman la independencia, dejar de depender del departamento General Roca para pasar a El Cuy -al que geográficamente pertenecen- y despotrican contra la Forestadora del Limay, la firma que compró el fallecido Lembeye y que ahora manejan su hija María y uno de sus nietos, Santiago Giulieti.
A María se le llenan esos ojos azules, prístinos, de nostalgia. Recuerda que su padre fue el primero en todo: el que adquirió la Forestadora, compró las miles de hectáreas, levantó la primera casa, construyó la escuela inicial, fue el único médico de esa época, colonizó. Entregó tierras para gestar un pueblo, “hacer lo que no hacía el Estado”. Le contaron que en 1967 (tenía 14 años) Lembeye, con plata prestada, se sentó con Baldomero Moreno, que el vendedor apoyó un revólver en la mesa y que así comenzó Las Perlas.
Claro, las concordancias en Las Perlas son difíciles de encontrar como las escrituras de los terrenos, y la historia no oficial dista de la lírica y la epopeya. “Son muchos los que dicen que Lembeye adquirió tierras que eran fiscales, que siempre pensó en un gran negocio inmobiliario”, repite Raquel Renda, de la agrupación “Todos por la Balsa”, propietaria de un terreno dentro de las 300 hectáreas que pronto pasarán a la órbita de Cipolletti, verborrágica, amante de la naturaleza y el arte.
En su casa, una agradable y austera construcción inundada de artesanías, dulces caseros e historias imperecederas, la mujer y su amiga Lilia Larrondo muestran documentos amarillentos, que atesoran como fotos familiares. En uno de ellos, una comisión investigadora de la Legislatura rionegrina, en agosto del 86, señala que Lembeye utilizó ante diferentes organismos (ministerios de Gobierno, Obras Públicas, Salud, Trabajo, el Consejo de Educación, etc.) diferentes “escollos” y “argucias” para no brindar información. También que a esa época, Forestadora no estaba registrada como sociedad en Personas Jurídicas. En febrero del 84, el otrora director de ese organismo, Eduardo Alberto Rosso, le hizo saber vía nota al titulares de la dirección de Municipalidades, Enrique Pinochet, que la “firma Forestadora del Limay S.A no se encuentra registrada”. Aún así, el proceso de “colonización” nunca se detuvo.
El negocio y las pequeñas “puebladas”
Este lugar que se recuesta sobre la margen sur del Limay ofrece corrientes cristalinas y una variada paleta de colores. El sol calienta las piedras y el aire contaminado parece un “verso” televisivo. Eso sí, la paz que se siente en las calles durante un día de semana contrasta con el volcán que quema las vísceras de muchos pobladores. De una u otra forma, todos disparan contra el poder estatal.
Giuliani dice que el negocio inmobiliario está a la vista y será próspero, pero sigue anclado en los laberintos de la burocracia. Igual, hay vecinos que ofrecen lotes a no menos de 100.000 pesos.
Los primeros pobladores recuerdan que era comisión de fomento hasta que, en el 87, la Legislatura aprobó su ingreso al territorio de Cipolletti. “Ahí comenzamos a ser el barrio no deseado”, lamenta José, camisa abierta, lentes oscuros, dos hijos y vecino desde los 90. Aquí aparece “Todos por la balsa”, que representa la disidencia en un lugar donde las decisiones se concentran en 50 metros. Despotrican contra la municipalidad y todo lo que se parezca al poder, incluida la Forestadora. “Hay todo tipo de irregularidades: no entregan los títulos de los terrenos (la gran mayoría sólo posee tenencia precaria), venden calles, cierran pasos al río, extraen decenas de camionadas de áridos que van a parar a la construcción de Neuquén sin realizar al menos un estudio de impacto ambiental”. Obviamente, quieren lo contrario a la Forestadora: la independencia de Cipolletti, los títulos, pertenecer a El Cuy (”con la cantidad de gente que hay, seríamos cabeza de departamento) y tener un intendente “perlense”.
La política sólo se sugiere en Las Perlas. No es explícita ni contamina la vía pública. Los funcionarios entran en escena cuando los vecinos estallan y cada conquista coyuntural es una “batalla” ganada: el colectivo se “ganó” cuando cortaron el puente y amenazaron con trabar el Dakar; instalaron un destacamento policial tras el asesinato de Jaime Fuentes y lo transformaron en subcomisaría luego de ahogarse la pequeña Belén; la comunidad educativa armó su malambo de protesta y hasta escrachó a ministros, pero no hay clases. “El Estado nunca apareció y tomamos la función. Cuando vino sólo fue para expropiar”, suelta María Lembeye, primera maestra allí, jubilada y puesta al frente de un negocio que tiene décadas y brilla como el oro. “Con la donación de las 300 hectáreas al Estado terminaremos la primera etapa y largará la segunda, de comercialización. Tras 50 años de ayudas e inversiones, esperamos poder hacerlo”.
Su sobrino, Santiago Giuletti, apoyado en los planos y la foto del abuelo en la cabecera, dice que la Forestadora se ve “perjudicada por el atraso en las obras y los servicios”. Y aclara, lacónico: “Acá los políticos y funcionarios de Río Negro no vienen a hacer promesas porque todo el mundo vota en Neuquén. Y los neuquinos no lo hacen porque Las Perlas corresponde a Cipolletti. Suena ilógico”. Está claro que la peor jugada fue geográfica. Vuelve sobre la idea de que el viejo Lembeye fue un “visionario”, y tiene razón. Adquirió algo que no valía un céntimo hace añares, cabalgó el río a balsa, le ganó un juicio a Río Negro, levantó un puente, hizo experimentos de supervivencia y observación, curó, ayudó, metió miedo, vendió, procreó un sector productivo y armó de su persona una leyenda polémica y definitiva. Como su fundador, Las Perlas es multifacial. Un paraíso valletano aún sin desarrollo, con proyectos millonarios (incluido el bautizado Barrial Colorado) y multiplicidad de interrogantes, superpoblado para los servicios que ofrece, con carencias básicas y sujeto por diferentes “cordones” a dos ciudades que lo miran de reojo.
Sebastián Busader
sbusader@rionegro.com.ar
Sebastián Busader
La comunidad educativa reclama el inicio de clases.
Río Negro
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