Las rarezas de un genio
A la gente le gusta asomarse a historias con científicos raros. Prueba de ello, el éxito del libro y de la película “Una mente brillante”, la biografía de John Nash, premio Nobel de Economía 1994. Ahora se habla mucho de otro matemático genial cuya vida ofrece interés del mismo tipo.
Como es sabido, no existe el Nobel para las Matemáticas, un hecho que responde, según una de las explicaciones, quizá a un capricho sentimental del magnate sueco que estableció la fundación que lleva su nombre. Para llenar el hueco la Unión Matemática Internacional constituyó su propio premio, la Medalla Fields, que exhibe en su anverso una imagen de Arquímedes y en el reverso, en latín, la sentencia “Ir más allá de uno mismo y dominar el mundo”. Es una distinción máxima que se otorga cada cuatro años a matemáticos de menos de 40. Por su lado el Instituto Clay, una fundación sin fines de lucro que tiene sede en Cambridge, Massachusetts, ante el desafío de ciertas preguntas clásicas de la disciplina que no han podido ser resueltas en años, estableció en el 2000 su propio galardón –el “Clay Millennium Prize”, dotado de un millón de dólares– para la primera persona que resolviese cualquiera de los “Siete problemas del Milenio” planteados históricamente por líderes de la disciplina. Uno de esos famosos problemas de la alta matemática ha sido la llamada “Conjetura de Poincaré”, la hipótesis sobre cierta propiedad topológica de una esfera planteada en 1904 por Henri Poincaré, el gigante intelectual francés que dio fundamento a la teoría del caos y estuvo casi a la par de Einstein en el planteo de la Teoría de la Relatividad. Respecto de este problema clásico, que ocupó durante años los esfuerzos de los mayores talentos de la disciplina, sucedió que en el 2002/2003 un matemático ruso de nombre Grigori Perelman publicó en internet (no en un medio de comunicación científica como es de rigor) tres papers en los que describió una solución a la conjetura. Varios grupos de eminentes especialistas de distintas universidades (de Estados Unidos, China e Inglaterra) se aplicaron en estudiar los documentos de Perelman y finalmente desde ellos se destacó “la originalidad del trabajo y la sofisticación técnica de sus argumentos, todos los cuales resultaron correctos”. Fueron comentados mundialmente como “el hallazgo matemático del siglo”. Así los hechos, en el XXV Congreso Internacional de Matemáticos la unión le otorgó a Grigori Perelman la prestigiosa Medalla Fields –estimada, se sabe, como el Premio Nobel de la disciplina– por su trabajo en la prueba de la Conjetura de Poincaré. Tras cartón ocurrió lo insólito. Con fundamento en que “si la prueba es correcta entonces no se necesita otro reconocimiento”, Perelman, ante la sorpresa de quienes no lo conocían bien, declinó el premio. Pero la historia tuvo un segundo acto. El 18 de marzo de este año el Instituto Clay anunció que su Premio de los Problemas del Milenio se le concedía a Perelman por haber cumplido con su trabajo sobre la hipótesis Poincaré con los criterios establecidos para ser concedido. El matemático ruso rechazó también esta distinción y con ella el millón de dólares involucrado. Luego amplió un poco sus razones. “No quiero estar en exposición como un animal del zoológico. No soy un héroe de las matemáticas. Por eso no quiero que todo el mundo me está mirando”, declaró. Un profesor de Harvard dio su interpretación sobre Perelman juzgándolo como “una persona muy poco convencional que está en contra de todo lo que implique fausto o idolatría”. “Brillante y notoriamente antisocial”, lo calificó otro. “Se ha marginado de la comunidad matemática, se ha desilusionado con las matemáticas”, anotó un tercero. Se lo vio últimamente, de lejos, en una estación de ferrocarril, con el pelo largo, ropas descuidadas y su apariencia tipo Rasputin. Una psicóloga experta en el tema ha diagnosticado que su apariencia personal y su conducta en sociedad hacen suponer que tiene el síndrome de Asperger, una clase de autismo. Lo cierto es que parece haberse separado de este mundo y ahora vive con su madre en un austero departamento de San Petersburgo, según informa la reseña del libro de Masha Gessen “Perfect Rigor: A Genius and the Mathematical Breakthrough of the Century” que publicó la “New York Review” y que aprovechamos como base de esta nota. El caso de Grigori Perelman evoca el de John Nash, referencia de la película “Una mente brillante” que dirigió Ron Howard y protagonizó Russell Crowe sobre la curiosa trayectoria del matemático que en 1949, a los 21 años, envió a la National Academy of Sciences un breve paper que iría a revolucionar la teoría de los juegos. Después, aquejado de esquizofrenia, comenzó un largo peregrinaje por hospitales psiquiátricos del que emergió, pasadas varias décadas, para recibir, en mérito de aquella temprana genialidad, el Nobel de Economía. Se trataba de un individuo cuya vida ejemplifica algo que muchas veces ha sido intuido o comprobado: la correlación entre creatividad filosófica, científica o artística y personalidad de tintes psicóticos. Los casos de genios con rasgos de humanidad extraña pertenecen a una tradición conocida. Descartes, Newton y Kant, los mayores, están en una lista parcial que incluye a Rousseau, Chopin, Joyce, Keats, Byron, Melville, Wiener y Wittgenstein. (*) Doctor en Filosofía
HéCTOR CIAPUSCIO (*)
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