Las zonas erógenas de la literatura argentina
Una narrativa que se instaló en el país en el siglo XX sólo fue silenciada por las dictaduras
Si se acepta la conceptualización de Graciela Gliemmo, podría decirse que la narrativa erótica se instala en el corpus de la literatura argentina a partir del siglo XX, cuando se aparta decididamente del relato amoroso canónico y comienza a prescindir de la exaltación de sentimientos para justificar el encuentro carnal entre los personajes.
Durante el siglo anterior -por lo menos en América latina- la estética romántica había llevado a vincular de manera excluyente el erotismo con el amor.
No sólo eso: obras como «María», del escritor colombiano Jorge Isaacs, o «Amalia», del argentino José Mármol, por ejemplo, hacen coincidir el relato de la posesión del cuerpo amado con los avatares familiares y sociales que rodean a los protagonistas, en un intento por evitar que la trama se concentre únicamente en la exaltación del goce del cuerpo.
Uno de los primeros referentes argentinos vinculados a la narrativa erótica es sin duda Leopoldo Lugones, en cuyas obras el erotismo aparece naturalmente emparentado con la sordidez. Para el escritor, la pasión tiene algo vampiresco y extenuado, y está atravesada por una incalculable oscuridad. «Sentirte agonizar bajo mis besos, de oírte gemir como una garcita herida, de beberte hasta la desesperación», escribe por ejemplo en una carta dirigida a su amante Emilia Cadelago, a quien bautiza Aglaura.
La vertiente inaugurada por el autor de «Lunario sentimental» y «Las fuerzas extrañas» es retomada y consolidada poco después por Silvina Ocampo, quien en relatos como «El pecado mortal» se centra no sólo en la relación entre el sexo y el pecado en un ámbito dominado por el catolicismo, sino en el desarrollo de una historia organizada en la convicción de que «los símbolos de la pureza y del misticismo son a veces más afrodisíacos que las fotografías o que los cuentos pornográficos».
Sin embargo, la ausencia de una tradición de escritura erótica y la falta de modelos continentales en materia narrativa, fue determinante para algunos narradores. Tal es el caso de Julio Cortázar, que en «Ultimo round» (1969) escribe: «…el subdesarrollo de la expresión lingüística en lo que toca a la libido vuelve casi siempre pornográfica toda materia erótica extrema (…) El miedo sigue desviando la aguja de nuestros compases; en toda mi obra no he sido capaz de escribir ni una sola vez la palabra concha, que por lo menos en dos ocasiones me hizo más falta que los cigarrillos».
Hacia mediados de los 60, el género erótico parece beneficiarse con la irrupción de consignas como la exaltación del amor libre, la liberación sexual y la equiparación de roles. Así surge una corriente que, a contramano del resto de la narrativa latinoamericana -por entonces captada por la vertiente testimonial- propicia la experimentación y circulación del género erótico por sobre el resto de los discursos. En ese marco, surgen obras como «El fiord» (1969), de Osvaldo Lamborghini, «La condesa sangrienta» (1971), de Alejandra Pizarnik o «El frasquito» (1973), de Luis Gusmán.
La dictadura militar de 1976 genera el silenciamiento momentáneo de esta línea de escritura, que en algunos casos subsiste fuera del país. Tal es el caso de «Luna caliente» (1983), de Mempo Giardinelli -escrita en México- o «Lo impenetrable» (1984), escrita por Griselda Gambaro durante su exilio en España.
La producción del género se reactualiza recién a mediados de los 80 a partir del aporte de escritoras como Tununa Mercado con «Canon de alcoba» (1988) o «Erotópolis» (1994), de Viviana Lysyj.
En 1992, la revista «El libertino» se encarga de difundir y reubicar al erotismo como género específico, tanto a través de la publicación de relatos como de la realización de un concurso de cuentos eróticos -en 1994- y la organización de dos muestras de arte erótico en el Centro Cultural Recoleta que tuvieron una afluencia considerable de público y generaron polémicas insospechadas sobre la homosexualidad y el sida. Un año después, se publica «La Venus de papel», que reúne por primera vez textos eróticos de destacados escritores argentinos. Hasta ese momento, las antologías habían compilado -en lugar de relatos completos- fragmentos de novelas en las que el erotismo sólo era un tema más.
Y así llegamos al contexto actual, atravesado por toda la serie de antologías que pretenden dar cuenta del interés de los narradores locales por la topografía erótica. Seguramente, este interés está vinculado con la pulsión de muerte que subyace en todo ejercicio de erotismo. Esta idea es muy bien explorada por la ensayista norteamericana Susan Sontag, cuando en su obra «Estilos radicales» se refiere a las hipótesis del surrealista George Bataille.
«Los seres humanos afirma (Bataille) en el ensayo que forma parte de «Madame Edwarda», sólo viven a través del exceso. Y el placer depende de la «perspectiva», o del entregarse a un estado de «existencia abierta», abierta tanto a la muerte como a la alegría (…) Lo que Bataille desnuda es el nexo subterráneo de la experiencia erótica extrema con la muerte», escribe la autora de «Contra la interpretación». En esta afirmación, posiblemente susbsista una clave para desentrañar tanto afán por testimoniar la experiencia erótica. (Télam).
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