Lástima bandoneón
Fue autor de grandes éxitos como “Qué tango hay que cantar”.
Con temas propios como “Mi bandoneón y yo” o versiones de clásicos, Juárez dejó su huella en el tango.
El bandoneonista, cantante y compositor Rubén Juárez falleció ayer, a los 62 años, en el sanatorio Güemes donde se encontraba internado debido a un “deterioro importante” en su salud, víctima de un cáncer de próstata.
Por haber alcanzado la nominación de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, sus restos fueron velados en la Legislatura porteña.
Dueño del recordado Café Homero ubicado en el barrio porteño de Palermo, Juárez dejó ese local para radicarse tiempo atrás en Villa Carlos Paz, Córdoba, provincia donde nació el 5 de noviembre de 1947, en Ballesteros.
Desde su intensidad interpretativa y su profundo amor hacia la música ciudadana, Juárez se erigió en una suerte de puente entre los músicos de su generación y la vanguardia del tango: compartió escenarios con grandes como Roberto Goyeneche y el pianista Osvaldo Tarantino y también con jóvenes exponentes del género.
Juárez tenía dos años cuando su familia dejó Córdoba para mudarse a Avellaneda, donde, a los seis años, empezó a estudiar bandoneón y guitarra.
Comenzó su etapa profesional al ganar un concurso de cantantes organizado por una cantina de barrio, La Huella del Tango. Luego concretó giras a dúo con el guitarrista Héctor Arbelo, quien había acompañado al afamado cantor Julio Sosa. En una de esas giras, Juárez conoció a Horacio Quintana, ex vocalista de la orquesta de Lucio Demare.
En poco tiempo forjó una amistad con Quintana que le abrió las puertas de Caño 14, el más importante reducto tanguero de los 60, y le facilitó grabar en 1969, para Odeón, su primer disco “Para vos, canilla”, del propio Quintana y Julio Gutiérrez Martín. Fue por entonces que su impronta llegó a ser apreciada por Aníbal Troilo “Pichuco” quien le pidió ser su padrino.
Durante la década de 1970 participó en programas de televisión como “Sábados circulares”, de Nicolás Mancera, que lo lanzó a la popularidad, y de obras de teatro musicales como “El patio de la Morocha”, dirigida por Carlos Carella.
En 1981 tocó en Trottoirs de Buenos Aires, en París, y luego en Estados Unidos. Más tarde llegó a la pantalla grande con su actuación en el filme “Tango bar” (1986-87), de Marcos Zurinaga.
Como cantante fue acompañado por las formaciones dirigidas por grandes como Carlos García, Armando Pontier, Raúl Garello, Roberto Grela y Leopoldo Federico.
En su faceta como creador de espectáculos en teatros y cafés concert, fue responsable de “Mi bandoneón y yo”, con la actuación del actor Eduardo Rudy, y “Cosas de negros” y “Cantame la justa”, con el cantante Raúl Lavié, entre otros.
“Me siento un afortunado por todo lo que la vida me dio –dijo alguna vez– tuve el honor de participar de la orquesta de Aníbal Troilo “Pichuco”, mi gran maestro; admiré y admiro al genial Astor Piazzolla, y la asignatura que me quedó pendiente fue haber grabado algo con ellos”.
(Télam)
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