Latino sin discusión
opinión
Siempre, o casi siempre, lo sentimos como a uno de los nuestros. Antonio Tabucchi no era latinoamericano pero era “latino” sin discusión. Y sus búsquedas literarias encontraron caminos coincidentes con otros escritores de esta parte del planeta. Porque, aunque Tabucchi iba detrás de la síntesis, de la línea más pura, sus palabras estaban tamizadas por aromas y texturas un poco salvajes. No contaminadas por el prejuicio. Palabras, las suyas, fugadas de una mente donde el romanticismo y la inocencia propia de una juventud mágica (tan actual como lejana) que trasciende el tiempo son las verdaderas fuentes de la creación. El Tabucchi que mejor conocemos, en más de un sentido, nos hace pensar en obras como “El coronel no tiene quien le escriba”, en “La Hojarasca”, en “La mala hora”, todas del gran Gabriel García Márquez. Y ambos novelistas a su vez nos recuerdan a Yasunari Kawabata, en el que “Gabo” se inspiró para construir su propia obra: “Memorias de mis putas tristes”. Tabucchi hizo transitar a sus lectores por pasajes antiguos. Los empujó con gestos sutiles a andar bajo un sol impiadoso. Los convenció de que el amor era un sinsentido necesario. De que la pasión no se acaba con el primer ni con el último escollo. Y les/nos enseñó por encima de todas las cosas que la nostalgia puede ser tanto un estado como un recurso en sí mismo. Un punto de partida. Un pretexto para construir castillos en el aire, fantasía histórica capaz de darle amparo a la realidad literaria. Tabucchi en cierto modo reencarnó en la figura de Fernando Pessoa, de quien fue su más ferviente admirador y su mayor difusor. Pessoa, la memoria del estupendo poeta portugués, le adeuda a Antonio Tabucchi un amor incondicional que les permitió a varias generaciones acercarse a otra obra capaz de taladrar el escudo más duro. Marcello Mastroianni fue el perfecto protagonista de la versión cinematográfica de “Sostiene Pereira”, una de sus novelas más famosas. Como a veces ocurre, Mastroianni sirvió en la pantalla como un médium capaz de traducir de una dimensión a la siguiente aquello que Tabucchi nos quiso decir con sus palabras justas. En el rostro de Mastroianni alcanza a percibirse el tatuaje imperecedero de la literatura de Tabucchi. Cada uno de los signos de su literatura: la resignación y el empuje, la hidalguía y la necesidad eterna en las pupilas, extraña belleza y economía de los elementos narrativos. Un genio invocando el alma de otro genio. “La escritura de ficción es una buena forma de conocimiento. Es una forma intuitiva sin la cual no existiría la lógica, no es un conocimiento científico pero sin este proceso prelógico no se llegaría al conocimiento”, le dijo Tabucchi a Carmen Pérez Jiménez. Aun bajo la sombra de su silencio, sus seguidores, sus lectores, sus amigos en la inmensidad, tendrán la oportunidad de seguir aprendiendo “realidad” a partir de sus ficciones.
Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar