Lavacoches

Redacción

Por Redacción

En clave de Y

MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

Hay trámites después de los cuales sólo quiero llegar a mi casa y sacarme las zapatillas. Coincidirá conmigo que luchar con el Estado, o alguna privada igual de poderosa y burocrática, deja a una sin ganas de sociales. Sin embargo, casi en la puerta, la hora, la relativa tranquilidad de la calle en mediodía largo, los interlocutores, el tema… cuando entré, mi novela casi terminaba. Le explico el escenario: estacionados, un auto tras otro. Mi cuadra se había salvado de la contaminación metálica hasta hace poco, cuando las torres de las cercanías y el superpoblado microcentro empezaron a vomitar vehículos. Y obviamente, llegaron los lavacoches. Tres muchachitos departían mientras limpiaban autos y camionetas, y sus carcajadas fueron lo primero que me llamó la atención, quizás porque yo no estaba de fiesta precisamente. Antes de entrar, abro la puerta de mi auto, estacionado ahí nomás, y busco el celular, que más seguido de lo que me gustaría, queda atrapado en algún recoveco. ¿Mucho prólogo? Aquí vamos. “Señora, se lo lavo, le hace falta un poco de agua, ¿no?”.La voz acalló las carcajadas. – Yo: No, gracias. – Él: mire, lo hago rápido. – Yo: vivo aquí. (Este nebuloso fundamento -para el pibe- viene de la idea de que los lavacoches me abordan cuando voy a otro lado). – Él: bueno, cuando salga lo tiene limpito. Entones empezó el diálogo de veras. – ¿Cómo te llamás? – Andrés. – Vení, Andrés, mirá. Y le muestro tres recuerdos de lavacoches despechados a los cuales, en distintas ocasiones, les dije no, gracias. Andrés, no quiero salir y encontrarme con otro recuerdo. ¡Nooo, señora! Yo si el cliente no quiere, no quiere, y listo. Los otros dos, que seguían la charla mientras limpiaban, se sumaron: nosotros tampoco, señora. Así que, ya casi abriendo la puerta de mi casa, pregunto: ¿y qué van a hacer cuando empiece la prohibición que anunció el intendente? *** Las orejas del señor intendente deben haber ardido, porque le dijeron de todo menos bonito. Que esos cursos no servían para nada, que eran cosas que no les interesaban, que por qué no arregla las calles y los barrios nuestros y… ¿En qué jodemos? Somos lavacoches. Yo sonrío: ¿no “trapitos”? “Eh señora, eso es un invento porteño, nosotros lavamos coches no somos trapos”. Sí. El chico había percibido con claridad el desprecio del mote, ¿Y les alcanza para vivir? Uno: y, vamos tirando, Andrés: mi mamá tiene un subsidio, y más lo que yo saco… ¿y tu papá? Ese inútil no trae nada, mejor cuando ni aparece. ¿No estudiás? Respuesta lapidaria: ¿para qué? No gané ningún premio como propagandizadora de las virtudes del sistema. De pronto, ese cinismo alegre me ganó. Se me cruzaron imágenes de tanta gente joven tratando de zafar, estudiando, trabajando, mientras otros jóvenes, de la mano de algún padrino, hacen una fortuna en pocos años. Estos chicos, por supuesto, lo saben. Lo mejor fue el final. Andrés, de pronto, se ríe a carcajadas y me dice: sabe señora, lo mejor es ser libre. Y yo los saludé y entré a mi casa con la sensación de que, obviando discursos derechistas o progresistas, hay gente para la cual esa libertad, precaria, ganada a contramano de la sociedad, valía la pena.


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