El mundo según Hebe Uhart: el ADN de la escritora argentina, tan erudita como terrenal

En "Una pequeña parte del universo" aparecen las  lecturas, obsesiones y el modo de mirar el mundo de esta gran cronista y escritora argentina, fallecida en 2018: una escritura que une filosofía, humor y experiencia para rescatar lo que suele pasar inadvertido.

Por Verónica Bonacchi

Para mí un libro es como una persona en el sentido de que si no me gusta, no lo trato”. La frase es una genialidad al estilo Hebe Uhart, una de las cuentistas y cronistas más importantes de la Argentina. Ese tipo de frases son parte de su ADN. Como esta otra: “La humanidad se divide en dos categorías: las personas que son tenidas en cuenta por cualquier cosa y las que no son tenidas en cuenta para nada”.
Hebe Uhart, erudita y terrenal.


En “Una pequeña parte del universo”, ella, que siempre buscó trabajar el habla de la gente de los pueblos, vuelve a hablarles a sus lectores desde un territorio que conoció como pocos: el de la observación minuciosa, la escucha atenta y la inteligencia que desarma jerarquías sin perder nunca la ternura.
El libro -publicado por Adriana Hidalgo, y compilado por Pía Bouzas y Eduardo Muslip- reúne textos inéditos o poco conocidos escritos desde mediados de los ochenta en adelante, y permite asomarse a una zona menos transitada de su obra: la de la reflexión filosófica, la lectura crítica y la autobiografía como forma de pensamiento. Allí aparece, intacta, “esa manera inconfundible de ubicarse en el mundo, su asombro y su atención, y su pasión por el detalle”.


El título viene de una frase subrayada por Uhart en sus “Cuadernos” de Simone Weil: “considerarse simple y exclusivamente (…) como una pequeña parte del universo”. Esa idea, una suerte de hilo que une lo singular y lo múltiple, atraviesa todo el libro.


Nacida en 1936, formada en Filosofía en la UBA, docente durante más de seis décadas y autora de libros como “La luz de un nuevo día”, “Guiando la hiedra” y “Viajera crónica”, Uhart construyó una obra que se volvió imprescindible por su capacidad de transformar lo cotidiano en una forma de conocimiento.
En este nuevo libro, esa mirada se despliega sobre escritores que admiraba -Felisberto Hernández, Enrique Wernicke, Juan José Morosoli y también Fogwill y Liliana Heker-, sobre figuras de la filosofía -Spinoza, San Agustín, Simone Weil, David Hume- y sobre escenas mínimas de su propia vida.
El resultado es un mapa de lecturas que ilumina la cocina de su escritura: cómo pensaba, qué la conmovía, qué buscaba transmitir a sus alumnos y lectores, y cómo lo hacía.


Una de las cinco secciones en las que está dividido el libro, se ocupa del oficio. En “La formación de un escritor”, Uhart desmonta la idea de una vocación pura o de un camino lineal: “No existe el escritor platónico en general sino personas particulares que por mil caminos e historias de vida totalmente distintas se han empeñado en eso”. Y agrega, con su ironía habitual, que en nuestras tierras el rol del escritor es equívoco: “me parece bien que oculte su profesión (…) por temor a burlas o incredulidad”. Esa mezcla de lucidez y humor recorre todo el libro.

El libro es Uhart en estado puro, como cuando dice, sabía y pícara a la vez: «Hasta hace un tiempo se oía decir: ‘Yo televisión no veo’, como signo de exclusividad (he escuchado a más de diez mil decir eso). Cuando lo que importa no es lo que ve, sino lo que hace con lo que ve».


También aparece su experiencia como maestra de Taller de escritura, una práctica que marcó a generaciones. Uhart descree de las recetas, pero confía en el trabajo paciente sobre la mirada (lo que se hace con lo que se ve): “moverlos con elogios, severidades, consejos, risas, hasta que se den cuenta de qué significa escribir”. Y ofrece una imagen inolvidable: “un taller funciona como esas radios de antes que uno les daba un golpe y entraban a funcionar”. Esa pedagogía del golpe suave es parte de su legado.


El libro revela además una Hebe íntima, capaz de detenerse, por ejemplo, en la vida de su gata Catalina -“desenchufa la computadora, saca los cigarrillos del cenicero, arrastra el trapo de piso en triunfo”- o en el casamiento tardío de su tía Elisa, que “no correspondía que se case de blanco”, según los mayores de la familia. Esas escenas funcionan como puertas hacia reflexiones más amplias: la justicia y la belleza en los griegos, las clases sociales, la perplejidad ante lo que no encaja.


Uhart discute jerarquías en todos los planos. Le interesa tanto la disputa epistolar entre Alberdi y Sarmiento como la conversación con una pasajera en un tren. Le fascina la oralidad de los héroes homéricos y la de los vecinos de Carmen de Patagones. En su universo, “es tan digno de atención lo que sucede entre un padre y un hijo cualquiera como entre Alberdi y Sarmiento”. Esa democratización de la mirada es una de las claves de su estilo: escuchar sin prejuicios, registrar sin solemnidad, dejar que las voces -todas las voces- cuenten.


Esa doble condición -erudita y plebeya- es una de las claves de su encanto. Uhart podía explicar a Spinoza con la misma naturalidad con la que reproducía el habla de una vecina o de un chofer de micro, y en esa convivencia no había para ella ningún contraste sino continuidad.

Su formación filosófica nunca la alejó de lo cotidiano: al contrario, le dio herramientas para mirar mejor lo que tenía delante. Uhart sabía que el pensamiento no está en las alturas sino en las voces concretas, en lo que alguien dice sin darse cuenta de que está diciendo algo importante. Esa mezcla -la precisión conceptual y la escucha callejera- es lo que la vuelve única, y una autora entrañable no sólo para los que quieren aprender sobre el oficio sino también para los que disfrutan de aprender a mirar el mundo de otras formas.


Para mí un libro es como una persona en el sentido de que si no me gusta, no lo trato”. La frase es una genialidad al estilo Hebe Uhart, una de las cuentistas y cronistas más importantes de la Argentina. Ese tipo de frases son parte de su ADN. Como esta otra: “La humanidad se divide en dos categorías: las personas que son tenidas en cuenta por cualquier cosa y las que no son tenidas en cuenta para nada”.
Hebe Uhart, erudita y terrenal.

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