La enseñanza magistral de Kurt Vonnegut: «Si esto no es algo bonito, qué cosa lo es?»
En una conferencia desbordada de humor y lucidez, el autor de las ácidas "Matadero 5" y "Desayuno de campeones", entre otras obras, dejó la mejor enseñanza de todas: reconocer la felicidad mientras sucede.
Es 2004. Kurt Vonnegut, el autor de “Matadero Cinco” y «El desayuno de los campeones”, el hombre que contó el bombardeo a la ciudad alemana de Dresde en la Segunda Guerra Mundial porque estuvo ahí, como prisionero, tiene 81 años y está en el escenario frente a un auditorio de alumnos de una universidad de Cleveland, Ohio. Respira como quien ha fumado mucho, un jadeo sonoro que lo obliga a tomar aire antes de cada frase. No parece incomodarlo. Con su bigote espeso y la cabeza rebosante de unos rulos que le dan aspecto de científico loco, dice que va a demandar a las tabacaleras porque le anunciaron que el cigarrillo lo mataría, y ahí está, a punto de dar una conferencia. La gente se ríe, él parece inmutable, un comediante de stand up que sabe administrar los tiempos.
Habla de literatura, de crítica literaria, de autores. Comparte sus teorías. Las dibuja en un piarrón. Hace observaciones agudas y corrosivas sobre el gobierno y la economía del mundo. Pero la charla tiene un recorrido que comienza y termina con viñetas familiares para responder a una pregunta filosófica dicha como al pasar, sin el menor asomo de gravedad: ¿de qué se trata la vida?
La primera respuesta que comparte es de su hijo, Mark Vonnegut, pediatra, llamado así en honor a Mark Twain: “Estamos aquí para ayudarnos unos a otros a superar esto, sea lo que sea”. No lo dice como si fuera trascendental, lo acomoda entre una broma y una declaración de amor incondicional por la música (“la única prueba necesaria de que Dios existe”), entre una carcajada amarga y una mueca que parece hecha de ternura.
Tampoco se pone solemne al final, cuando advierte que ya lleva hablando casi todo el tiempo que tiene disponible. Entonces, deja sus hipótesis sobre las historias literarias, ilustradas con gracia, y vuelve al foco. Vuelve a su familia, y a una anécdota que responde, aunque de otra manera, a la misma cuestión: de qué se trata la vida.
Vonnegut dice que cada vez que termina una conferencia rinde un homenaje a su tío Alex, una persona muy sabia, graduada en Harvard, que se dedicaba a vender seguros en Indianápolis. El hombre -les dice Vonnegut a los alumnos- no podía entender por qué los seres humanos rara vez se dan advierten cuando son felices.
El tío Alex, dice, tenía una extraña costumbre. Vonnegut lo cuenta así: “Podíamos estar bebiendo limonada a la sombra de un manzano, un atardecer de julio, charlando en un especie de murmullo como de abejas zumbando, y el tío interrumpía la conversación. “Paren, paren -les decía-. Si esto no es algo bonito, ¿qué lo es?”. Él hacía eso una y otra vez, así que lo tomé como un consejo. Y espero que ustedes lo aprovechen también: cuando todo vaya bien y estén en paz, por favor, hagan una pausa y digan en voz alta: Si esto no es bonito, ¿qué lo es?», le dice al auditorio, los párpados caídos, sin énfasis ni pompa.
¿Por qué una anécdota de apariencia sencilla se transforma en enseñanza? ¿Qué diferencia ese consejo al de un gurú de la autoayuda empecinado en el bienestar personal?
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Antes de despedirse, Vonnegut les propone un juego a los asistentes, a todos los que están allí: alumnos, padres, profesores. Les pide que piensen en un profesor o maestro que a lo largo de toda su enseñanza les haya hecho sentirse más entusiasmados por estar vivos, más orgullosos de estar vivos, más de lo que creían que fuera posible. Les pide que levanten la mano los que tuvieron algún maestro así. Les pide además que le digan ese nombre a quien tienen al lado. Son apenas unos segundos en los que se oye exactamente aquello que ocurría bajo el manzano: un murmullo como de abeja zumbando en todo el auditorio. Serio, en ese medio tono afectuoso y desapasionado a la vez, les pregunta: «Si este no es un momento bonito ¿qué lo es?» Así, sin más. Y pide música.
Vonnegut, el traje holgado, un pulover gris algo raído, se va bailando un vals torpe con la música de El Danubio azul, de Strauss. Acaba de dar la respuesta a su pregunta con una sinfonía perfecta.
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