Leer los labios o hablar en lengua de señas

Es errado creer que es "más fácil" entender lo que alguien dice sin (poder) escucharlo.

La polémica desatada por un conocido programa de la televisión abierta porteña, en el que una mujer sorda lee los labios de funcionarios y políticos, no hizo más que reforzar sacando a la palestra pública una idea bastante generalizada en el sentido común: la de que una persona sorda tiene más capacidad que una que oye para llevar a cabo la «lectura de labios». Sin embargo, según la fonoaudióloga Silvana Veinberg, directora ejecutiva de la asociación civil Canales, «los sordos no poseen una mayor capacidad de leer los labios que las personas que oyen», ya que «leer los labios es una cuestión de práctica, no es algo que los sordos hagan mejor que los oyentes si éstos están entrenados para hacerlo». «De hecho –argumenta–, la tarea de acceder a un universo oral desde el silencio es titánica».

En la Argentina, según los datos del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), más de 2.000.000 de personas sufren algún tipo de discapacidad, de las cuales el 18% tienen que ver con alguna discapacidad auditiva, ya sea total o parcial.

Más allá de estos números, se torna difícil calcular exactamente cuantas personas «funcionan» como sordos a pesar de tener algún resto auditivo, pero se calcula que cerca de 400.000 personas tienen necesidad de leer los labios para poder comunicarse.

Esa enseñanza, la del ejercicio de leer los labios, es un trabajo que demanda esfuerzo y tiempo. «En un chico se empieza por palabras sueltas y después se avanza hacia oraciones simples. Puede llevar muchos años, a veces toda la escuela primaria», explica Veinberg, y subraya que «el resultado es que el chico solo puede entender algunas frases o palabras sencillas que no le sirven para comunicarse realmente sino que le sirven sólo para transmitir algunas necesidades básicas».

La dificultad de la tarea, según explica, recae en que muchos de los movimientos articulados no son visibles. Existen varios sonidos y letras que se pronuncian detrás de los labios, como la G, la J, la C o la K, que se vuelven imperceptibles a simple vista, y algunas otras que son fácilmente confundibles: la L con la R y con la N, la M con la P y la B o la D con la T. Por otra parte, leer los labios implica que la persona con la que el sordo está hablando tiene que estar de frente, ser una sola a la vez, modular despacio y estar cerca, lo que muy pocas veces ocurre en la vida cotidiana. Es decir: existe un grado importantísimo de error al momento de interpretar, ya que es posible que se entienda exactamente lo contrario de lo que se quiso decir. «Cuando el mensaje se interpreta mal y la otra persona piensa que entendió, ese malentendido puede llevar a situaciones muy confusas y a veces muy dolorosas», asegura Veinberg.

 

Cuando nada suena conocido

 

Ser sordo trae aparejado, en sí mismo, muchísima complicaciones. Detrás de la creencia de que pueden manejarse en el ámbito de la comunicación oral leyendo los labios se oculta una serie de innumerables barreras con las que estas personas se deben topar a diario. La falta de acceso a la información, a la participación, a la educación, a las ofertas laborales, las dificultades para leer y escribir, el fracaso escolar o el rechazo en innumerables situaciones cotidianas, son algunos de los ejemplos que dejan en claro el rol que la sociedad otorga a las personas con discapacidades auditivas. «Los sordos no comprenden lo que se habla en la televisión a través de la lectura labial, y es poco lo que pueden comprender del movimiento de los labios de sus maestros cuando están en la escuela y de la de sus padres en sus hogares», afirma Veinberg.

Uno de los puntos básicos que según esta especialista ayudarían a la integración de la comunidad sorda sería «poder comprender y ser comprendidos a través de un idioma accesible para ellos –la lengua de señas argentina– y la posibilidad de desenvolverse en un ámbito propicio para su desarrollo, que comprenda y atienda sus dificultades, que no exija a esta parte de la población un comportamiento ajeno, acorde a la cultura de la mayoría oyente».

En el ámbito del aprendizaje este conflicto adquiere más importancia, ya que el acceso de un niño sordo a la educación es al menos limitado: «La organización escolar debe incluir las adaptaciones necesarias para que la cultura y la lengua de las personas sordas se incluya con la misma legitimidad que el español oral en el currículo de los oyentes argentinos», asegura Veinberg, y explica que «se deben incluir miembros de la comunidad sorda capaces de transmitir su idioma y su cultura, un modo diferente de desempeñarse en el mundo, con el cual los niños sordos puedan identificarse y reciban de estos un atajo, una herencia de las situaciones ya resueltas por el mundo adulto sordo».

Un método especial de enseñanza

Naturalmente, cualquier niño puede aprender la lengua de señas: «Si se lo expone desde pequeño, el chico va a adquirir naturalmente la lengua de señas como cualquiera que aprende una lengua». Un claro ejemplo de esta naturalización del aprendizaje es que los hijos sordos de padres sordos adquieren la lengua de señas a la misma edad que cualquier niños aprende otra lengua.

La principal diferencia de esta adquisición natural de las señas como medio de comunicación en comparación con el ejercicio de leer los labios, es que esta última necesita de un método especial de enseñanza, por lo que se torna una tarea mucho más especializada y compleja. «Lo ideal –sostiene Veinberg– es que los niños sordos aprendan la lengua de señas desde chicos, y que una vez que sepan esta lengua aprendan el español escrito y, si es posible también, el oral».

Sin embargo, uno de los principales conflictos radica en que en la Argentina, como la lengua de señas no se usa en las escuelas ni en las casas de niños sordos –ya que el 95% de los padres de los chicos sordos son oyentes–, los chicos no la aprenden, y el énfasis se pone en enseñarles a hablar a través de la lectura de los labios y la pronunciación de las palabras.


La polémica desatada por un conocido programa de la televisión abierta porteña, en el que una mujer sorda lee los labios de funcionarios y políticos, no hizo más que reforzar sacando a la palestra pública una idea bastante generalizada en el sentido común: la de que una persona sorda tiene más capacidad que una que oye para llevar a cabo la "lectura de labios". Sin embargo, según la fonoaudióloga Silvana Veinberg, directora ejecutiva de la asociación civil Canales, "los sordos no poseen una mayor capacidad de leer los labios que las personas que oyen", ya que "leer los labios es una cuestión de práctica, no es algo que los sordos hagan mejor que los oyentes si éstos están entrenados para hacerlo". "De hecho –argumenta–, la tarea de acceder a un universo oral desde el silencio es titánica".

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