Libertadores: La otra batalla que ganó River

Marcelo Gallardo volvió a prevalecer en el juego táctico sobre Guillermo Barros Schelotto, quien se equivocó demasiado en el partido más importante de su carrera como entrenador.



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Gallardo, el gran estratega, levanta su segunda Libertadores en River como entrenador.

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Ni todo el glamour del Bernabéu fue capaz de aplacar el shock emocional que significó una final de Copa Libertadores entre River y Boca. El estadio madridista asumió su rol de anfitrión pasivo entre dos equipos que jugaron mucho más que una definición crucial e histórica muy lejos de América.

Los refinados ojos de la Casa Blanca, que a menudo asisten a una especie de obra teatral con 22 jugadores y una pelota, se asombraron al ver espectadores que no se sientan en sus butacas y que insultan a viva voz al banco rival, en un estadio que no tiene alambrados. Es el fútbol argentino y ya, con sus pasiones y sus miserias, en la exportación de una final que jamás debería haber salido del país.

Porque más allá de que sea la definición de la Libertadores, era en realidad un duelo mano a mano entre dos equipos que se medían por mucho más que una copa.

River y Boca jugaron para ver quién alzaba el trofeo, aunque en realidad el miedo a perder fue más fuerte. De todas maneras, es aquí donde River hizo la diferencia. Supo romper a tiempo el cerco del temor cuando se fue al vestuario con una derrota parcial y un juego tibio, impropio de una final.

Por primera vez en mucho tiempo, Guillermo Barros Schelotto le ganaba la batalla táctica a su bestia negra: Marcelo Gallardo. El equipo del Mellizo mutó el esquema apenas pisó el campo en un 4-1-4-1, le ganó el mediocampo a su rival y aisló a Lucas Pratto, provocándole a River una anemia ofensiva como nunca se había visto en los últimos superclásicos.

Parecía que el Napoleón de Núñez tendría su Waterloo en Madrid. Sin embargo, Gallardo, quien vio el partido desde un palco producto de la suspensión, borró a tiempo el fallido plan y Guillermo se enteró tarde. Fue fatal.

Al cuerpo técnico de River no le tembló el pulso y sacó de la cancha a Leo Ponzio, su capitán y emblema, para poner al jugador que dio vuelta el partido: Juan Fernando Quintero. Recompuso la táctica y la respuesta de Boca fue sólo de que el tiempo estuviera de su lado.

Guillermo cambió a Ábila por Benedetto, pero Wanchope no estaba bien físicamente. Tampoco el Pipa, a pesar del golazo. Pablo Pérez jugó más con el corazón que con el físico y para colmo, a los 3’ del alargue, lo echaron a Barrios.

¿Cómo respondió Barros Schelotto a esto? Puso a Fernando Gago porque no tenía otro volante en el banco. Ni Cardona, ni Almendra, quien pasó de posible titular a quedarse afuera de la lista, ni tampoco a Bebelo Reynoso.

Boca, con un plantel cuyos suplentes serían titulares en cualquier otro equipo, terminó improvisando ante la adversidad en uno de los principales partidos de su rica historia.

Teniendo a un jugador del mil batallas y decenas de títulos como Carlos Tevez y a Mauro Zárate, ¿era necesario poner a Wanchope en una pierna? Guillermo arriesgó al incluir en los relevos solamente Gago y no a otro volante, tardó demasiado en mandar al Apache a la cancha y no fue capaz de corregir a los que estaban adentro.

Cristian Pavón se hizo un nombre en Boca jugando como extremo derecho. En Madrid lo hizo siempre por izquierda. Nadie asegura que algo hubiera cambiado, pero en la nula reacción del Mellizo ante la adversidad, hay una buena parte de la explicación de por qué el Xeneize perdió la final.

Gallardo se encargó de convertirse en una maldición para Boca.

Bajo su mando, River yalo había eliminado dos veces en copas internacionales (Sudamericana 2014 y Libertadores 2015), y además este año sumó la final de la Supercopa Argentina (2-0), antes de la histórica definición en Madrid.

El ciclo de Guillermo como conductor de Boca está concluido. Ganó dos Superligas de manera consecutiva, pero la frustración de no haber alzado la Copa lo signará para siempre.

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