Llegada de los primeros invitados y catastro con huellas masónicas
a mañana del domingo 11 de setiembre de 1904, la locomotora delató su frenada en la estación Neuquén entre chirridos metálicos y vapores que tornaron neblinosos los perfiles de los pasajeros apeados con alivio.
Apaciguado el alboroto del andén pero no el viento tenaz -que soplaba desde varios días atrás y amenazaba con empañar la inauguración-, el corresponsal de La Prensa telegrafió de inmediato a la redacción. El lunes 12 su telegrama lució en el matutino como una crónica alborozada por la inminencia de la inauguración capitalina. Arrancaba así:
«Neuquén, setiembre 11. Animación extraordinaria presenta este pueblo con motivo de declarársele capital del territorio, acto trascendental que explica el inusitado movimiento. Numerosos forasteros afluyen a los festejos (…). De Buenos Aires adelantándose a la llegada del tren oficial, han venido hoy los señores López Lecube, Casimiro Gómez, Estanislao Durán y señora (yerno e hija de Casimiro); José Martínez y muchos otros de Bahía Blanca. Son los dos primeros propietarios de estos campos y grandes propagandistas de las traslación de la capital».
Parada en Roc y copa de champaña
Así La Prensa contradijo a El País del día anterior que describió la partida del ministro del Interior (en ese momento Gran Secretario de la Logia Libertad N° 48) junto a los «donantes de la tierra», que en realidad hacía varios días permanecían en una expansiva escala en Bahía Blanca. De allí partieron para adelantarse en un día al tren oficial. Con ellos viajó Germán Vega, el enviado especial de La Nueva Provincia (LNP) de Bahía Blanca, que así se adelantó a sus colegas porteños, pasajeros del tren especial. Ese diario del sur bonaerense, en su edición del domingo 11, ya había aludido a los terratenientes de la Confluencia y a otros viajeros como Jesús A. Varela (asociado con los Linares). También señaló que el «ministro González pasará hoy temprano en compañía de algunos diputados y senadores» y que «en esta ciudad, Choele Choel y Roca, se agregarán a la comitiva muchos vecinos de significación».
A su paso por Roca -desembarcando en la entonces estación Río Negro- y según el enviado de Caras y Caretas, el ministro se detuvo lo suficiente como para ser agasajado en «la casa del señor Isla» (por Félix Isla, sin antecedentes masones detectados, salvo el grado 33° de Idelfonso Isla). El anfitrión Isla era en esos momentos presidente municipal de General Roca. Y aunque los viajeros venían atendidos por los buenos servicios gastronómicos y de bar que brindó el FC Sud, en la casa de Isla se agregó una copa de champaña. ya cerca de la medianoche. El breve festejo retrasó al ministro y comitiva, por lo que llegarían a destino recién a las 3 de la madrugada. La mejor crónica de ese arribo fue narrada en el «racconto» que Germán Vega hizo reposadamente de aquellos sucesos y publicó LNP recién el viernes 16 de setiembre. Era la primera de tres notas que Vega prometió a los lectores. Y aunque cumplió parcialmente porque sólo se editó una segunda crónica al día siguiente (sábado 17), su trabajo fue satisfactorio por los datos revelados. Su contenido informativo resultó valioso, pero -entre otros datos- al brindar los nombres de los tres propietarios, donantes de parte de sus tierras para que surgiera la nueva capital, agregó: «los que estuvieron en el acto». Error: sólo está comprobada la asistencia de dos de los tres de aquellos terratenientes.
Evocación del Mansill echado
Ya se ha detallado en estas páginas los respectivos viajes adelantados, primero de Román López Lecube hasta Bahía Blanca, e inmediatamente de Casimiro Gómez y familia con igual destino para luego seguir al Neuquén. Coincidieron en el hotel Londres desde donde López Le
cube hizo la habitual «escapada» a su estancia San Ramón, mientras que Gómez, su hija y yerno, gozaron de un reposo que incluyó una noche de teatro. Pero ninguna otra crónica marca la presencia de Amador Villa Abrille en los festejos inaugurales. A esto se agregó la fatigante confusión del nombre de pila del donante Villa Abrille, lo que también se aclaró -antes de ahora en estas páginas- en alusión a las adjudicaciones de tierras en Neuquén a su nombre, y el dato clave que reubica una extensión en la Confluencia recostada sobre el río Neuquén.
Ya se ha demostrado -también en estas páginas- que Casimiro Gómez había sido iniciado a los 24 años en la masonería (el 26 de junio de 1878), según registros de la Logia Constancia (indagación de Alcibíades Lappas) y hasta lució ataviado como para una acto ceremonial en una de sus fotos que guarda el Archivo General de la Nación y, entre otras, ilustra esta nota. La sospecha de que Ramón López Lecube haya pertenecido a alguna logia, por ser socio y amigo del hermano masón Enrique Julio (de la logia Estrella Polar N°78 y fundador y editor de LNP), podría confirmarse en nuevas indagaciones.
Amador Villa Abrille no figura en los diccionarios biográficos, pero el primer resultado de la búsqueda fue prometedor: se trataba de un joven militar. ¿Era también masón como muchos oficiales del Ejército de entonces? ¿No lo había sido acaso Lucio V. Mansilla, el general literato titular de las tierras donde se asentó la capital Chos Malal, por lo menos hasta que transgredió las rígidas normas éticas de la masonería? Se sabe que en 1880 se consideró ofendido por un suelto del diario El Nacional y retó a duelo a su director, el periodista y coronel retirado Pantaleón Gómez, iniciado desde muy joven (el 28/04/1857)en la logia Tolerancia. Es decir, que el campo del honor enfrentó -a pistola- a dos masones. Gómez sólo quiso salvar el honor y a la vez conservar la ética asumida com juramentado hermano: apuntó a tierra. Mansilla, en cambio, apuntó a matar (y lo logró). Fue así que el autor de «Una excursión a los indios ranqueles» resultó expulsado de la masonería y Gómez sigue siendo honrado entre sus cofrades.
Es curioso comprobar que otro Pantaleón Gómez figura entre los primeros pobladores de la nueva capital del Neuquén (según un listado del historiador Gregorio Alvarez).
Del Rey de la Araucania a
Tagore
Mayores sorpresas depara revisar una y otra vez los registros de personajes que tuvieron que ver con la historia neuquina. Esto sucede si la búsqueda se emprende desde tiempos muy lejanos. Por ejemplo, si se tiene en cuenta que el francés Aurelio Antonio Pedro Tounens (1825-1878), que se proclamó Rey de la Araucania el 17 de noviembre de 1860 sobre buena parte del territorio neuquino y con el título de Aurelio Antonio I, era masón.
Son conocidas sus andanzas en la región nordpatagónica, su desalojo y su permanencia en Buenos Aires desde 1871. Han sido poco divulgados sus contactos en la capital argentina, y menos aún lo que demuestran las actas del 10 y 17 de octubre de 1876 de la logia Obediencia a la Ley N° 13: su condición de masón. Desde entonces, y hasta sucesos mucho más cercanos, la presencia neuquina – masónica parece ser una constante. Por ejemplo, y más recientemente, cuando el Supremo Consejo grado 33° de la Argentina decidió -el 17 de diciembre de 1924- entregarle una distinción al ilustre visitante indio (y notorio masón) Rabindranath Tagore (1861-1941), uno de los representantes de ese cuerpo elegido para la entrega, fue Alejandro Sorondo, el masón terrateniente neuquino y por entonces Gran Comendador del Consejo aludido. Está ya puntualizado que no era el único hacendado iniciado en alguna logia.
Lo que sigue de esta breve investigación, si bien puede sorprender por la significativa presencia de «hermanos» de la Orden entre los primeros «dueños» (en realidad comenzaban como adjudicatarios y no siempre alcanzaban la titularidad) de las grandes extensiones rurales del Neuquén, su número -no más de una docena de casos- resulta ínfima minoría entre las 203 adjudicaciones verificadas sólo hasta 1900. Lo que significa:
no es posible demostrar un plan apropiador de grupo alguno. Y lo mismo sucederá en lo que tiene que ver con lo gubernamental del territorio, más allá que hubo algunos gobernadores y funcionarios masones -no Bouquet Roldán, por ejemplo- pero nada suficiente para formular teorías invasoras del poder.
En realidad, la mirada historiográfica para un análisis sereno y despojado de prejuicios, debe insertarse en la consideración de un fenómeno mayor, de época, global, y que coincide con la preponderancia de movimientos liberales y progresistas en la medianera de los siglos XIX y XX.
Respecto a las extensiones rurales, vale apuntar que a pesar de la comprobación del origen masón de ciertos adjudicatarios, las suma de la superficie de todos sus establecimientos, constituyen una ínfima minoría de la totalidad de los acogidos a las diferentes leyes de tierras que rigieron para la tierra pública hasta los albores del «novecientos».
La gran extensión de tierras neuquinas que hoy pertenece a la sociedad que preside el empresario norteamericano Ward Lay (Alicurá y parte de Corral de Piedra, bañada por los ríos Caleufú, Collón Curá y Limay) pertenecieron inicialmente (1887) en concesión a Julio Villarino y Pedro Oyhamburú. Cuando por aducir éstos que emigrarían del país y pidieron autorización para transferir, lo hicieron a favor de Angel Marini. Una nueva transferencia terminó por adjudicar la gran extensión (el 13 de enero de 1888) al masón José Pietranera. Este cofrade firmaba al estilo de los iniciados, con los tres puntos al pié de su rúbrica, como lo prueban numerosos documentos y se ejemplifica en la parte inferior de una nota datada en diciembre de 1895 con su firma y un croquis de la propiedad (ver reproducción gráfica). Inicialmente esa propiedad había sido mensurada por el masón Encina y su socio Edgardo Moreno. Ya muerto Pietranera, su viuda Dolores era la titular en 1916 cuando José E. Trassens mensuró nuevamente esa propiedad.
Senillosa y Félix San Martín, de una logia
Si se sigue el Limay aguas abajo, cerca de la Confluencia, se llega a la zona donde el 24 de junio de 1899 se le adjudicaron a Felipe Senillosa (y su hermano Pastor) 11.500 hectáreas, por decreto de Roca refrendado por ministro de Agricultura Emilio Civit.
Felipe (homónimo de su padre, prestigioso ingeniero español) estaba por cumplir los 60 años. Era un reputado ganadero de la Sociedad Rural Argentina y se había iniciado en la masonería el 12 de setiembre de 1867 en la logia Unión del Plata N° 1 donde se le otorgó el cargo de Orador. Murió dos años después de la inauguración de la capital definitiva de Neuquén, cuando ya era afiliado de la logia Colón y Esperanza N° 11.
Otro cofrade masón, Juan Bautista Maucci, resultó adjudicatario de importantes extensiones en Aluminé que mensuró Cayetano Guglielmi. Su pequeña fortuna provenía de las artes gráficas, pero más que un impresor resultó un difusor. Se inició el 18 de octubre de 1905 -a los 38 años- en la logia Estrella de Oriente N° 27, presidió al comisión directiva de la biblioteca masónica (que hoy lleva el nombre de Joaquín V. González) y en la Gran Logia ocupó, en 1914, el cargo de Gran Hospitalario, dos años después de haber alcanzado el grado 33°.
También en el departamento de Aluminé y contemporáneamente a la mensura de los campos de Maucci, se hizo la de la estancia Quilla Chanquil, propiedad casi fronteriza del muy notorio profesor Félix San Martín (1876 – 1944). Amojonó y suscribió el agrimensor Edgardo H. Moreno.
La trayectoria de Félix San Martín es bien conocida. Había nacido en Baradero, como el recordado ingeniero agrónomo Emilio E. Frey, auxiliar de Francisco P. Moreno y de Bailey Willis y verdadero prócer en el Nahuel Huapi.
Pero el polifacético San Martín, descolló no sólo como periodista de El Nacional, El Tiempo y finalmente de La Nación, sino como primer académico Nacional de la Historia en el Neuquén. Fue a la vez un destacado autor prolífico y hasta gobernador interino del terruño adoptivo (por 10 meses y 7 días en 1932), como señaló A. Micucci Tarsetti, su biógrafo coterráneo. Lo que no ha dicho Tarsetti -o no llegó a saberlo-, es que Félix San Martín fue masón iniciado en 1905 en la logia Unión del Plata N° 1, como Felipe Senillosa.
En tierras de Porcel de
Peralta y Pinedo
Otros propietarios de grandes extensiones neuquinas, que coincidían en sus ideas progresistas, generalmente tan laicas como su prosperidad o su ubicación expectable en la sociedad, también eran masones: aparecen simultáneamente en las listas catastrales y en las masónicas. Son, entre ellos, los casos de Manuel Porcel del Peralta y Federico Pinedo. Las tierras que en 1911 le mensuró al primero el agrimensor José Larreguy (duplicado 312 del archivo de Catastro) pertenecían al departamento de Chos Malal, Sección XXX, en la que también compartió campos de Pinedo ya avecindados con el departamento Ñorquín (que mensuró Ricardo Massanti).
Porcel del Peralta (1855 – 1922) fue un militar de buena ca
rrera a partir de ser movilizado en Córdoba en 1874 (según Lappas). Terminó siendo condecorado por su comportamiento como expedicionario al desierto y alcanzó el grado de teniente coronel. Como masón fue iniciado el 1° de octubre de 1889 en la logia Obediencia a la Ley N° 13.
Federico Pinedo (1855 -181928), era nieto del general Agustín Pinedo, e hijo de su homónimo padre que se incorporó como miembro activo del Consejo Supremo de la Masonería Argentina en presencia del entonces presidente Bartolomé Mitre.
Federico Pinedo, con tierras en Neuquén (duplicado de Mensura 364), fue doctor en derecho, asesor letrado de la policía de Buenos Aires, subsecretario del Interior, diputado nacional, ministro de Hacienda y luego de Justicia e Instrucción Pública y hasta intentó crear la Universidad Nacional del Litoral. Se inició el 15 de marzo de 1882 en la logia Docente.
Un año antes y en la misma logia -exactamente el 11 de noviembre de 1881- se había iniciado Francisco P. Lavalle, doctorado en farmacia y bioquímica que, en los albores del siglo XX aparece con la titularidad de un campo en el departamento de Aluminé, en las cercanías del río de ese nombre y el arroyo Malleo.
El primer gobernador masón del Neuquén fue el catamarqueño Lisandro Olmos, conocido por «El Coronel». Gobernó desde marzo de 1899 hasta que dejó el cargo el 26 de febrero de 1902. Se había iniciado en la logia Piedad y Unión N°34 el 9 de setiembre de 1870. Había sido artillero en Cepeda y Pavón, alsinista, amigo de Carlos Tejedor y gobernador neuquino por pedido de Roca. Desde los tiempos del también militar Manuel Olascoaga y primer gobernador del territorio desde 1884, le precedieron a Olmos otros dos gobernadores titulares y nada menos que siete interinos. Pero sufrió la metralla para él nada conocida que le disparó el juez letrado Manuel Pastor y Montes -un memorial descalificante- y le llegaría por esa razón una especie de interventor del poder central: Gabriel Carrasco. El enviado respondía a la confianza del ministro del Interior Joaquín V. González y bajó al andén de la estación Neuquén el 7 de enero de 1902. Carrasco ¿también era masón?
(Continuará)
Villa Abrille: cofrade y militar de a caballo y de avión
La poco indagada figura de Amador Villa Abrille mereció una saga parecida a la peregrinación en un laberinto. No sólo se dio la confusión de su nombre para el decreto y posterior aprobación parlamentaria de la donación de tierras para la nueva capital (cambiado por Francisco), sino que no han quedado huellas de superficie. Tampoco se publicaron homenajes ni hay estaciones ferroviarias a su nombre (como tienen Casimiro Gómez y López Lecube).
El primer buen hallazgo fue detectar la marcha ecuestre con un solo caballo por jinete que emprendieron ocho oficiales de ejército desde la Confluencia con meta en la Casa Rosada. Las crónicas de los diarios que dan los apellidos de quienes fueron de la partida, mencionan a un alférez del 2 de caballería Villa Abrille. Aquella aventura sugerida por el profesor de equitación Rondani y puesta a premio por el ministro de Guerra Pablo Riccheri y el propio presidente Roca, se inició frente a las tierras de Amador Villa Abrille, a las 7 y 30 del 1° de mayo de 1903, casi a la vista de la ciudad por nacer.
Salvo el teniente Varela del 7 de caballería, que abandonó días más tarde por muerte de su caballo (y sería quien volvió a la Patagonia para ahogar la huelgas de Santa Cruz en 1921/22), los siete oficiales restantes llegaron a la explanada de la Casa Rosada hacia el mediodía del 23 de mayo (donde los retrató el fotógrafo de El Diario y Caras y Caretas). Los excursionistas dejaron los pingos y de inmediato se vieron en los salones con Riccheri y Roca. Por la tarde fueron ovacionados por la multitud de las tribunas del hipódromo, donde se hizo una exhibición y desfile militar en homenaje a militares chilenos de visita por Buenos Aires.
Las fotos de la partida (muy borrosas) cerca del río Neuquén, fueron publicadas en Caras y Caretas N° 241 del 16 de mayo de 1903 y una de ellas, con dos jinetes, delata a Villa Abrille.
La verdadera identificación de Amador Villa Abrille, felizmente, figura en los registros de la masonería argentina y demuestra que era un aceptado de la Orden al tiempo de la inauguración de la capital del Neuquén. Es que había sido iniciado el 21 de abril de 1904, a los 26 años, en la logia Domingo Parodi N° 174. Era egresado del Colegio Militar de la Nación y había revistado en diversos regimientos de caballería.
Algo más sorprendente aún es saber que, a partir de 1922, Villa Abrille cambió caballo por avioneta y pasó al Servicio Aeronáutico del Ejército con el grado de teniente coronel, es decir que estuvo entre los primeros pilotos militares del país. Murió en 1934.
fnjuarez@sion.com
a mañana del domingo 11 de setiembre de 1904, la locomotora delató su frenada en la estación Neuquén entre chirridos metálicos y vapores que tornaron neblinosos los perfiles de los pasajeros apeados con alivio.
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