Locuras académicas
Huelga decir que para el "shuberoffismo" la calidad educativa es lo de menos.
Puede que aún haya algunos excéntricos que suponen que, por constituir lugares supuestamente reservados para el pensamiento libre, las universidades deberían procurar mantenerse alejadas tanto de las pasiones partidarias cotidianas como de la codicia comercial, pero de ser así su influencia en el mundillo académico local es virtualmente nula. Aquí, las universidades, sobre todo las estatales, son campos de batalla en los que distintas sectas políticas dirimen sus diferencias, de suerte que pocos se habrán sentido sorprendidos por los incidentes vergonzosos que el martes pusieron fin al primer intento de elegir al sucesor del radical Oscar Shuberoff como rector de la UBA, aquel conglomerado absurdamente sobredimensionado de entidades educativas que desde hace décadas figura entre los pedazos de botín político más apetecibles. En esta ocasión, los protagonistas de los disturbios eran personajes vinculados con diversas agrupaciones de la extrema izquierda – tan extrema que Shuberoff no vaciló en tildarlas de «fascistas» -, pero pudieron haber sido peronistas, radicales o derechistas declarados porque, como se sabe, cuando de conquistar parcelas de poder – y de dinero – se trata, integrantes de todas las corrientes suelen estar más que dispuestos a recurrir a la violencia, a los insultos canallescos y al fraude.
Según los especialistas en estos asuntos, el más beneficiado por la postergación de las elecciones internas no habría sido ningún aspirante de la ultraizquierda, que conforma una minoría ruidosa pero no muy grande, sino el propio Shuberoff, operador habilidoso que desde hace 16 años está a la cabeza de lo que en buena lógica debería ser el equivalente latinoamericano, cuando no del inmenso mundo hispanohablante, de Harvard u Oxford pero que, por razones netamente políticas, se ha visto tan degradado que las pocas islas de excelencia que todavía permanecen están en peligro de ser inundadas por la mediocridad que las rodea. Como es sabido, Shuberoff, hombre cuya posición tiene más que ver con su militancia política en la UCR que con sus eventuales méritos académicos, está procurando promover la candidatura de un miembro de su entorno a fin de frustrar las aspiraciones del independiente Jaim Etcheverry. Huelga decir que para el «shuberoffismo» y sus simpatizantes la calidad educativa es lo de menos: lo mismo que el PAMI y la ANSES, la UBA constituye una «caja» de modo que todo vale en la lucha por controlarla.
Sabedores de que a esta altura sería utópico pretender despolitizar la UBA y otras universidades públicas para que se asemejen más a las instituciones más prestigiosas de los países avanzados, algunos siguen apostando al sector privado, pero – tal y como ha sucedido en el marco de la economía en su conjunto -, hasta ahora la experiencia del país ha sido decepcionante. Si bien en las universidades privadas existen facultades valiosas, la mayoría exhibe variantes de los mismos males que las públicas por subordinar la calidad educativa a factores que le son ajenos. Para que una universidad sea algo más que una mera fábrica de diplomados, una lavadora de cerebros o un centro de preparación vocacional, siempre le es necesario comprometerse plenamente con criterios que raramente serán los respetados por el resto de la sociedad. Por motivos patentes, en nuestro país las universidades públicas suelen ser víctimas de la politización mientras que en las privadas la comercialización está siempre al acecho, lo cual ha impedido el surgimiento y consolidación posterior de instituciones comparables con las existentes, a pesar de todas las presiones a las que están sometidas, en Europa y Estados Unidos. Como acaba de recordarnos la conducta lumpenesca de algunas facciones y las intrigas organizadas por otras que quieren mantener o aumentar su influencia de la universidad principal del país, no se da señal alguna de que estemos por ver algunas mejoras en este ámbito fundamental. Aunque todos coinciden en que el rol de la universidad será todavía más importante en el futuro de lo que ha sido en el pasado, la Argentina parece resuelta a continuar destruyendo lo que queda de lo logrado por generaciones anteriores, asegurando de este modo que las perspectivas frente al país sigan haciéndose más oscuras por momentos.
Puede que aún haya algunos excéntricos que suponen que, por constituir lugares supuestamente reservados para el pensamiento libre, las universidades deberían procurar mantenerse alejadas tanto de las pasiones partidarias cotidianas como de la codicia comercial, pero de ser así su influencia en el mundillo académico local es virtualmente nula. Aquí, las universidades, sobre todo las estatales, son campos de batalla en los que distintas sectas políticas dirimen sus diferencias, de suerte que pocos se habrán sentido sorprendidos por los incidentes vergonzosos que el martes pusieron fin al primer intento de elegir al sucesor del radical Oscar Shuberoff como rector de la UBA, aquel conglomerado absurdamente sobredimensionado de entidades educativas que desde hace décadas figura entre los pedazos de botín político más apetecibles. En esta ocasión, los protagonistas de los disturbios eran personajes vinculados con diversas agrupaciones de la extrema izquierda - tan extrema que Shuberoff no vaciló en tildarlas de "fascistas" -, pero pudieron haber sido peronistas, radicales o derechistas declarados porque, como se sabe, cuando de conquistar parcelas de poder - y de dinero - se trata, integrantes de todas las corrientes suelen estar más que dispuestos a recurrir a la violencia, a los insultos canallescos y al fraude.
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