Lógica implacable
Es probable que Afganistán sea sólo el primero de los países que deberán elegir entre someterse a los dictados de Washington o ser tratados como enemigos mortales.
Si bien aún no han concluido las acciones militares y policiales en Afganistán, el gobierno estadounidense ya está preparándose para las próximas etapas de una guerra que el presidente George W. Bush siempre ha insistido será muy larga y peligrosa. A juzgar por lo dicho hace poco por Bush, Irak y Corea del Norte están en la mira, mientras que en Washington se habla de la conveniencia de atacar a Yemen y Somalia, países en que operan unidades de la red Al-Qaeda. Asimismo, algunos especialistas señalan que Irán parece estar a punto de estallar, de suerte que Estados Unidos debería ayudar a las fuerzas opositoras al régimen teocrático y, como si todo esto ya no fuera suficiente, está intensificándose la exasperación por del doble discurso de los regímenes «aliados» de Egipto y Arabia Saudita que por un lado se afirman amigos del Occidente y por el otro alientan a clérigos fanáticamente antioccidentales con el propósito de desviar de sus propias personas el rencor sentido por los muchos que se sienten atrapados en sociedades irremediablemente atrasadas.
De más está decir que la voluntad de sectores influyentes del gobierno norteamericano de lanzar una ofensiva polifacética contra todas esas manifestaciones del «mal» ha alarmado sobremanera a los demócratas, a los europeos y a las elites dirigentes de los países islámicos que, a su modo, representan la «comunidad internacional». Sin embargo, aunque Bush y la mayoría de sus colaboradores más íntimos no se destacan ni por su inteligencia ni por su interés por el mundo exterior, cuentan con un argumento irrefutable: los peligros planteados por Irak y Corea del Sur son auténticos y por lo tanto los amenazados por lo que serían capaces de hacer no pueden darse el lujo de limitarse a rezar porque opten por abandonar sus intentos de dotarse de armas de destrucción masivas. También es auténtico el riesgo de que Arabia Saudita y Egipto caigan en manos de islamistas persuadidos de que el estado trágico de los países árabes se debe exclusivamente a la existencia del Occidente.
Otro factor que favorece las pretensiones de los halcones norteamericanos consiste en la evolución de la situación no sólo en Afganistán sino también en el vecino Pakistán. No se ha producido la explosión de fervor islamista que tantos habían previsto. Por el contrario, el alivio evidente de los afganos por la destrucción de la dictadura talibana y el odio extremo que sienten por los combatientes islámicos extranjeros ha servido para hacer recapacitar a aquellos paquistaníes que, a inicios del conflicto, se habían declarado dispuestos a trasladarse al frente de batalla para luchar contra «los cruzados», al parecer por suponer que los norteamericanos eran tan blandos que combatirlos sería una especie de juego y que, de todas formas, ningún afgano aceptaría su presencia. Estimulados por esta experiencia, los «duros» de Washington creen que podría repetirse en muchas otras partes del mundo musulmán en que minorías ultraconservadoras se las han arreglado para imponerse, a menudo con el beneplácito de elites supuestamente «moderadas».
Es probable, pues, que Afganistán sea sólo el primero de una serie de países cuyos dirigentes tengan que elegir entre someterse a los dictados de Washington y ser tratados como enemigos mortales. Si bien la voluntad norteamericana de eliminar los riesgos terribles que supone la existencia de regímenes que de tener la oportunidad no titubearían en hacer uso de armas biológicas, químicas y nucleares o en colaborar con organizaciones como Al-Qaeda se basa en mucho más que la agresividad de Bush y sus allegados, motivará un sinfín de protestas en el mundo entero que podrían resultar en el virtual aislamiento diplomático de Washington. Por supuesto que los contrarios al intervencionismo negarían estar solidarizándose con terroristas o con dictadores tan sanguinarios como Saddam Hussein, pero se esforzarían por creer que la amenaza que plantean es en buena medida ficticia, convicción ésta que a la luz de la historia parece ilusoria pero que está tan difundida que para eliminarla se necesitarían catástrofes aún mayores que la supuesta por la matanza de miles de neoyorquinos.
Si bien aún no han concluido las acciones militares y policiales en Afganistán, el gobierno estadounidense ya está preparándose para las próximas etapas de una guerra que el presidente George W. Bush siempre ha insistido será muy larga y peligrosa. A juzgar por lo dicho hace poco por Bush, Irak y Corea del Norte están en la mira, mientras que en Washington se habla de la conveniencia de atacar a Yemen y Somalia, países en que operan unidades de la red Al-Qaeda. Asimismo, algunos especialistas señalan que Irán parece estar a punto de estallar, de suerte que Estados Unidos debería ayudar a las fuerzas opositoras al régimen teocrático y, como si todo esto ya no fuera suficiente, está intensificándose la exasperación por del doble discurso de los regímenes "aliados" de Egipto y Arabia Saudita que por un lado se afirman amigos del Occidente y por el otro alientan a clérigos fanáticamente antioccidentales con el propósito de desviar de sus propias personas el rencor sentido por los muchos que se sienten atrapados en sociedades irremediablemente atrasadas.
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