Los caudales del río Neuquén

Por Juan Luis Gardes (*)

Los actuales altos caudales del río Neuquén han revalorizado un viejo conflicto que se repite año tras año, a partir de la erogación de los volúmenes de deshielo de un modo particular por parte de la central hidroeléctrica Planicie Banderita. Esta actitud lleva a una situación hidráulica peculiar pues permite -en un efecto “per sáltum”- turbinar un mayor caudal entre diciembre y marzo, logrando mejores precios de energía pero perjudicando un sector de los cultivos en el tramo entre el dique Ballester y los puentes de Cipolletti-Neuquén. Este año hidrológico, con un aumento sustancial de acumulación de nieve en alta cuenca, conlleva a magnificar el problema. Problema que también suele suscitarse en el Limay y sobre el que la Autoridad de Cuencas viene advirtiendo, hace ya unos cuantos años y con justa razón, a las hidroeléctricas y a la Secretaría de Energía de la Nación (SE). Efectivamente, en el año 1994 el Comité Ejecutivo de la AIC decide la implementación de sendas multas a las dos hidroeléctricas compensadoras (Cerros Colorados sobre el Neuquén y Chocón sobre el Limay) instando a la SE para su efectiva aplicación, cosa que no sucedió jamás.

La cuestión tiene sus vericuetos legales donde los abogados de ambas partes sacan a relucir lo mejor de sus bibliotecas. Los ingenieros, quizás más acostumbrados a la resolución efectiva de los problemas reales, tendemos a lograr un diagnóstico integral y certero y, a partir de allí, soluciones posibles y concretas.

El problema de las napas

La elevación de las napas freáticas, que perjudican a los frutales en la etapa de floración y maduración del fruto, reconoce al menos cuatro causas principales. El nivel del río (en lo que tiene que ver el caudal erogado por las represas), las pérdidas en los canales de riego, la limpieza y consiguiente drenaje de los canales de desagüe y un sistema de riego, ineficiente por cierto, a partir de la inundación de los predios. Un reciente trabajo puso de manifiesto los perjuicios económicos de las pérdidas de los canales de riego a partir de su falta de impermeabilización, debido a que las arcillas y limos que antes de las represas formaban una capa en ellos, hoy queda retenida en sus embalses. Este trabajo, bienintencionado por cierto, presenta a nuestro juicio una parcialidad importante al no evaluar integralmente el aporte que las represas han realizado en la protección de vidas y bienes del Alto Valle como así la falta de mantenimiento del sistema principal de riego, debido entre otras causas, a un largo conflicto institucional por la propiedad del mismo .

Represas, inundaciones y la

ocupación del valle fluvial

El manejo de los embalses en los ríos Limay y Neuquén ha evitado cuantiosos daños en los valles irrigados aguas abajo de sus compensadores, en una magnitud que seguramente supera el valor de más de una cosecha anual. La historia reciente nos señala que la inundación de 1899 destruyó el pueblo de Gral Roca debiéndoselo reconstruir en el actual sitio de esta ciudad. Del lado neuquino, los más memoriosos recordarán las limpias aguas del Limay bañando el terraplén sureño de la Ruta Nº 22.

Ahora bien, los embalses no sólo han retenido crecidas y arcillas sino que, al regular los ríos permitieron en casi tres décadas un avance antrópico sobre el valle anteriormente inundable: desde extensiones de chacras hasta barrios de viviendas (de las legales y de las no tanto), desde edificios públicos hasta elegantes countries, el sector público y el privado han avanzado sobre los ríos quitándoles capacidad de transporte hidráulico.

Se suma a esto el aumento de posibilidades de crecidas superiores a las de diseño en Cerros Colorados y eventuales daños ecológicos en el área hidrocarburífera del valle aluvial de Loma de la Lata (Curva de Añelo).

Lo anterior constituye una problemática cierta que los poderes públicos deberán encarar atento a este incremento de probabilidades de los riesgos señalados frente a crecidas ordinarias y extraordinarias.

Un principio de solución

La problemática de los manejos del agua de los embalses aparece como una contraposición de los intereses hidroeléctricos frente a los intereses comunitarios regionales. Si bien esto es parcialmente cierto, entendemos que la solución debe ser integral, sin pérdidas significativas para ningunos de los actores en juego. En primer lugar porque ineludiblemente se debe defender los intereses frutícolas -ya de por sí bastantes castigados- como expresión de la mayor actividad agrícola e industrial de la zona. Y por otro lado, más de la mitad de la venta de energía vuelve a la comunidad mediante impuestos, regalías, cánones y utilidades, por lo que a la región le interesa una mayor producción hidroeléctrica al mejor precio posible. Compatible con lo anterior, desde luego.

Una parte del problema sería intentar -aunque sea parcialmente- reconstruir la capacidad de conducción del río Neuquén en el tramo señalado. La AIC comenzó con estos estudios en 1994 y seguramente ya tiene conclusiones interesantes. Hay que destacar que esto requiere del aporte de capitales de importancia por lo que hay que buscar la forma de financiación -quizás lo más difícil- para luego poner manos a la obra.

La construcción de un nuevo embalse aguas arriba, como sería el caso de Chihuido II mediante una interesante concurrencia del aporte público y el capital privado, coadyuvaría a resolver en parte esta cuestión, tal como fue propuesto en la iniciativa privada presentada oportunamente, y aprobada por el gobierno y la Legislatura de la provincia del Neuquén. Aunque de una explicación que escapa al marco de este artículo periodístico, estamos en condiciones de afirmar que Chihuido II no sólo favorece la resolución de las crecidas extraordinarias y las catastróficas sino que, además, podría arrimar soluciones a la problemática de los caudales de primavera-verano, en una actitud que intente preservar los intereses públicos y privados.

Quizás para ello falta lo que en México llaman lo mero principal: la voluntad de todos por resolver un problema.

Que así sea.

(*) Ingeniero. Es autor del Proyecto Chihuido II y

ex presidente de la AIC.


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