Los cuentos de la abuela

Desde las páginas de La Brujita Alegría, María Liliana Odano ofrece a los niños la posibilidad de adentrarse en el mundo de un personaje que destaca valores vitales.

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Montada en su sombrero azul y con su valija cargada con zapatos de florcitas secas, pollera embolsillada donde porta sus pociones mágicas, aros de patas de araña, varita mágica y campana de telarañas por si alguien necesita sus servicios con urgencia. La Brujita Alegría inicia su viaje hacia hogares barilochenses, y por qué no, hacia algún lugar remoto formando parte de un equipaje.

Aguarda en estantes de librerías locales, el “Rincón Encantado” del Paseo de la Catedral y en escaparates de El Bolsón, San Martin de Los Andes, El Calafate y Ushuaia. Hasta allí llegaron los cuentos de “La Abu Lili” a través de Editorial Caleuche.

Textos y dibujos creados por María Liliana Odano esperan ser compartidos. Esta Brujita, “como un hada pero sin su paquetería”, nació para contactarse “con la bondad de los chicos cuando nacieron mis nietos (Morena y Facundo)”, refiere la autora.

Innatos, gusto y capacidad para expresar a través del dibujo constituyeron un aporte a la economía familiar cuando a los once años Liliana decidió dictar clases particulares en su hogar, compartido con sus padres, Tito (ferroviario) y Erminda, y su hermano Miguel en Pergamino.

“Estudié un poco de dibujo cuando era chiquita y tuve cinco o seis alumnos”, recuerda. Integrante de la última promoción de maestras normales en 1969, realizó luego diseños para el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta) donde inició su actividad laboral.

“Mi marido (Carlos) hizo el servicio militar acá, cuando se recibió de contador nos casamos (en 1977) y el mismo día viajamos hacia aquí. No cambio este lugar por ningún otro, aquí nacieron nuestras hijas (Melina y Guadalupe) y nietos.

“Cuando pedí el traslado en Inta tenía que darse la casualidad de que un empleado quisiera ir a Pergamino y así fue. Cuando decidimos tener un hijo busqué un trabajo que demandara menos horas e ingresé al Poder Judicial. De ahí me retiré, puse una perfumería y en 2002, por razones del 2001, tuve que cerrar”, reseña.

Una vez jubilada, “sentía que estaba a contramano de todo. Durante unos tres años experimenté la odisea de buscar una actividad satisfactoria. Probé con clases de idiomas, aprendí a coser, como sé tocar el piano asistí a clases de improvisación, pero no encontraba mi lugar. Hasta que comencé a asistir a un taller de cerámica”.

Retomados trazos y colores, “comencé a escribir cuentos e ilustrarlos, hacía fotocopias para mis nietos y sus amigos”, núcleo primario de admiradores de la Brujita Alegre. “En cierta forma, además de dedicar este libro a ellos y los niños, es una manera de devolverle a Bariloche un poquito de lo que me da todos los días”, expresa.

“Siempre escribí. Para mí, por placer y a veces por necesidad, para hablar con otro. En la vidriera de la perfumería (Imagina, en calle Quaglia) durante casi trece años puse mensajes especiales. Muchas veces, cuando no lo hacía, entraba alguien a reclamarlos”.

Ahora, dice, “nadie me agarra más para trabajar en algo que no sea lo que me gusta, encontré un mundo mágico. Morena, mi nieta, leía mis cuentos a los cinco años y me hacía conocer su parecer. Considero importante intentar ingresar a su mundo”.

A modo de presentación, “Un puñado de polvo lunar” introduce a la lectura del libro de cuentos de la abuela Lili para iniciar el recorrido por páginas coloridas desde donde asoman “Las vacaciones de Alegría”, “Una lección para Colmillo”, “El cumpleaños de Sombrero Azul”, “Salvemos al pudú pudú” y “La enfermedad de la gata Lucía”, historia escrita por Morena a quien “la abu Lili” dedica una poesía en una de las páginas finales junto a otra creación para Facundo. A ambos, “por permitirme entrar en sus mundos y enseñarme a volar”.

Dando continuidad a la colección, a este primer libro recomendado para niños de entre cuatro y ocho años seguirá “Los viajes de la Brujita Alegría” con referencias a recorridos por esta ciudad y otros paisajes del país donde el personaje “va cosechando amigos y haciendo favores con su magia. Es cálido, tierno, y por sobre todas las cosas, solidario, amoroso; defiende los valores de la vida como la amistad, la solidaridad. Tiende a dejar una enseñanza a través de una historia y de lo mágico. Así como los niños acceden a la computadora y la tele, es importante que lean e imaginen. Darles alas para que sueñen”, considera.

La Brujita “es como un niño con magia. Con el tiempo la imagen fue cambiando, como humanizándose”. Como ocurre con la escritura, “fue madurando, creciendo”.

Las historias surgen naturalmente, “ahora se me ocurrió contar el encuentro de la Brujita con familias de duendes que cumplen distintas funciones en la vida”, como esos personajes que dejan golosinas en las plantas del departamento que habita Liliana cuando los nietos comen bien.

Ellos “sacaron de mí la niña adormecida, descubro, puedo con ellos y es maravilloso. Es lo que rescato a través de la Brujita, que después de los sesenta años se puede soñar y cumplir sueños. Es una actividad que no cambiaría por nada. Dirigirme a los niños permite que me dejen entrar en su mundo. Los escucho, espero sus reacciones, que me digan lo que quieren y trato de que lo logren. Me refiero a sus sueños, sus deseos, sus historias imaginarias”.

Los adultos “en el fondo conservamos esa capacidad pero creamos paredes en vez de tender un puente. En la mirada limpia, en la risa, uno puede detectar cuando una persona tiene su niño suelto”, dice.

Tanto la educación como la tecnología “atentan contra el desarrollo de la ternura, el contacto personal, decir te amo que no es lo mismo que escribirlo. Con los dibujos hechos a mano, imperfectos, trasciendo mi esencia y llego más rápidamente al corazón de los chicos”, concluye.

Teresita Méndez


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