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Los diques se rompen





En agosto de 1945, cuando para alivio de muchos la destrucción atómica de Hiroshima y Nagasaki obligó al imperio japonés a rendirse, el mundo se dio cuenta de que una futura guerra entre países con armas nucleares aún más poderosas que las ya empleadas podría significar la extinción de nuestra especie, razón por la que el pacifista Bertrand Russell propuso que Estados Unidos aprovechara su monopolio de «la bomba» para impedir, un ataque preventivo mediante, que la Unión Soviética la adquiera. Bien que mal, los norteamericanos no se sintieron impresionados por la fría lógica del filósofo británico y en 1949 los rusos hicieron estallar su propio artefacto nuclear, creando una situación radicalmente nueva. Los seguirían Gran Bretaña, Francia, China, la India y Pakistán, además de Israel: aunque los gobernantes de este país no lo han confirmado de forma oficial, se supone que posee un arsenal atómico que le permitiría convertir en un cenicero a Irán o cualquier otro país de la región que procurara eliminarlo.

De los miembros del llamado club nuclear, el más peligroso es con toda seguridad Pakistán, por tratarse de un país inestable, de instituciones muy precarias, donde un golpe de Estado islamista podría producirse en cualquier momento, lo que virtualmente garantizaría más guerras con la India. Por lo demás, el «padre» de la bomba paquistaní, el científico Abdul Qadeer Khan, fue detenido en el 2004 luego de confesar que había vendido tecnología nuclear supuestamente secreta a países como Libia, Irán y Corea del Norte. Parecería que a los norcoreanos la ayuda de Khan les resultó muy útil: hace un par de semanas golpearon con rabia la puerta de un club que, tal y como están las cosas, pronto tendrá muchos afiliados más.

En opinión del Mohamed El-Baradei, el jefe de la Organización Internacional de Energía Atómica de las Naciones Unidas, por lo menos cincuenta países ya poseen los conocimientos y la capacidad tecnológica para producir armas nucleares, pero no quieren hacerlo por temor a las consecuencias. Huelga decir que si un país tan impresentable y tan pobre como Corea del Norte consigue salirse con la suya a pesar de la oposición no sólo de los norteamericanos, europeos y japoneses sino también de los rusos, chinos y surcoreanos, otros, entre ellos Arabia Saudita y Egipto, tendrán motivos de sobra para creer que los costos de pertrecharse de un buen arsenal atómico serían mínimos en comparación con los riesgos que les supondría tratar de convivir con Irán en cuanto esta potencia chiíta regional, gobernada por individuos proclives a fantasear con Apocalipsis por venir, haya logrado emular a su socio del «eje del mal» coreano.

Según los entendidos, es posible que el ensayo que se hizo bajo tierra en Corea del Norte fuera un fracaso y que de todos modos por ahora los norcoreanos no estarían en condiciones de colocar un artefacto nuclear en la cabeza de un misil capaz de alcanzar blancos alejados de su propio vecindario, pero así y todo ya han logrado lo suficiente como para hacer temblar al Japón y Corea del Sur, molestar a Rusia, indignar a China, que se siente traicionada por su aliado, y forzar a los norteamericanos a pensar una vez más en lo que les sería necesario hacer para impedir que el arma de destrucción masiva más emblemática de todas caiga en manos de gente dispuesta a emplearla.

No se trata de un problema menor. Los norteamericanos nunca pudieron confiar por completo en que en una situación crítica ellos mismos, los rusos, británicos, franceses, chinos, israelíes, indios y, desde luego, los paquistaníes siempre se resistirían a la tentación de reaccionar con sus armas más contundentes, como en efecto el presidente francés Jacques Chirac dijo que haría en el caso de que su país fuera blanco de un gran atentado terrorista ordenado por un régimen extranjero. De dotarse de un arsenal nuclear convincente personajes tan imprevisibles como el dictador norcoreano Kim Jong Il y el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad, los motivos para preocuparse se multiplicarían mil veces. Conforme a las pautas habituales, ambos son psicópatas crueles que no titubearían en sacrificar a millones de personas de sus países respectivos si creyeran que les sería beneficioso. Después de todo, ya lo han hecho.

Por lo tanto, los estrategas norteamericanos y sus homólogos de otros países están planteándose una vez más las mismas preguntas escalofriantes que los obsesionaban en los días de la Guerra Fría contra la Unión Soviética y la «destrucción mutua asegurada» o, por sus siglas en inglés, MAD, es decir, loco, con la diferencia de que en esta ocasión tienen que agregar a la lista de factores en juego la posibilidad, acaso remota pero así y todo auténtica, de que por motivos religiosos los líderes iraníes bien podrían estar dispuestos a condenar a muerte a buena parte de sus compatriotas y que los norcoreanos, que se especializan en formular amenazas histéricas y no respetan regla alguna, no vacilarían en correr riesgos que hasta genocidas como Stalin o Mao que causaron la muerte de decenas de millones de personas hubieran considerado excesivos.

Las disyuntivas que tienen que considerar tales estrategas son tan alarmantes, que la mayoría de sus contemporáneos no quiere pensar en ellas. ¿Le convendría más al mundo que hubiera guerras convencionales ahora, antes de que Corea del Norte e Irán perfeccione sus armas atómicas, de lo que sería aceptar el peligro de que estalle una nuclear en 2008 ó 2009? En teoría, la respuesta ha de ser que si sería mejor un conflicto convencional este año que un enfrentamiento nuclear catastrófico dos, tres, cinco o diez años después, pero por motivos comprensibles los más prefieren apostar a que pese a las apariencias Kim, Ahmadinejad y sus colaboradores son en verdad hombres racionales a los que nunca se les ocurriría emprender un curso de acción que podría resultar en la aniquilación de su propio país.

Asimismo, los norteamericanos y otros no pueden sino entender que, cuanto más países nucleares haya, más probable será que por solidaridad ideología o de resultas del caos interno uno termine entregando a una organización como Al Qaeda, Hamas o Hizbollah lo que necesitaría para llevar a cabo en Israel, Estados Unidos, Europa, Australia, Rusia, China, la India o Japón atentados que resultarían ser muchísimo más mortíferos que el del 11 de setiembre del 2001. Entre las posibilidades que tienen que tomar en cuenta todos los gobiernos actuales está la supuesta por un eventual megaatentado atómico sin «dirección del remitente». La Argentina ya tiene experiencia en este ámbito: aunque se presume que la destrucción de la embajada de Israel y la sede de la AMIA fue obra de grupos directamente vinculados con el régimen teocrático iraní, aún persisten algunas dudas, razón por la que los gobiernos de Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner no se sintieron constreñidos a romper las relaciones diplomáticas con Teherán.

Por ser Estados Unidos la superpotencia reinante y por lo tanto en última instancia el responsable de mantener cierto orden en el mundo papel éste que los dirigentes de otros países se niegan a reconocer, aunque la mayoría sabe que la alternativa más probable no sería un orden internacional más equitativo y menos peligroso que el actual sino la anarquía más absoluta, de concretarse, como se teme, en su suelo un ataque nuclear sin que nadie se afirme el autor, no le sería dado reaccionar con la ecuanimidad de la que han hecho gala las autoridades argentinas atribuyendo su pasividad a la escasez de pruebas concluyentes de que un régimen determinado estuvo involucrado. De sólo sospechar que los autores intelectuales eran norcoreanos o iraníes, el gobierno norteamericano, presionado por la opinión pública y consciente de que de lo contrario sus muchos enemigos lo despreciarían por su debilidad, no tendría más opción que castigar al país correspondiente, puesto que ya habría llegado a su fin la tregua nuclear que, contra todas las expectativas, se ha respetado durante más de sesenta años.

 

JAMES NEILSON


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