Los dulces de la abuela
Columna semanal
LA PEÑA
En esta época, para nosotros el tiempo de la fruta, abundaban las tareas que se mezclaban con el inicio de clases. Es que el membrillo de marzo era, según los especialistas, el mejor para los dulces por su mayor contenido de pectina. No sabíamos demasiado sobre esa sustancia pero era una palabra linda y usarla nos daba cierta solvencia.
Había que poner manos a la obra entre todos porque se hacían dulces para toda la familia y después se repartían. Entre buscar los frascos, las tapas, lavar la fruta, preparar las hornallas a leña, envasar y rotular, se pasaba una semana. Eso era más o menos lo que duraba la producción, siempre y cuando a la abuela Alejandrina le gustaran los membrillos.
Era una verdadera fiesta del dulce, porque de ahí salía una producción que garantizaba que al menos hasta el invierno habría en abundancia. La clave estaba en cada detalle porque producir dulces era para cualquiera, pero hacerlo como la abuela era una exigencia extra. No sólo se juzgaba la calidad y la presentación, también se medía el color y cuanto más transparente era, más calidad denotaba.
Una fiesta familiar, porque mientras se trabajaba a pleno, alguna de las tías se encargaba de la comida compartida, que a veces hasta aprovechaba las brasas que surgían de la hornalla del dulce, donde grandes pailas eran la herramienta fundamental en la temporada.
Los dulces de la abuela tenían prestigio, salvo algún debate sobre si tenían más o menos azúcar, uno podía estar orgulloso de lo que había hecho porque en cierto modo también éramos artífices del logro.
Panes para comer con queso, jalea de membrillo y mermelada, cada parte de la fruta servía para algo, nada se desperdiciaba.
La abuela producía más de lo que comía y cuando uno pedía demasiado, siempre nos decía que había que guardar. ¿Para qué? No sé, porque llegaba el dulce de la temporada y la abuela todavía no terminaba el del año pasado, pero había que guardar.
Jorge Vergara – jvergara@rionegro.com.ar