Los ingleses, una obsesión argentina
HÉCTOR LANDOLFI (*)
La influencia británica en la Argentina no sólo exigiría un libro aparte sino una obra cuya extensión e importancia debiera ser un desafío para los historiadores. No puede desconocerse que el acentuado interés inglés por la América del Sur no sólo obedeció a su vocación imperial y geopolítica; tuvo también, a partir de 1783, carácter compensatorio ante la pérdida de sus colonias en América del Norte. Para bien o para mal (o más exactamente, para bien y para mal) Inglaterra estuvo presente entre nosotros desde los inicios de nuestra historia. Estas relaciones estuvieron signadas por el amor y por el odio, por la admiración –no recíproca– y el enfrentamiento; sus vicisitudes se desplegaron en un amplio abanico de alternativas extendidas a lo largo de cinco siglos. El Imperio británico comenzó compitiendo con España por el dominio del Atlántico Sur (estrecho de Magallanes) desde las primeras décadas del siglo XVI y su actual presencia en las Islas Malvinas dice claramente quién ganó en esa lucha. Cuando el general San Martín abandonó el Ejército español, fue a Londres y se encontró con el apoyo del Imperio a los independentistas de América del Sur. La política británica hacia el levantamiento antiespañol americano fue similar a la que aplicó un siglo después al apoyar la rebelión árabe contra sus opresores turcos. Los ingleses nos ayudaron a liberarnos de España, como lo hicieron con los árabes para que se emanciparan del yugo otomano y quedar así ellos como los nuevos amos en ambos casos. Esta misma política pudo observarse cuando los puritanos colonos norteamericanos se rebelaron ante el abusivo cobro de impuestos por parte de la Corona británica. En esa circunstancia los ingleses –ellos, que siempre observaron distancia absoluta con los aborígenes– apoyaron a los indígenas para ubicar a los colonos entre el fuego del ejército propio y la presión de los indios. Esta estrategia, sagaz e hipócrita, tuvo en la rebelión árabe de principios del siglo XX un protagonista y luego un claro objetor a esa política: el coronel T. E. Lawrence. El famoso Lawrence de Arabia creyó que al conducir la cruzada árabe contra el Imperio Otomano ayudaba a ese pueblo semita a realizarse como Nación. Cuando percibió que había sido un instrumento para transformar a los ingleses en los nuevos dueños del mundo árabe, fue presa de un agudo dilema moral. Cortó su carrera militar –estaba a punto de ser ascendido a general–, frustró el casi seguro otorgamiento de un título nobiliario, que él deseaba, y rechazó la Orden de Commander of the Bath, una alta condecoración militar británica que el rey Jorge V quería otorgarle. ¿Pudo la Corona británica adjudicar a San Martín en América del Sur el mismo rol que otorgó a Lawrence de Arabia en Medio Oriente? Es posible. Si supiéramos qué ocurrió realmente entre nuestro Libertador y Bolívar en Guayaquil, tendríamos más precisiones en este sentido. En la conjugación de la acción militar, los intereses comerciales y la religión (protestante), los ingleses demostraron una perdurable maestría. Cuando se produjo la primera invasión británica (1806), el virrey Sobremonte huyó con el tesoro porteño hacia Córdoba. El brigadier Beresford, jefe de los ocupantes ingleses, envió una partida que capturó a Sobremonte y el tesoro en Luján. Al virrey lo dejaron seguir a Córdoba y el tesoro –ya botín de guerra– fue llevado a Buenos Aires. Parte del robo fue repartido entre la tropa y el resto enviado a Gran Bretaña. El Times (de Londres) del 19 de septiembre informaba que: “Se llenaron seis carros con el tesoro tomado en Buenos Aires y desembarcado del navío de 32 cañones Narcissus, al mando del capitán Ross Donnelly (en Portsmouth)”. En la batalla de la Vuelta de Obligado (1845) las fuerzas argentinas enfrentaron a una expedición militar-comercial típicamente inglesa. Ciento treinta y tres barcos mercantes esperaban en el puerto de Montevideo, a que la armada anglo-francesa liberara el Paraná de la oposición argentina y pudieran así llegar hasta el mercado paraguayo. Los dos grandes enfrentamientos militares habidos con los ingleses, las invasiones de principios del siglo XIX y la aventura agónica de la dictadura militar en Malvinas, tuvieron consecuencias positivas para nosotros. En el primer caso la victoria de las fuerzas criollas le dio el empujón final al triunfo de la Revolución de Mayo. En el segundo, la derrota de las Fuerzas Armadas garantizó el abandono inmediato del poder por parte de la dictadura. Los enfrentamientos militares con Gran Bretaña no fueron un impedimento para que la Marina de Guerra argentina tuviera de modelo a la Armada Real inglesa. A comienzos del siglo XX, el ochenta por ciento del capital extranjero invertido en la Argentina era británico, lo que producía una inevitable correlación con la política y fomentaba una intensa relación económica y comercial con Inglaterra. Si existe un símbolo evidente e ineludible de la presencia inglesa en Buenos Aires, ése es Harrod’s. La enorme tienda, fundada en 1914, fue la primera y única sucursal que tuviera la casa londinense fuera del Reino Unido. Esa presencia comercial entre nosotros tuvo varios significados. En primer lugar sorprende ver que esa inversión externa de la firma británica no fuera hecha en Estados Unidos. Esto revela una fuerte apuesta británica al poder económico y a la evolución futura de la Argentina. Pero viendo hoy las cosas con la perspectiva de un siglo, se verifica que los ingleses se equivocaron y nosotros no respondimos a la dimensión de ese desafío. La famosa definición de André Malraux sobre Buenos Aires: “La capital de un Imperio que no existió”, se corresponde con ese fracaso. La influencia inglesa fue importante durante la segunda parte del siglo XIX y casi todo el siglo XX. En el deporte la marca inglesa es indeleble. Citaremos algunos equipos donde el idioma que los nombra habla claramente de ese predominio: en fútbol, River Plate, Boca Juniors, Banfield; en tenis, Buenos Aires Lawn Tennis Club; en polo, Hurlingham Club; en rugby, Belgrano Athletic Club. Un poderoso brazo económico argentino, la ganadería, sería diferente –y seguramente menor– si no se hubiera incorporado la genética de las razas británicas: Aberdeen Angus, Shorthon, Hereford y otras. Lo mismo ocurrió con el Sangre Pura de Carrera, ese hermoso y veloz equino de zoomorfo diseño inglés. La que fue, a principios del siglo pasado, la tercera estructura ferroviaria del mundo –recorría casi toda la Argentina y la interconectaba con Chile, Bolivia y Perú– no se hubiera podido concretar sin el aporte industrial y financiero británico. El primer túnel ferroviario que unió a la Argentina con Chile fue el más alto del mundo en su época. Construido por una empresa inglesa e inaugurado en noviembre de 1909, está a la altura de hazañas de ingeniería, como el Canal de Panamá. La importante actividad de los colegios ingleses introdujo algo desconocido en la enseñanza argentina de aquel entonces: la conjunción de educación y deporte. Esta convergencia produjo equipos de fútbol como el señero e histórico Alumni y el Newell’s Old Boys de Rosario, entre otros. En la literatura, sólo Francia pudo competir exitosamente con la influencia británica. La moda inglesa marcó tendencia en la indumentaria masculina durante la primera mitad del siglo pasado. La influencia británica se proyectó también en otros aspectos de la vida argentina. Lord John Ponsonby (1772-1855), ministro plenipotenciario inglés para el Río de la Plata, expresó con claridad meridiana la vocación imperial británica hacia América. En carta del 8 de agosto de 1828, dirigida al gobernador Manuel Dorrego, expresaba: Su excelencia no puede tener ningún respeto por la doctrina expuesta por algunos burdos teóricos, según la cual “América debería tener una existencia política separada de la existencia política de Europa”. El comercio y el interés común de los individuos han formado lazos entre Europa y América que ningún gobierno, y quizá ningún poder del Hombre, pueden desligar ahora, y mientras esos lazos existan Europa tendrá el derecho, y seguramente no le faltarán los medios ni la voluntad, para intervenir en la política de América, al menos en la medida que sea necesario para la seguridad de los intereses europeos. Gran Bretaña quedará ligada a una zona neurálgica de nuestro territorio: la Patagonia. La ocupación inglesa de las Islas Malvinas impide definir nuestra frontera este (atlántica), reduce notoriamente nuestra proyección a la Antártida y resulta funcional a los conflictivos planteos mapuches. (*) Exdirectivo de la industria editorial Nota: las citas en cursiva pertenecen a la interesante obra “La colonia olvidada”, de Andrew Graham-Yooll (Buenos Aires, Emecé, 2000)
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